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Que me quede como estaba


viernes 5 de agosto de 2016

Hace algunos días me espantó en Internet la imagen de un adefesio.  Al principio pensé que era un hombre enfermo que había llamado la atención de algún morboso de esos que suben cosas que perturban a los navegantes de las redes, pero luego me enteré de que se trataba de algo serio: una escultura desarrollada por una artista australiana llamada Patricia Piccinini por encargo de las autoridades viales de Victoria, en Australia, para concientizar a los automovilistas de la importancia de manejar con cuidado.

 

La visión del esperpento me remitió al año 2005, cuando un amigo me invitó a ver una exposición sobre el trabajo de un artista llamado Ron Mueck – curiosamente también australiano – que creaba con silicona, resinas, poliéster y algo de pelo unas escalofriantes esculturas que daba la impresión que se levantarían de un momento al otro.  No he podido olvidar una que vi en un rincón: un inmenso hombre calvo, viejo y grueso de pantorrillas, con un pene y unos testículos colgados por el tiempo, que se protegía del mundo en un rincón, acomodado de cuclillas, y que miraba a los espectadores con gesto desconfiado.  Recuerdo haber pensado que cualquiera que hubiera sido despojado de su ropa y condenado a estar expuesto a las miradas indiscretas de los curiosos se sentiría igualmente avergonzado.

 

"Hombre en un rincón" Ron Mueck.

“Hombre en un rincón” Ron Mueck.

El homínido con el que yo me topé en un artículo de El País, ese remedo de hombre que también está hecho con silicona, fibra de vidrio, resina y pelo humano, aparece en un video sentado en una banca de museo, desnudo también, pero orgullosamente desnudo, presentando toda su fealdad a quien quiera quedársele viendo, tomarle fotos, o simplemente reírse de él.

 

El hombre creado por la Piccinini, que se llama Graham, tiene una cabeza sobredimensionada que, según los que ya se la saben, funciona a modo de casco; no tiene cuello, de modo que es incapaz de fracturarse la columna cervical (todo mundo sabe que uno no puede fracturarse lo que no tiene); ha sido dotado con una caja torácica de costillas ultra-resistentes, y tiene una barbita güera bastante ridícula, amén de algo de pelo en los cachetes que delatan una reprochable falta de aseo personal.  Las autoridades australianas explican que sólo viéndose así podría uno salir ileso de un accidente de tráfico.

 

A mí me surgieron inmediatamente una serie de preguntas, a saber: (a) ¿Es Graham capaz de soportar todo tipo de choque?  ¿también una atropellada?; (b) para no morir en un accidente relacionado con coches, ¿es absolutamente necesario ser así de feo, no tener orejas, tener los ojos sumidos, las orejas como un feto y las patas flacas?; (c) ¿para qué sirve la barba de tres días y la barbita de chivo?; y (d) ¿es verdaderamente una buena idea no tener cuello?

 

Creo que la pregunta más importante es la (d).  La falta de cuello le impide a uno voltear hacia los lados, ya no se diga hacia atrás.  Por lo mismo, Graham es más susceptible de ser atropellado cuando cruce una avenida, porque no podrá voltear a un lado y al otro, como han enseñado las madres a sus niños desde que hay coches en el mundo.  También, paradójicamente, Graham, que suponemos que sabe manejar porque lo han inventado para eso, está más expuesto a chocar si se pone al volante, porque todo mundo sabe que los conductores tienen que girar el pescuezo a un lado y al otro, aunque sea levemente, para ver por los retrovisores.  Y como la Piccinini le ha acomodado la cabeza para abajo, tampoco puede mirar hacia enfrente y a través del parabrisas, cosa que es indispensable para conducir con seguridad y – sobre todo – si se pretende llegar a algún destino.

Patricia Piccinini.  Graham el indestructible

Patricia Piccinini.  Graham el indestructible

Además, como me queda claro después de estas reflexiones que, dada su fisionomía, Graham sufrirá durante su vida más de un accidente relacionado con automóviles, me he preguntado cuántos de estos es capaz de soportar.  Por lo mismo quiero saber si, como los gatos, tendrá algo así como lo equivalente a siete vidas.  O si las tendrá indefinidas, como las cucarachas.

 

El mensaje de Graham a los conductores irresponsables va así: “Tú no tienes lo que yo tengo, pero si conduces prudentemente, no lo necesitarás”.  Yo creo que este mensaje está muy bien, pero sospecho que cualquiera que vea al poco agraciado Graham no pensará en esto; más bien reflexionará sobre lo poco que importa que se mate uno en una carretera, con tal de no parecerse a una blasfemia.

 

Una monja llevó a Lourdes a un tipo en una silla de ruedas para ver si, por milagro del agua que brota en el sitio donde la virgen se le apareció a la niña Soubirous, el pobre desdichado lograba volver a andar.  En una pronunciada pendiente a la monja se le soltó el carrito, que se puso a agarrar una velocidad inusitada que lo destinaría a destruirse contra las piedras.  “¡Que me quede como estaba!”, dicen que el condenado le rogó a la virgen antes de morir en aquel trágico accidente de tránsito.  El hombre fue, a pesar de todo, bastante sensato: no tuvo el mal gusto de pedirle a la santa señora que lo dotara de repente con el físico de Graham.

 

Yo no me considero un tipo particularmente guapo.  Pero pienso a menudo en el hombre de Lourdes y en el pobre de Graham: a estar como este último, mejor que me quede como estoy.

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Sobre Diego de Ybarra

Diego de Ybarra
En su perene afán de comunicar hasta la más ilustre de las barrabasadas, Diego de Ybarra escribe desde que puede, y como puede. Ha vivido en México, en Francia y en Italia, y actualmente debe estar por algún lugar inconveniente de la Colonia Roma. Entusiasta del arte y lector más que escritor, busca sin cesar la forma de encontrarse con lo artístico y con quien escriba de ello. Ha organizado y curado exposiciones de obra pictórica en la itinerancia, discutibles happenings dedicados a promover la obra de aquellos pintores jóvenes que le llaman la atención. Confiesa que su nociva curiosidad lo orillará una tarde de lluvia a querer averiguar qué se siente aventarse de espaldas por una ventana abierta.