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Los deportes de los vascos (o el arte de levantar piedras, yunques y borregos)


viernes 12 de agosto de 2016

El domingo pasado me dio por abrir una revista en la que me encontré con todo un reportaje sobre los deportes rurales de los vascos.  Eran seis páginas.  Estaban todas casi íntegramente atiborradas de imágenes de hombres muy fuertes practicando actividades primitivas.  Entendí que Pierre Gonnord, reconocido fotógrafo francés radicado en España, había decidido que era buena idea retratar a sujetos hercúleos levantando piedras, yunques, costales y borregos.

 

Pierre Gonnord.  Salaberry I, levantador de borregos

Pierre Gonnord. Salaberry I, levantador de borregos

 

En este preciso instante y momento son pocas las cosas que se me ocurre que pudieran ser menos artísticas que los deportes bucólicos de los vascos.  Bueno: quizá si le doy a la memoria un par de segundos para que recupere datos asequibles me venga a la mente el arte de cagar en medio de una sala museística; un happening pensado por algún genio al que no habían invitado a una bienal de La Habana; un tipo a quien incluso hubo quien le aplaudió (sospecho que, si uno le llama a algo “Happening”, los aplausos se generan de forma automática; si Wittgenstein estaba en lo correcto, todo está en el lenguaje.  A ver: si yo me aviento de este barandal con los brazos abiertos como una paloma de la paz, habiendo previamente avisado a los medios, a los galeristas, a los curadores y a los críticos de arte de mi happening, sin falta me consagro como artista del performance, y no dudo que hasta alguno exclame: “este hombre ha superado a Yves Klein en su osadía”.  El único problema sería mío: vivo a cuarenta metros del suelo, y no se sabe de nadie que haya disfrutado de su fama post-mortem).

 

Quizá las fotografías de los vascos haciendo deporte, ya analizada toda la historia, resulten por lo menos medianamente estéticas: los hombres son guapos (incluso varios de ellos tienen cuerpos que podrían sobradamente decorar alguna pared de la Capilla Sixtina), los borregos son bonitos y esponjosos, los atuendos divertidos, las hachas están filosas, las cuerdas muy bien trenzadas y los claroscuros podríamos decir que están hasta bien logrados: hay incluso por ahí algún modelo – Gonnord afirma que no se trata de ningún modelo, sino del mismísimo Urrutia I, reconocido levantador de yunques – con una cara sacada directamente de un cuadro del Caravaggio.

 

Pierre Gonnord.  Urrutia I, levantador de yunques

Pierre Gonnord. Urrutia I, levantador de yunques

 

Así que supongamos que las fotos no están tan mal.  Supongamos que no son ni cursis, ni forzadas, ni posadas.  Supongamos, vaya, que ni siquiera son de carcajada.  Supongamos ya de plano y para acabar pronto, que le celebramos al señor Gonnord la elección de los modelos, el trabajo de iluminación, los encuadres y lo demás.  Pero con todo esto zanjado, queda pendiente un asunto:  ¿qué hacemos con lo de los deportes de los vascos?  Aquí les va otra foto:

 

Pierre Gonnord.  Van der Putten, levantador de sacos de paja

Pierre Gonnord. Van der Putten, levantador de sacos de paja

 

Un día en San Juan de Luz, saliendo a media mañana de una cantina, a mi amigo Echeagaray y a mí nos tocó presenciar un torneo espectacular.  Una competencia en la que, a su turno, cada deportista se dejaba ir a toda velocidad contra el muro del muelle para darse de cabeza contra las piedras.  El que ganaba era aquel que aguantaba más topes sin quebrarse el cráneo.  Echeagaray y yo no podíamos asimilar que nosotros dos, enclenques y asustadizos, pudiéramos descender de especímenes como esos.

 

Y es que lo de esta gente es increíble.  Todo mundo sabe que los vascos, desde que Dios es padre, han tenido pocas cosas en qué ocuparse.  Además de destruir bosques para armar barcos, de armar barcos propiamente, de torcer metales, de pastorear a sus rebaños, de tejer alpargatas de colores y de inventar, nomás por joder, un idioma imposible de pronunciar, básicamente han estado sin quehacer.  Con tanto tiempo libre que han tenido, es difícil entender que no hayan podido parir algún deporte más refinado o, al menos, más bonito para ver.

 

Los ingleses de la época victoriana se aburrían en las colonias asiáticas.  Fue por eso que se pusieron a inventar, reinventar o sofisticar una gama de deportes con reglamentos del tamaño de biblias; una serie de actividades muy interesantes y complejas (de una complejidad tal que mucha gente nunca va a entender cómo se juegan), como el polo, el cricket, el croquet y el cruquet.  A los partidos todos iban elegantísimos, de preferencia vestidos de blanco, y se dedicaban a ver quién estaba y quién no, a tomar gin & tonics, y a voltear a las canchas – allá de vez en cuándo – para ver si los deportistas seguían haciendo lo suyo con gracia.  Fuera lo que fuera lo que estuviesen haciendo.

 

Gonnord tuvo el mal gusto de develar, en una colección de fotografías homoeróticas que se exponen estos días en Biarritz, un secreto ancestral: para entretenerse, los vascos levantan yunques, piedras, sacos de avena y borregos; tiran de cuerdas – siempre desnudos –, juegan a ver quién avienta más lejos al lehendakari y parten troncos de robles centenarios con tan solo propinarles un hachazo bien centrado.

 

Pierre Gonnord.  Viktor III jalador de cuerda

Pierre Gonnord. Viktor III jalador de cuerda

 

Menos mal que los vascos pueden defenderse de cualquier crítica a su antiestética brutalidad.  Porque, digan lo que digan, también parieron a Chillida…

 

…que trabajaba en una fragua.

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Sobre Diego de Ybarra

Diego de Ybarra
En su perene afán de comunicar hasta la más ilustre de las barrabasadas, Diego de Ybarra escribe desde que puede, y como puede. Ha vivido en México, en Francia y en Italia, y actualmente debe estar por algún lugar inconveniente de la Colonia Roma. Entusiasta del arte y lector más que escritor, busca sin cesar la forma de encontrarse con lo artístico y con quien escriba de ello. Ha organizado y curado exposiciones de obra pictórica en la itinerancia, discutibles happenings dedicados a promover la obra de aquellos pintores jóvenes que le llaman la atención. Confiesa que su nociva curiosidad lo orillará una tarde de lluvia a querer averiguar qué se siente aventarse de espaldas por una ventana abierta.
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