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Un político bondadoso


jueves 26 de febrero de 2015

Dime apreciado lector, como ciudadano, ¿qué le dirías al político que te gobierna?

Ciudad de México.- La madre abnegada había acordado con el clérigo que Hjiadi, el mayor de sus cuatro hijos, se casaría un sábado al mediodía. El sacerdote recibió como diezmo  unas cuantas monedas, de las cuales, dos fueron destinadas al fondo de la iglesia. Así fue como el primer sábado del 2015, a las doce del día, Hjiadi se casó con Joy. Después de la sencilla ceremonia, en el salón de usos múltiples de la colonia, sirviero n, de siete a once de la noche, café y tamales a los invitados. Los novios tuvieron su celebración sin ser necesarios tantos arreglos. Fue una desafortunada experiencia cuando Hjiadi y Joy se presentaron el día anterior con sus dos respectivos testigos y el juez les negó el matrimonio.

–¡No tienes credencial de elector! –externó irritado el ministro– No podemos proceder. Para poder contraer matrimonio ante mi jurisdicción ambos deben, –los miró de reojo y continuó–, estar registrados ante el INE. –Como Hjiadi no entendió absolutamente nada de lo que le dijo el juez, agregó de nuevo:

–Estoy por casarme mañana por la iglesia, señor juez.

–¡Y así te quedarás hasta que tramites tu identificación!– finalizó el ministro, agitando su brazo con energía. Hjiadi tomó de la mano a Joy, agradecieron amablemente a la autoridad y se retiraro n confundidos y regañados. Serían matrimonio para la iglesia, pero para el Estado  simplemente no estaban registrados.

Un mes después, en el exterior de la casa, saltando de rama en rama, un pequeño pájaro y su trinar daban aviso a quien recurre a su noble profesión, que pasaban las cinco y cuarto de la mañana. Ningún foco estaba encendido cuando el novio recién casado le dio un beso en la frente a su somnolienta esposa.

Hjiadi salió de casa rumbo al trabajo con la puntualidad de siempre: las cinco y veinte minutos de la mañana. A las cinco con treinta los faros de un microbús se vieron a lo lejos. Uno tras uno, cada dama, caballero, estudiante, ingeniero, obrero, chofer, abogado, músico, poeta, o cualquiera que sea su oficio, cada individuo esperaba paciente su turno para abordar.

En eso, don Gil llegó a alcanzarlo como ocasionalmente sucedía. –¡Buen día, don Gil!– saludó Hjiadi– ¿Sigue malo de la vista? ¡Ya me casé con Joy! Nos casamos hace dos meses. Encontré chamba de cocinero en el restaurante bajo el mando de su sobrino “el Mike”, pagan bien. ¡Mire don Gil! ¡Ya viene el micro!

Aferrado a los pasamanos del microbús en medio de dos hombres que lo aplastaban, Hjiadi, el de ascendencia otomí, sintió una gran alegría y sonreía como si fuera día feriado. Se trataba de una ligera diferencia en la monotonía de sus días. Después de observar algunos rostros familiares de las cincuenta o sesenta personas que iban casi abrazados el uno con el otro, Hjaidi, quien trataba siempre estar atento, descubrió un cambio en el ambiente del microbús. Llegando por fin a la estación, Hjiadi agradeció al conductor mientras éste maniobraba el pesero y le respondía el gesto a través del espejo retrovisor. Bajó a paso ligero las escaleras de la estación del Metro. Subió a un vagón que estaba a reventar y la masa de personas involuntariamente logró expulsarlo. Miró incómodamente al compañero vecino que junto a él había sido expulsado y ambos empujaron la aglomeración hacia adentro. Cuando las puertas del Metro se cerraron, Hjiadi, que todavía sonreía, mantuvo el perfil bajo. Al igual que él, la mayoría de las personas lidiaban en silencio con la violación de su espacio personal. Era rara la vez que Hjiadi era testigo de batallas con lírica hiriente, donde el objetivo principal es ser lo suficientemente grosero como para intimidar al contrincante. Ser espectador frecuente de alguna manifestación violenta no es algo a lo que uno deba acostumbrarse, sin embargo, algunos cuantos tienen la suerte de no ser testigos de tan común faena.

Faltaban cinco minutos para las siete. Como también ya era costumbre, Hjiadi esperaba afuera del restaurante al encargado. “El Mike”, de aproximadamente la misma edad que Hjiadi, alto, bien vestido y con exceso de gel en el cabello, presumía que su trabajo se resumía específicamente en supervisar, y de vez en cuando, despachar (o robar) la merma de alimentos en el restaurante. Éste, al ver la felicidad con la que Hjiadi iniciaba sus labores le preguntó:

–Hjiadi, ¿Por qué carajo vienes tan contento al trabajo? –Hjiadi no contestó-.

–¡Hjiadi! ¿Me escuchas, Hjiadi?

Hjiadi miraba con detalle el gran reloj con agujas doradas que pendía de un marco de madera. Marcaba las siete con cinco. Impresionado por corroborar su orgullo en puntualidad laboral, Hjiadi salió del trance que le evitaba responder con rapidez a su interlocutor.

–Te voy a contar algo maravilloso que me pasó cuando venía al trabajo –agregó de pronto Hjiadi.

–¡Viene cabrón! –contestó eufórico “el Mike”, mientras Hjiadi pensaba sus palabras.

–No vayas a burlarte –condicionó Hjiadi–, cuando venía pa’l trabajo, ahí cerquita de donde vivo, estaba yo esperando a que el camión bajara por mis rumbos ¡cuando en eso pasa un micro que era nuevo! –Hjiadi hizo una pausa para fijarse en la reacción que su relato ocasionaba y después de comprobar que no había burla alguna continuó –pasó y decía que iba hacia el Metro, lo abordé y cuando subo me fijo que tenía las ventanas selladas. Al poco rato un chavo intentó abrir la que tenía a su lado, pero estuvo intenta e intenta y nada, no pudo.

–Aja, continúa, –agregó “el Mike” entusiasmado-.

–Pus nada –agregó Hjiadi recogiendo los hombros–, que venía con las ventanas cerradas y no sabes el gusto que me dio no estar oliendo el gaserío que producen todos los micros.

El supervisor no comprendió la simpleza de tan extraño gesto. Hjiadi se fue bailando hacia la cocina ignorando la incertidumbre que nació en su compañero. Se acomodó la gorra, tomó el cuchillo, la tabla de madera, y sincronizando el ritmo con el que cortaba las cebollas con un silbido encantador, muy parecido al canto matutino que entonaba la pequeña ave por la mañana, trabajó hasta que se vio interrumpido por otra pregunta de su perturbado compañero. Hjiadi explicó de nuevo la justificación de su felicidad sin conseguir que “el Mike” o ninguno de los demás empleados, que llegaban con el pasar de los minutos y se incluían en la dinámica de preguntarle exactamente lo mismo, estuvieran cerca de entender la razón de su buen humor.

Dime apreciado lector, ¿qué le dirías a estos dos personajes?

-Al Político que dice: “Yo soy político. Hjiadi está contento. Le cambié la unidad al micro y he cumplido mi misión. ¿Tú, qué piensas de mí?”

-Y como ciudadano: “¿Qué piensas de Hjiadi?”

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