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La historia de adopción de Michael Dorris

Michael Dorris

Blanca Esthela Treviño


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Imagen: Visual Teaf.

domingo 7 de octubre de 2018

‘Chuuu-chuuu’ era la única palabra del vocabulario de su hijo adoptivo de cinco años. La monótona respuesta: chuuu-chuuu a toda pregunta o comentario le hacía sentir una patada en el estómago. Era como si el pequeño hubiera hecho una sola conexión con el universo: un tren en marcha. Eso era suficiente para él, no aspiraba a nada más. El niño no poseía la curiosidad ni el sentido común inherentes a la especie humana.

Aunque soltero, el antropólogo Michael Dorris obtuvo en adopción al niño de tres años: fue la única persona interesada en adoptarlo. Al principio pensó que la corta edad del pequeño y su desnutrición extrema se debían a que había sido un niño maltratado: las profundas cicatrices en muñecas y tobillos parecían confirmar la suposición.

Sintió miedo por la tremenda responsabilidad que implicaba la crianza de un niño de lento aprendizaje. Poco a poco, lo consumió la certeza de que su pequeño hijo tenía un problema mucho más serio que el de aprendizaje: empezó a desarrollar curvatura de la espina dorsal, doble dentadura, problemas auditivos y visuales, convulsiones, escasa o nula atención, hiperactividad.

Pero Michael Dorris amó al pequeño desde el día en que, mientras hacía un trabajo de campo en un sector marginado, el chiquillo, sin poder verlo, abrazó sus piernas y le regaló una deslumbrante sonrisa. Le daría todo el cuidado y atención personal para asegurarle una vida feliz. Le proporcionaría al niño todo tipo de atención médica: lo máximo que la ciencia pudiera brindar.  Pero, ¿quiénes eran los padres?

antropólogo

Michael Dorris (1945 – 1997) (Foto: Milkweed Editions/Pinterest).

Después de una afanosa búsqueda, encontró a la madre del niño en un bar. Se llama María, pero prefiere que la llamen Madonna. Lleva el cabello teñido de rubio como estropajo, y las raíces obscuras le dan un aspecto descuidado.  Aunque debe ser muy joven, su tez ha marchitado y profundas ojeras afean sus ojos.

Entre hipos y lágrimas logró arrancar a María la verdad: cuando sólo tenía 15 años, la adolescente quedó embarazada. Alcohólica y promiscua, no supo quién fue el padre de su hijo. Más aún, no se había dado cuenta de su estado: comenzó la fiesta en Navidad y fue hasta Semana Santa cuando supo que estaba encinta. Trató de abortar pero ya iba por el cuarto mes y le resultaba caro. La hora del parto le sobrevino en una licorería, mientras trataba de robar una botella.

Michael Dorris obtuvo del hospital información más espeluznante aún: al dar a luz, el putrefacto olor a vino del fluido amniótico corroboró que la madre era alcohólica. El alcohol penetra la placenta y la información genética del bebé empieza a dañarse desde el momento mismo de la concepción. Afecta el hígado, páncreas, riñones, timo, corazón y, sobre todo, el cerebro. Al deshidratar la materia gris aniquila las neuronas en desarrollo, lo cual provoca cortocircuitos cerebrales. Y no importa cuánto amor, dedicación o educación se le prodigue al niño después, el daño es de por vida, irreversible.

padres adoptivos

Michael Dorris y Louise Erdrich, su esposa (Foto: Book Fight).

Supo entonces que su pequeño hijo estaba condenado a vivir en soledad: jamás sería un niño normal. Fue rechazado por su madre en el momento mismo en que advirtió su presencia en el vientre. Jamás lo pensó o lo soñó con amor. Por nueve meses, en la obscura prisión de su cuerpo, lo atormentó con líquidos de fuego. Nunca dijo una plegaria por él. Nunca lo bendijo.

Michael Dorris supo entonces que su hijo adoptivo caminaría siempre bajo una noche sin luna, con sólo relámpagos y el ulular del viento por compañía. Sin saber de dónde viene ni a dónde va. Sin tener la capacidad de maravillarse con los rayos de sol que se filtran a través de las hojas de los árboles. Tal vez, cayéndose y levantándose, pueda acercarse alguna vez a sus ramas con los brazos extendidos: pero será para sostenerse, no para acariciar las flores.

Pero hay algo en su hijo adoptivo que logró escapar del exterminio del alcohol: su capacidad de amar. Cuando Michael Dorris llega exhausto de su cátedra, aunque ahora tiene sus propios hijos, es el hijo adoptivo quien pacientemente lo espera en el portal con un abrazo y con su radiante sonrisa.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Blanca Esthela Treviño

Blanca Esthela Treviño
Estudió Administración de Empresas en el Instituto Tecnológico de Piedras Negras, Coahuila, y Periodismo en la Casa de la Cultura de la misma ciudad. Cuenta con un posgrado en Desarrollo Humano y en Profundización Cultural. Escribe en diversos periódicos, revistas mexicanas y norteamericanas desde 1987. Su visión del mundo desde una óptica femenina la ha llevado a expresarla en cinco revistas, dos de ellas internacionales, incontables artículos periodísticos publicados en setenta y dos diarios de la República Mexicana, y en viarias historias que aparecen en los libros: “Co-incidencias” y “Mujeres que saben latín”, y en sus libros: “Cuéntamelo otra vez”, “¿Qué estás haciendo con mi mundo?” y “Él y Yo”. Para Blanca Esthela, uno de los secretos que [ha] descubierto con el paso del tiempo es que la mujer tiene muchas posibilidades aún inexploradas: ella puede y debe contribuir a mejorar el mundo. Con ojos de mujer. Con alma de fuego. Ha compartido sus convicciones sobre los derechos femeninos desde una perspectiva inteligente y comprometida en numerosos artículos, poemas, conferencias, seminarios, cursos y foros. Su inquietud por contribuir a mejorar la calidad de vida de las nuevas generaciones la ha conducido a expresar sus ideas a través de prensa, radio y televisión.