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Restaurar y destruir


domingo 26 de marzo de 2017

Restaurar una obra muchas veces es peor que dejarla como estaba. Los ejemplos de fallidas y abusivas restauraciones deberían ser incluidas en los libros de records, y ante los resultados todos los involucrados se desatienden de la responsabilidad. El problema con restaurar una obra es decidir con demasiada arrogancia y descuido, los “expertos”, al momento de intervenir una obra, olvidan lo que supuestamente saben para cometer errores elementales. Restaurar es un trabajo muy cauteloso y mínimo, porque una decisión equivocada daña mucho y puede ser irreversible, una vez que afectan una obra es imposible reparar el trabajo del “experto”. Las obras llegan enfermas y en vez de curarlas las matan. Las malas restauraciones se cometen en museos como el Louvre, la intervención en La Virgen, el niño Jesús y Santa Ana de Leonardo provocó la renuncia de varios expertos como protesta; en el Museo del Prado destrozaron el díptico Adán y Eva de Durero, entre varias piezas, parece que usan detergente para limpiar los cuadros; en México es un mal constante en los acervos Novohispanos y en los monumentos. El criterio de la restauración es el primer error, ahora está de moda más que restaurar adaptar a nuestra estética las obras, creen que como hoy todo es en colores digitales y luz eléctrica, hay que “aclarar” y “limpiar” las pinturas y los muros, y retiran lo que ellos consideran barnices deteriorados dejando una obra con colores directos, sin matices y sin veladuras porque arrastran capas que hacían al color más difuminado, tenue, vago y con las tonalidades personales del autor. El retiro de barnices no mide, en ocasiones borran detalles muy frágiles como el pelo de un personaje, dejan las obras planas, empastadas, sin volúmenes porque después de borrar repintan y retocan para recuperar algo y es ahí en donde hacen el daño más grave. Los restauradores son técnicos que muchas veces no saben pintar, no saben dibujar, y retocan con tal falta de tacto y sentido del trazo que aplastan, deforman y hasta cambian las obras porque desconocen los valores pictóricos de un cuadro. La carrera de restauración no debería ser aislada, tendría que ser una especialización después de la carrera de Artes Plásticas, para que con todos los conocimientos pudieran intervenir un cuadro. En la escultura esta limpieza también “actualiza” a las obras y las deja en acabados casi cromados, los bronces que son opacos los pulen con ácidos buscando brillo de automóvil encerado, el daño es fatal porque un ácido continua afectando después de retirarlo, y la pátina toma siglos en recuperarse, o es imposible. Los historiadores, y demás grupos “multidisciplinarios” involucrados en la decisión de una restauración deberían dejar la arrogancia, la precipitación y la pretensión de que su trabajo debe ser evidente, la verdadera restauración es casi invisible, respeta a la obra, su edad y sus características. La integridad de una obra es más importante que justificar presupuestos y puestos de trabajo.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Avelina Lésper

Avelina Lésper

Crítica de arte y entre sus líneas de investigación está la pintura europea y el mercado de arte.

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