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Es que son los de teatro


lunes 4 de febrero de 2019

Hay una expresión generalizada que no define nada, pero que deja tranquilo a cualquiera cuando trata de calificar alguna escena fuera de lo común: “es que son los de teatro”. Con ella, se disculpa que una maestra de filosofía, mientras trata de hablar de la nada según Heidegger, se vea interrumpida por un grupo de gritones que vocaliza para fortalecer el diafragma en el salón de al lado; que, en los simulacros sísmicos, un grupo permanezca en el salón de ensayos y retrasen el regreso de los demás y que, cuando logran sacarlos, decidan salir descalzos. “Es que son los de teatro”. En la facultad de filosofía de la UNAM, una alumna de pedagogía tuvo la idea de combatir el abuso del tabaco en los pasillos universitarios mojando el cigarrillo de los fumadores con un aspersor. Todo iba bien con su chisguete educador hasta que se topó con alguien de teatro. La respuesta fue heroica, estertórea, aristotélica. La alumna de pedagogía no ocultó su incertidumbre y sólo alcanzó a justificar la magnitud de la respuesta ante un proyecto tan brillante con esta expresión: “es que son los de teatro”.

Y es que lo teatral resulta indefinible. Eso que nosotros precisamos como teatral es solamente una aproximación, el uso de características que tienen que ver con lo escénico, pero no con lo teatral. Si vemos a una pareja besándose en un parque, justo en el momento en que empieza a llover, diremos que es un beso teatral, pero sólo hablaremos de una serie de elementos que nos representan como espectadores, pero no lo teatral. Josette Féral dice que, en efecto, la teatralidad no es una “cualidad” en el sentido kantiano, sino un proceso de encuadre de la mirada. La teatralidad sucede en la percepción del sujeto que lo observa.

Por eso, es suficiente la explicación “es que son los de teatro.” Y vuelve a resonar esta frase como pulga en la oreja. No sólo es la cubeta de cangrejos mexicanos lo que impide compartir el éxito de Yalitza Aparicio; tampoco, querer cobrarle los años de haber tardado años en entender qué quiere decir circunstanciación, que el desierto es parte de la pasión o que la letra “e” predomina en ciertos textos y por eso deben ser dichos de cierta forma; ni siquiera es pretender transmitir los abusos que Ludwik Margules o de Dimitrius Sarrás infringieran en nosotros.

“Es que son los de teatro” los que, en esa mezcla de envidia y racismo, han decidido iniciar esa polémica y establecer la campaña de “Make de Acting Great Again”; “es que son los de teatro” los que han jurado zurcir los agujeros hechos, sin clemencia, al manto de Tespis sin recordar que el mismo Tespis no estudió teatro; “es que son los de teatro” los que se han preguntado para qué estudiar teatro si van a premiar a alguien que nunca fue a la escuela, sin mencionar, como dijera el maestro y mi querido amigo Carlos Corona, “que los que se preguntan eso son los que deberían estudiar teatro”.

No pretendo hacer otro análisis de Roma (ya lo han hecho muy bien estudiosos como Naief Yehya o el mismo Slavoj Zizek), ni tampoco hacer un recorrido por las películas que han utilizado actores no profesionales. Sería tan absurdo como negar el valor de Los olvidados o de ciertas películas de Visconti, Rossellini, Bresson (saludos, maestro Lasalle) y un etcétera que ofendería a los puristas y nos haría caer en discusiones bizantinas. Es más, no hay que olvidar que también fuimos capaces de criticar a Buñuel con argumentos superficiales por atreverse a filmar Los olvidados.

No me sumaré a la tendencia actual de moralizar a nadie, pero sólo espero que dejemos las emociones primarias y sepamos transitar por las aguas profundas del análisis, para así, dejar de depender de los resentimientos.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Carlos Azar Manzur

Carlos Azar Manzur
Como escritor, editor y maestro de secundaria y de varias universidades, siempre ha sido un defensa central. Estudió la licenciatura en psicología, convencido de que era una rama más de la literatura. Como nadie más cree eso, todos los problemas laborales que ha tenido se le deben achacar a Freud. Ahora, tiene dos maestrías, una en literatura y creación literaria por Casa Lamm y otra en Arts and Litterature por la AIU de Hawai: la puerta burocrática se ha abierto. Trabajó como el coordinador editorial de la CEPAL, comisión de la ONU y fue Secretario Técnico del Consejo Ciudadano para la Cultura y las Artes de Puebla. Ha publicado cuatro libros de poemas (“Pavana para el banquete de los poderosos”, “Distancias”, “Cántico a Eli” y “El círculo de la presencia”), una historia de la ópera, un cuento suyo fue elegido para la antología Delta de las arenas, cuentos árabes y judíos latinoamericanos, un capítulo del libro “Las dos caras de la historia” de Random House Mondadori, coordinado por Alejandro Rosas, y otro en “Máscara contra Rostro” de la Facultad de Filosofía de la UNAM. Fanático de la memoria y alimentado tras las bambalinas de un foro isabelino, ama el cine, el fútbol, la música y la cocina de Puebla, el último reducto español en manos de los árabes.