Home || Colaboradores || Una campaña condenada al fracaso

Una campaña condenada al fracaso


viernes 26 de agosto de 2016

De chico siempre quería jugar con unos duendes que mi padre tenía aprisionados dentro de una vitrina.  Pasaba yo cada que podía frente al mueble, y cuando comprobaba que éste estaba cerrado (era invariablemente el mismo caso), no me quedaba más que contemplarlos: eran tres, vestidos de azul, con gorros como los que toda la vida han usado los gnomos, y barbas que les llegaban a las rodillas.  Tenían caras de profunda desolación.  Y cada que me acercaba yo a la vitrina era la misma historia: los duendes encerrados, yo sin poder sacarlos a jugar, y la llave escondida en algún lugar que me era inaccesible.

 

Un buen día mi padre decidió cambiarlos de lugar.  Quizá les tenía un apego particular por alguna razón que quedará perpetuamente atorada en el secreto.  Se los llevó a su despacho y los puso encima de su escritorio.  Recuerdo que un día que estaba yo por ahí perdiendo el tiempo – los niños que están de vacaciones no tienen muchas otras opciones – me acerqué al escritorio mientras mi padre leía cartas, y traté de agarrar uno.  Mi padre, con la agilidad que siempre le ha caracterizado, me dio un manotazo y me miró reprendiéndome.  En ese momento supe que nunca jugaría con un duende de jardín.

 

Al tiempo, los gnomos desaparecieron.  Llegué a enterarme de que mi madre, que siempre los había odiado por cursis, había aprovechado uno de los viajes de mi padre para deshacerse de ellos.  Supe que cuando mi padre volvió y no encontró a sus duendes de jardín (unos duendes de jardín que nunca habían tocado el pasto) estalló en cólera.  Pero no me pareció nada fuera de lo normal: mi padre estallaba en cólera por cualquier razón.

 

Actualmente no me interesan los duendes de jardín.  Los únicos que me interesaban eran aquellos que mi madre desapareció.  Hoy (y digo “hoy” refiriéndome a hoy jueves 25 de agosto) me he dado cuenta de que mi madre no los desapareció.  Mi madre los liberó.

 

Hace algunos años surgió en Francia una cofradía de libertadores de duendes de jardín.  Sus miembros empezaron a entrar a los jardines ajenos; aquellos jardines que la gente, con toda la cursilería de la que la gente luego es capaz,  ha decidido espolvorear con duendes de distintos tamaños.  Las actividades de la cofradía pronto se extendieron por toda la República Francesa.  Los misteriosos visitantes entraban y se llevaban a los duendes, dejando una nota firmada en la que avisaban a los dueños de casa que los duendes habían sido liberados para ser devueltos al bosque, que como todo mundo sabe es el hábitat natural de estos seres tan paradigmáticamente inscritos en el género de lo kitsch.

 

Pero lo que los libertadores esperaban no produjo en el mundo más que un efecto contrario a sus intereses.  Conforme sus actividades se fueron reproduciendo en distintas partes del mundo, también en distintos lugares de la tierra la gente se puso con mayor vehemencia a decorar sus jardines con duendes de jardín.

 

Uno de mis profesores de la maestría, paradójico detractor de lo kitsch, nos contó una vez que tenía muchos duendes en su jardín.  Como no entendí que alguien que odiaba lo kitsch pudiera tener duendes de jardín, interpreté eso como la única forma que este hombre encontró para presumir que tenía jardín en una ciudad como la mía, donde tener un jardín es cosa digna de admiración.

 

Mi novia le regaló a su padre, por su cumpleaños, un duende de jardín bañado en oro.  Se lo regaló poniéndolo directamente en algún rincón.  Como el padre de mi novia no soporta lo kitsch, en lugar de agradecer el obsequio optó por tirar el duende a la basura y dejar de hablarle a mi novia durante dos meses.

 

Los duendes de jardín, pienso yo, no deben a fortiori ser catalogados como ornamentos kitsch.  No sólo porque ellos también tienen sentimientos y no les gusta que los cataloguen (esto suele suceder con otros miembros de tribus urbanas, suburbanas y rurales: a los hípsters no les gusta que los cataloguen como hípsters, a los fresas no les gusta que los tachen de fresas, y a los pobres no les gusta que les restrieguen en la cara su condición socioeconómica), sino porque hay formas muy ingeniosas de acomodarlos por ahí.  Pongamos por caso lo que vi hace unos días en la casa de una tía mía; una casa de campo enclavada en el bosque.  Paseando una mañana me topé con un duende que se escondía entre unas piedras, y horas después descubrí a otro que había escalado un árbol para guarecerse de la lluvia en el ángulo que hacían un tronco con una de sus ramas.  Estos duendes – hasta ese momento todavía estaba convencido de que los duendes de jardín eran de mal gusto – estaban bien en donde estaban.  Y estos, a diferencia de los pobres duendes de mi padre (aquellos a los que mi madre, quien ahora he descubierto que perteneció a la cofradía libertadora de duendes de jardín había puesto en libertad) tenían expresiones alegres.  Repito que no sé dónde estén ahora los duendes de jardín que mi padre, en su infinita crueldad, había durante años privado del disfrute de los bosques; lo que sí se es que mi tía, la que tiene duendes de jardín en condiciones que les permiten pensar que están en el bosque, fue quien invitó a mi madre a pertenecer a la noble causa de liberación de duendes de jardín.

 

Buscando en internet me entero, para mi enorme tristeza, que la cofradía internacional dedicada a la liberación de duendes de jardín ha quedado disuelta.  Y yo sé por qué.  El gusto por lo kitsch es algo que comparten muchas culturas del mundo, y no es fácil acabar con tan arraigada tendencia.  La gente seguirá perpetuamente poniendo duendes en sus jardines hasta que se apague la luz del mundo.  Los miembros de la cofradía pro-liberación de duendes de jardín simplemente se dieron cuenta de que su lucha era fútil, y decidieron dedicarse a otra cosa.  Mi madre, por ejemplo, ahora se entretiene escondiéndole a mi padre los calcetines y las agujetas.

 

 

 

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

Tu opinión es importante

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*

Sobre Diego de Ybarra

Diego de Ybarra
En su perene afán de comunicar hasta la más ilustre de las barrabasadas, Diego de Ybarra escribe desde que puede, y como puede. Ha vivido en México, en Francia y en Italia, y actualmente debe estar por algún lugar inconveniente de la Colonia Roma. Entusiasta del arte y lector más que escritor, busca sin cesar la forma de encontrarse con lo artístico y con quien escriba de ello. Ha organizado y curado exposiciones de obra pictórica en la itinerancia, discutibles happenings dedicados a promover la obra de aquellos pintores jóvenes que le llaman la atención. Confiesa que su nociva curiosidad lo orillará una tarde de lluvia a querer averiguar qué se siente aventarse de espaldas por una ventana abierta.