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Ars longa vita brevis a la cuaresmeña

Colaboraciones y reflexiones de Gastón T. Melo-Medina en El Semanario

jueves 26 de febrero de 2015

Los escándalos políticos parecen todos ajenos en domingo primero de la cuaresma. Atrás quedan los ritos de carnaval y sus deliciosos excesos, para entrar en un tiempo teóricamente más austero.

Ciudad de México.- Soy romano por cuatro días. Con tres hijos estudiantes y dislocados en la geografía universitaria del mundo occidental. Son unos cuantos en el año, los días que tenemos para gozar del amueganamiento y recuperar elementos de un diálogo del que soy psicodependiente. Roma es pretexto ideal.

Para este efecto se prestan bien algunos restaurantes y museos romanos que se enlazan con la vida, con la ciudad, con sus calles y palacios y son espacios de placeres diversos. Aunque para la mayoría se requieren prenotazioni, son, en el caso de los museos, salvo por los propios del Estado Vaticano, mucho menos concurridos que los florentinos y venecianos.

Doria Pamphili, Villa Borghese y Villa Medici; il Pompiere, Assunta Madre y da Fortunato, son vocaciones y provocaciones de los sentidos. Menos museografía y mas obra, mas condimentado y soleado, el sabor, mas polvo en las pinturas y menos actitud intrusiva. El arte en Roma es parte de una cotidianidad distinguida que apreciamos. Y en materia de restauración, delikat-essen -cuidado mexicanos- el chismoso capitán de otro conocido mantel largo, en Roma, nos contó de cierto personaje de la prensa mexicana que se aplica en vinos seleccionados por la columna de la derecha de más de mil euros la botella y deja propinas de 600. Ya saben que si quieren gastar su lanita, háganlo sin pasar a través del romanísimo centurión que tiene en su placa grabado vuestro nombre. Reímos de buena gana del balconeo a nuestro amigo.

Otro aspecto característico de esta vieja capital, las celebraciones religiosas de múltiples ritos que allí se suceden: iglesias maronitas, españolas, romanas, coptas, melquitas, sirias, tridentinas, se contienen en recintos de un arte vivo y revivido ante el que se inclinan los devotos en quienes se confunde fervor estético y religioso. Esta tarde de domingo en la iglesia del Pantheon de Agripa, un nutrido grupo de Ucrania celebraba en la plaza contigua, ante una lluviecilla ligera, de rodillas, entre cantos y rituales, una ceremonia de invocación y oración por la paz y contra el terrorismo. Un pathos singular se adueñó del espacio y muchos curiosos y turistas nos acercamos para acompañar el rito. El papa super-estrella Francisco I parece no dejar de aumentar su popularidad. Los t-shirts donde aparece con el pulgar levantado se venden bien en las boutiques romanas.

Los escándalos políticos parecen todos ajenos en domingo primero de la cuaresma. Atrás quedan los ritos de carnaval y sus deliciosos excesos, para entrar en un tiempo teóricamente más austero.

Es verdad que la religión se exacerba en todas partes, en el último mes he visitado restaurantes kosher en Miami y Nueva York, y percibido la multiplicación de una moda creciente. En Roma el barrio hebreo se anima en cuanto termina shabat. Cada vez más kipás y más ortodoxia. Más misas en latín en el mundo y más lecturas del Corán.

Y en materia de Islam, Charly Hebdo ya con nuevo director y los excesos de Boko Haram se diluyen esta semana ante el escándalo de tres adolescentes musulmanas moderadas y londinenses que parecen haberse unido a las tropas milicianas en Siria. Novela y noticia, las narrativas impregnan cada vez más una Europa mestiza inconsciente y fascista resurgente.

La reciente publicación de Michel Houellebecq, Sumisión, provocó un interesante artículo hace tres semanas en la revista The New Yorker. El siglo XXI tiende sin duda a ser un siglo intensamente religioso. Creacionistas y científicos dialogan cada vez con mas vehemencia y hasta la taquillera Theory of Everything hace del debate religioso parte de su argumento central.

