EDITORIAL
Transición de poderes
La lentitud de los tiempos políticos han convertido el proceso post electoral en un verdadero letargo para la gobernabilidad, la transición y la fortaleza de los partidos políticos.

Desde las elecciones del pasado primero de julio, y la designación de virtual ganador a Enrique Peña Nieto a la fecha, el país ha entrado en un impasse teñido de confusión e impugnaciones poco sustentadas.

Así, la lentitud de los tiempos políticos en México ha continuado y no existe posibilidad de que una vez calificada la elección, los ganadores inicien en lo inmediato actividades.

Ocurre con los diputados y senadores que ya recibieron sus constancias de mayoría, pero no habrá agilidad en el proceso de inicio de funciones. Las bancadas asumirán el cargo hasta el primero de septiembre y a partir de entonces empieza un periodo de comprobación de resultados.

Sólo la sesión permanente de la cámara alta sacó una reforma (la política), misma que dejó mucho que desear. Quedaron en el tintero las reformas energética, laboral, fiscal y hasta otra política que reduzca, o mejor aún elimine a los legisladores plurinominales y traiga a la mesa el concepto de no reelección.

De esta manera, el futuro al menos el legislativo no se ve mejor. Sus representantes entran en septiembre a ocupar sus curules, registrar su pase de ingreso al recinto, recibir su identificación, firmar prestaciones, designar asesores y un abultado equipo de trabajo. Minucias para el tamaño de la responsabilidad que exige un cargo de representación popular.

Con el poder ejecutivo, la situación no es mejor. De inicios de julio al primero de diciembre, pasan 5 meses desaprovechados. Lo son porque el país requiere atender temas coyunturales como el combate a la inseguridad, el fortalecimiento a la promoción de inversiones, la creación de fuentes de empleo, la pobreza en todas sus expresiones y sinfín de asignaturas pendientes.

Preocupante es entonces que esta transición en los poderes, deje claro que el país no superó el estigma de los fines de sexenio de las últimas décadas. Nos referimos, por supuesto, al de reinventarse cada seis años.