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La ciudad de los palacios…

plaza comercial
Centro Comercial Santa Fe, CDMX (Foto: http://www.buro247.mx).

jueves 26 de julio de 2018

108 centros comerciales nuevos se construyeron en la Ciudad de México durante el sexenio de Miguel Ángel Mancera108. Ciento ocho nuevas posibilidades de las mismas tiendas telefonía celular, de ropa interior, de camisetas deportivas, de accesorios para el cuerpo, de los mismos circuitos para comer glutamato monosódico, de las mismas salas de cine. 216 (o 324) nuevas posibilidades de un Starbucks. 108 por 12 salas de nuevas posibilidades de ver Avengers, La era del hielo o Rápido y furioso (Cinemex y Cinépolis representan el cuarto mercado de exhibición cinematográfica del mundo con la venta de 200 millones de boletos anuales, pero ése es tema para otra columna). 108 nuevas posibilidades de abandonar a los adolescentes a la seguridad de unos muros rodeados de tiendas para que den vueltas o de pasear con la gran familia mexicana los domingos antes de comer (o después). 108 nuevas opciones para entorpecer el tránsito, para construir en cañadas, para edificar vueltas en “U” innecesarias, para suspender el paisaje citadino con un nuevo OXXO. Ciento ocho.

No pretendo convertirme en el globalifóbico que busca derrocar las estructuras dominantes, ni revertir esta tendencia. Yo sé que hay una solidez económica que sostiene tal sobreproducción, pero no se trata de eso sino del proyecto de ciudad que nos gustaría plantear. ¿De verdad necesitamos un Panda Express más para seguir mancillando la comida china? ¿De verdad requeríamos un Cinépolis al otro lado de la calle porque el de la acera de los números pares era insuficiente? ¿De verdad quisiéramos dejar de ser “La ciudad de los palacios” para convertirnos en “La ciudad de los Palacios de Hierro”?

centro comercial

Portal San Ángel, Avenida Revolución, Los Alpes, CDMX (Foto: MRP).

“Salir, andar por la plaza, pues vuestra beldad loada/aquí entre estas paredes no os aprovechará nada.” Le recomienda la Trotaconventos a Doña Endrina en El libro del buen amor de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita. Y parece que esta idea la llevamos en el corazón. Ya la relató Hernán Cortés en la Segunda Carta de Relación, en la que cuenta cómo la gente se reunía en el mercado de Tlatelolco para pasear o para compartir alguna bebida sentados, con la sola intención de ver el prodigioso espectáculo de la gente. La demuestra el Parián que, hasta el siglo XVIII, coronaba el centro del zócalo de esta ciudad. La posibilidad de reunirnos en las plazas comerciales es larga y convive con nuestra cultura, tanto que, cuando le pedí a mis alumnos de secundaria que fueran a la Plaza Luis Cabrera de la Roma, como uno de los puntos donde sucede Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, la mayor parte de ellos, en su crónica, se quejó que dicha plaza era un parque y no un centro comercial.

Tanto el sismo del pasado 19 de septiembre como el derrumbe reciente de la terraza en el Pedregal, vuelven a poner sobre la mesa la necesidad de discutir qué ciudad quisiéramos. No sólo necesitamos reglamentos más precisos y que se lleven a cabo, es preciso pensar qué ciudad queremos, cómo pretendemos que detenga su crecimiento desmesurado, cómo recuperar espacios que formaron parte de su historia y que ahora son polvo, como la representación certera del estado fallido. La respuesta contemporánea a la historia de nuestra ciudad no puede ser la reproducción irrefrenable de centros comerciales.

En Chile el proyecto Biblioteca Viva logró colarse a los centros comerciales y al congreso local para instaurar una ley en la que se obligaba a los centros comerciales nuevos a ceder un espacio para instalar una biblioteca pública. En ella habría espacios dedicados a los niños y a los jóvenes para que incluso puedan servir de guarderías. El proyecto ha crecido y se ha reproducido en ciudades de Sudamérica y de España. Si hemos perdido espacios verdes (la OMS recomienda 9 m2 de espacios verdes por habitante y la CDMX apenas ofrece 3.7 m2), por qué no legislar para que cada nuevo centro comercial ceda espacios de recuperación ecológica, humedales, jardines, espacios de convivencia vegetal o cultural y no sólo comercial.

Tenemos esos nichos de oportunidad y muchos más. Ante la realidad obsesiva, hay mucho que hacer. No se trata de favorecer sólo la voracidad de los dueños y su urgencia de recuperar lo invertido, se debe pensar en todas las posibilidades que nos ofrece un amplio espacio público. Si hemos perdido parques, si hemos construido ratoneras sin pulmones y corazón (como Santa Fe), si hemos olvidado la dimensión humana de nuestros espacios, es fundamental repensar la ciudad en la que queremos vivir.

Evitemos que la ciudad se nos escape de las manos, pero, sobre todo, del corazón.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

2 comentarios

  1. ANGELES VILLANUEVA

    Muy muy interesante reflexión, definitivamente hay que empezar por pensar, ya con eso vamos de gane!!! En los centros comerciales el estado de ánimo y las energías se desvanecen conforme uno lo recorre, ya no se diga si come uno algo de lo que ahí venden, el agotamiento es total.

    Es mejor buscar un poco en algún pueblo que no sea los mágicos, y ahí si, disfrutar lo que todavía hay. Otro ritmo, otra manera de ver y vivir, comida real.

  2. Andrés Salgado

    Excelente reflexión…, es necesario promover que «nuestros representantes» legislen en bien de los ciudadanos. Gracias

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Sobre Carlos Azar Manzur

Carlos Azar Manzur
Como escritor, editor y maestro de secundaria y de varias universidades, siempre ha sido un defensa central. Estudió la licenciatura en psicología, convencido de que era una rama más de la literatura. Como nadie más cree eso, todos los problemas laborales que ha tenido se le deben achacar a Freud. Ahora, tiene dos maestrías, una en literatura y creación literaria por Casa Lamm y otra en Arts and Litterature por la AIU de Hawai: la puerta burocrática se ha abierto. Trabajó como el coordinador editorial de la CEPAL, comisión de la ONU y fue Secretario Técnico del Consejo Ciudadano para la Cultura y las Artes de Puebla. Ha publicado cuatro libros de poemas (“Pavana para el banquete de los poderosos”, “Distancias”, “Cántico a Eli” y “El círculo de la presencia”), una historia de la ópera, un cuento suyo fue elegido para la antología Delta de las arenas, cuentos árabes y judíos latinoamericanos, un capítulo del libro “Las dos caras de la historia” de Random House Mondadori, coordinado por Alejandro Rosas, y otro en “Máscara contra Rostro” de la Facultad de Filosofía de la UNAM. Fanático de la memoria y alimentado tras las bambalinas de un foro isabelino, ama el cine, el fútbol, la música y la cocina de Puebla, el último reducto español en manos de los árabes.