Pero la vida religiosa no es ajena al erotismo ni en Roma ni en ningún otro lugar y me perturban hoy, tanto las obras de Escopas o Praxíteles como las de Bernini, cuyo mármol se sabe hacer piel y temperatura y pliegue aquí y allá, me mueven también Caravaggio, Modigliani y Courbet, que son más sugestivos que Lucien Freud, Mathew Barney o Cecily Brown. El mito de Dafne y Apolo, o el concupiscente Rapto de Proserpina son igualmente excitantes que algunas escenas del ciclo del Cremaster. Salomé, la idumea de Caravaggio, provoca tanto como ciertas Magdalenas de Tiziano.

Religiosidad y erotismo son signos de todos los tiempos. Hoy, nuevos faunos y nuevos laberintos aparecen. Dominique Strauss-Khan, Silvio Berlusconi o el obispo semental y presidente paraguayo, Fernando Lugo o Gary Hart u otros más discretos o puritanos y sus entornos de liviandades tan recurridas por el voyerismo de jueces, prensa y sociedad.

El viajero americano llega a las tierras europeas para percibir el valor del tiempo, de la historia, de sus repercusiones sobre el paisaje, sobre la arquitectura y sobre las obras literarias, musicales, pictóricas. Menos proclive a la imaginación, el europeo encuentra en lo circundante todos los pretextos para la expresión.

El imaginario americano es distinto, mas libre quizá, menos conjugado en el vértigo de las referencias y más juguetón, di-vertido, a veces incluso per-vertido. Las galerías del West neoyorquino, en la zona del Meat Market, parecen todas versiones de un mismo tema. Su variedad es la del supermercado, marcas, inversionistas, buscadores de status se suceden en las compras frenéticas del área neo-chic de ese Manhattan en busca siempre de nuevas referencias.

En Paris, en cambio, el barrio de Le Marais parece más discreto, menos connotado, más recóndito, menos expuesto, mas recatado y, sin embargo, tanto mas agresivo en su búsqueda de intervención del sujeto que percibe. En Roma las cosas son distintas, el arte contemporáneo se resuelve en buena medida – Cattelan y Piano aparte-, dentro del diseño, idea que en Italia toda, cobra un sentido artístico. Se trata de hacer visitas al tiempo, a la forma y resolver siempre en el presente innovado y prontamente obsolecido.

Asumirse sin recato como saltimbanqui en el mundo, hace en ocasiones cierto bien, se pasa de las artes culinarias a las de la calle; del museo a la boutique; del hotel a la fábrica; del avión a la bicicleta y se cambian así las percepciones. Mismos temas, distintos entornos. El viajero con libreta de notas se convierte en una suerte de nuevo sociólogo, de sicólogo inventado en cada puerto.

Se va y se va, poco se vuelve. Ser nómada es ser moderno, como mestizarse es ser humano. Así, mis décadas de constantes idas e idas, de retornos en espiral, de climas artificiales, bochornos y calosfríos, me hacen adolecer familiarmente en Roma de una añoranza de cotidianidad, de referentes y asideras. Pero es también en Roma donde asumo que este ha sido y es mi tiempo, que todos los caminos llegan a Roma, que Roma es Ítaca y ningún lado y todos los tiempos. Es Jerusalén y Atenas; es Egipto y Trípoli; es Granada y Colonia; Buenos Aires y México; Washington y Moscú; Accra y Madurai. Es en Roma donde se es religioso y ecuménico. Se goza aquí de la tarantela y el Bel canto, de la familia y la soledad. Soy mestizo y romano hoy, mañana maya y parisino. Ayer melquita y judío. Soy así porque soy de aquí… Y no me parezco a “naiden”, sólo tal vez a Laura y mis hijos, malabares que me siguen dislocando.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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