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Agnès Varda: el desafío atemporal

Muere Agnès Varda.

Carlos Azar Manzur


Ya merito

Agnès Varda (Fotografía: Espinof).

martes 2 de abril de 2019

Hoy tenía ganas de escribir de otro tema, pero murió Agnès Varda. Iba a caer en la tentación de sumarme a los debates históricos o de hacer mofa de los statements convertidos en stand-ups, pero la muerte volvió a virar el rumbo. Con el afán de tratar un tema urgente, resulta que terminaré por hablar de algo importante. Hoy se fue una directora valiente, cuyo cine desafiaba más allá de los barrotes temporales.

Agnès Varda nació en Bélgica en 1928 y murió en París dos meses antes de cumplir 91 años. Trabajó hasta el final con la convicción de preferir la ligereza al peso, como lo confesó en una entrega de premios, justo antes de bailar el baile del cine. Estudió historia del arte en París y se dedicó a la fotografía antes de convertirse en la única mujer de ese movimiento mayor de la historia del cine francés, La nouvelle vague. Vanguardista ferviente, creyó en la posibilidad de encontrar nuevos caminos y, con ellos, dar voz a otros silencios. Amiga cercana de Godard, relación que marcaría sus luchas ideológicas. Pareja de Jacques Demy, el director de Los paraguas de Cherburgo (1964), esa película inverosímil que inició la carrera de Catherine Deneuve, y que es una cumbre de la cursilería cinematográfica, pero por la que siento una inquebrantable fidelidad. La directora homenajeó la importancia de su relación en Jacquot de Nantes (1991), un año después de la muerte del marido, y cuyas referencias se destacan en Las cien y una noches (1995), esa película que sirviera de marco para una de las actuaciones más notables de Michel Piccoli.

Jacquot.

Fotograma de la película Jacquot de Nantes (1991).

Agnès Varda inició su carrera en el cine en 1954, depositando su enorme cámara para filmar a los transeúntes de la calle Daguerre en París. 56 años después, en esa misma calle, iniciará su trabajo con JR, el fotógrafo escondido de las imágenes inmensas, que ha logrado ponernos a dialogar con favelas y con tinacos, tanto de París como de Bagdad. Esa relación laboral generó Rostros y lugares (2017), sin duda una de las mejores películas de los últimos años.

Para los que le debemos gran parte de nuestra educación sentimental, Agnès Varda es la que puso en práctica un cuadro de Millet para denunciar la realidad económica de los sistemas que promueven que haya personas que vivan de pepenar, de “cosechar”. En Los cosechadores y yo (2002), la directora decide convertirse en un cosechador e incorporarse a esa realidad. Asimismo, en la que nos cuenta una hora y media exacta la vida de una cantante que espera los resultados de una biopsia para saber si tiene cáncer. Agnès Varda nos enseña cómo, en una película que muestra el tiempo objetivo y real de una historia, la autora prefiere profundizar en el tiempo simbólico de la angustia de su personaje. Ajustada a las preocupaciones de su época, Agnès Varda ha planteado grandes reflexiones sobre el papel de la autora frente a la obra y su responsabilidad ante la sociedad.

Agnès y Bonnaire.

Sandrine Bonnaire y Agnès Varda en la producción de la película Vagabond (1985) (Fotografía: BFI).

En 1961 logró filmar un pequeño cortometraje cómico, un encuentro entre Godard y Anna Karina en el puente McDonald, que luego usará como inserto en Cléo de 5 a 7. En el corto, Godard y Anna Karina se despiden tras un beso, ella sale hacia un costado y él se pone los lentes oscuros. Agnès Varda se sentía orgullosa de haber logrado retirar los lentes oscuros del director que, en ese entonces, no se los quitaba nunca, como prueba de mirar el mundo desde esa óptica. Asimismo, en Rostros y lugares, Agnès Varda le pide obsesivamente a JR que se retire los lentes oscuros. JR se niega. Al final de la película, y luego de reproducir, en silla de ruedas, la escena de Banda aparte de Godard en la que los personajes (entre los que actúa Anna Karina) corren por las salas del Louvre (y de un desencuentro con el mismo Godard, quien los cita para verlos y no aparece), JR se los quita. Sin embargo, ella no puede ver el rostro del fotógrafo joven porque, a su edad, ya no logra enfocar. Aun así, queda el mar y la posibilidad de permanecer en las emociones de los demás.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Carlos Azar Manzur

Carlos Azar Manzur
Como escritor, editor y maestro de secundaria y de varias universidades, siempre ha sido un defensa central. Estudió la licenciatura en psicología, convencido de que era una rama más de la literatura. Como nadie más cree eso, todos los problemas laborales que ha tenido se le deben achacar a Freud. Ahora, tiene dos maestrías, una en literatura y creación literaria por Casa Lamm y otra en Arts and Litterature por la AIU de Hawai: la puerta burocrática se ha abierto. Trabajó como el coordinador editorial de la CEPAL, comisión de la ONU y fue Secretario Técnico del Consejo Ciudadano para la Cultura y las Artes de Puebla. Ha publicado cuatro libros de poemas (“Pavana para el banquete de los poderosos”, “Distancias”, “Cántico a Eli” y “El círculo de la presencia”), una historia de la ópera, un cuento suyo fue elegido para la antología Delta de las arenas, cuentos árabes y judíos latinoamericanos, un capítulo del libro “Las dos caras de la historia” de Random House Mondadori, coordinado por Alejandro Rosas, y otro en “Máscara contra Rostro” de la Facultad de Filosofía de la UNAM. Fanático de la memoria y alimentado tras las bambalinas de un foro isabelino, ama el cine, el fútbol, la música y la cocina de Puebla, el último reducto español en manos de los árabes.