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La estructura del tedio


jueves 8 de septiembre de 2016

No hay nada más terrible que caer en el tedio.  Salvo la miseria, en proporciones, según Schopenhauer, prácticamente idénticas (de esta aseveración surge la duda sobre qué instrumento habrá usado Schopenhauer para medir la magnitud equivalente entre un horror y el otro).  La vida del hombre oscila entre el aburrimiento y el dolor.  El dolor lo provoca la carestía, la miseria, y el aburrimiento surge cuando el hombre que tiene la vida resuelta se enfrenta a su vacío interior.

 

La rutina se ha convertido en regla.  Existimos algunos seres que creemos que no seguimos rutina alguna, y – sírvanse creerme los rutinarios – esto es igual o más molesto.  Tan lo es que no creo que exista posibilidad de que un ser humano se escinda de una rutina, la que sea, por demasiado tiempo (yo mismo estoy aplicando para trabajar en una caseta de cobro de peajes, la de Tepeji del Río, para tener una estructura en una rutina que me imponga un orden).  Lo que pasa es que no hay salvación.  El tedio lo puede provocar la rutina, pero también la falta de ella.  Quizás algún tipo de paliativo pueda existir en combinar épocas de rutina con épocas de no rutina, todo en una intercalación muy saludable que permita al hombre ir nadando de muertito en la vida, hasta que se tome la decisión final, uno mismo tomándola a punta de pistola o con la ayuda de un mecate, o dejando que sea el Creador quien tome las cartas en el asunto si a nosotros nos da mucho miedo resolver el problema a nuestro modo.

 

Pero la rutina, la mayoría de las veces, es inevitable.  Incluso en la falta de rutina.  Un hombre como el de la pluma, sin mucho qué hacer obligatoriamente, termina no haciendo nada, porque aquellas tareas que se va fabricando para llenar el día él sabe que no pasa nada si no las culmina.  Es un poco como lo que sucede con las disposiciones legales – contenidas en cuerpos de ley o en acuerdos contractuales convencionales – que imponen obligaciones pero que para los casos de incumplimiento no establecen sanción alguna.   Así, el hombre sin rutina tiene toda la rutina del mundo.  La rutina del desocupado es una rutina, aunque distinta de la rutina del hombre del metro y el trabajo (métro-boulot-dodo, dicen los franceses cuando se quejan de sus viditas: el ritmo aquel, impuesto por el sistema, de levantarse, subirse al metro, llegar al trabajo, salir del trabajo, subirse al metro, irse a la casa, dormirse.  Levantarse, subirse al metro… et ainsi de suite…).  El hombre sin rutina ni ocupación tiene su rutina en la desocupación.  El dormir, comer, zurrar, y no hacer nada.  Todo en un orden que se termina convirtiendo en estructura.  La estructura del tedio.

 

Sebastiao Salgado.  Génesis

Sebastiao Salgado.  Génesis

 

Así, uno puede llegar a darse cuenta, después de todo, de que la rutina termina existiendo.  Se termina imponiendo.  Tal vez porque está en la naturaleza del hombre la necesidad de lo cíclico.  Lo cíclico en la naturaleza es evidente: las plantas funcionan cíclicamente, y los animales también.  También las piedras, con aquella vocación suya – mucho más pausada en sus ritmos – de erosionarse.  Y el hombre, como miembro de la naturaleza, tiene una vocación semejante (no a la de las piedras tal cual, pero sí a la de los otros seres vivos, que – nos lo dijeron hasta el cansancio en la escuela – “nacen, crecen, se reproducen y mueren”.  ¡Nacen, crecen se reproducen y mueren!  ¿Se dan cuenta? ¡Esa es, precisamente, la condena del ser vivo a la rutina más espantosa!).

 

Nos queda claro que Schopenhauer no sufría carencias y por eso se daba el tiempo para escribir sobre el tedio.  Y para haberse puesto a escribir sobre el tedio, sobre el aburrimiento, sobre el hastío, con tanta insistencia y bajo tan rigurosa rutina seguramente debía estar profundamente aburrido.  Y de tal aburrimiento, de tanta rutina dedicada a la escritura sobre el tedio, el hastío, el dolor y la miseria, no podía resultar más que una dosis mayor de tedio y hastío.  Así que acá la pregunta ya no es por qué dedicaba el señor tanto tiempo a escribir de este asunto, porque sabemos que no tenía mucho más que hacer: lo que queda a resolverse es por qué, luego de tanto tiempo dedicado a la aburrida rutina de escribir rutinariamente sobre el aburrimiento, no se dio un tiro antes, o se arrojó enterito por el espacio cómodamente amplio de una ventana abierta.

 

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Diego de Ybarra

Diego de Ybarra
En su perene afán de comunicar hasta la más ilustre de las barrabasadas, Diego de Ybarra escribe desde que puede, y como puede. Ha vivido en México, en Francia y en Italia, y actualmente debe estar por algún lugar inconveniente de la Colonia Roma. Entusiasta del arte y lector más que escritor, busca sin cesar la forma de encontrarse con lo artístico y con quien escriba de ello. Ha organizado y curado exposiciones de obra pictórica en la itinerancia, discutibles happenings dedicados a promover la obra de aquellos pintores jóvenes que le llaman la atención. Confiesa que su nociva curiosidad lo orillará una tarde de lluvia a querer averiguar qué se siente aventarse de espaldas por una ventana abierta.
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