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Decisiones, ópticas y el valor de las microescalas

genes

David Rettig


Palimpsestos culturales

Células madre vistas en un microscopio (Foto: ABC).

martes 9 de octubre de 2018

La ciencia, cuando la imagino como persona, es como una fotógrafa enigmática que carga diversas cámaras y lentes. Cada cámara y cada lente, le permiten a esa mujer posar su mirada sobre lo observado y ver con diferentes perspectivas una misma realidad, pero al ver una realidad diferente, en cada mirada, se revela un mundo en sí. Ciencia, crisol de miradas y mundos.

En 1667 Robert Hooke mostraba en su libro Micrographia a misteriosos y monstruosos seres que a más de una persona le provocaron insomnio y terror. Ácaros y moscas tomaban dimensiones macroscópicas. Sus vellosidades y texturas cobraban vida en la mirada del humano común. Hooke utilizaría el microscopio para revelar esos mundos.

mundo microscópico

Ilustraciones de ‘Micrographia’.

Micropia, el museo en Ámsterdam inaugurado hace apenas cuatro años, permite hacer un zoom mayor en la mirada del humano común: nos narra el papel positivo que juegan microbios y seres invisibles. Es como un zoológico en el que el visitante descubre hábitats y ecosistemas enteros en teléfonos móviles, en la calle y en todos los objetos que nos rodean. Pero en ese enigmático y escalofriante trayecto nos damos cuenta que nuestro cuerpo es un contenedor de microorganismos vivos que habitan todas nuestras regiones y órganos; la exhibición nos muestra que existen mundos invisibles en nuestros cuerpos y que ellos son parte del sistema y tienen funciones positivas. Sin los habitantes invisibles no viviríamos.

Pensar una vida así da para imaginar que nosotros mismos podríamos ser parte de un cuerpo gigantesco y que eso que llamamos universo lleno de galaxias sería el equivalente a uno y otro órgano. Podríamos imaginarnos en una dimensión microscópica de algo macro y así en un sistema de fractales que van haciendo zoom: seres dentro de otros seres, mundos sobre mundos y universos dentro de universos. Vida fractal.

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‘Vida fractal’ (Foto: Matías Stetson/Pinterest).

En las disciplinas humanas y sociales las escalas de la mirada y el tiempo permiten imaginar mundos distintos. Existen lentes microscópicas y otras macroscópicas.  La lente de la sociología, de la macroeconomía o la de la arqueología, tienen una resolución semejante a la de un telefoto o un telescopio. Reducen la escala de la experiencia humana a estadísticas de miles y millones, a décadas, siglos o milenios.  La mirada del antropólogo, del psicólogo o del microhistoriador son equivalentes a una lente microscópica: toman casos, pequeñas muestras y con ellas explican fenómenos que van más allá de ese individuo o ese conjunto de individuos, se meten a sus mentes y a sus sentimientos.

Pero lo interesante de esas lentes, como ya lo señalé, es que describen realidades y las revelan. La enigmática mujer, la ciencia, no sólo usa las cámaras para contemplar y entender la realidad. Con ese entendimiento ayuda a aprehender y manipular la realidad; nos da las bases para controlar y transformar. La tecnología es prueba de ello. Ahora hay nanotecnología y biotecnología, hemos llegado a una resolución con tal poder que ya es posible modificar genes y células.

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Fullerenos, formaciones esféricas de 60 átomos de carbono y 1nm de diámetro (Foto: Blog de José Antonio Martín).

Las disciplinas sociales también ayudan a tomar decisiones y es el uso y la creencia de ciertas lentes la que guía las decisiones de políticos o directores generales. La óptica de la ciencia es como un mapa que permite tomar decisiones a partir de conocer y develar esas realidades. Es nuestro GPS de las decisiones.

Pero la era de la información nos ha puesto retos: conocimiento e información parecen ser lo mismo, pero no lo son. Hoy, a la velocidad de un clic, obtenemos la información que antes llevaba días, semanas o meses a equipos de investigadores poder recolectar en bibliotecas, archivos y libros. Pero no necesariamente esa saturación de información nos permite navegar mejor en el mundo.

El arte de la curaduría de información comienza a ser una necesidad y terminará en diversos oficios. Cada vez más las empresas e instituciones se topan con la sobreinformación. Las decisiones, en ocasiones, se toman en una nube de datos sin sentido, los grandes dirigentes practican la intuición.

En la fabulosa serie The Disrupters, de The Economist Films, en el capítulo Techs and the city, se describe a la ciudad inteligente. Nos cuentan cómo el sistema de transporte de Seúl está gestionado a partir del big data generado por cámaras inteligentes. La frecuencia y la velocidad del metro se controla de acuerdo con la necesidad que se identifica analizando datos: por ejemplo, las personas que pasan, suben o congestionan cada estación de metro. Pero no sólo es eso, su alcalde el Sr. Park Woon-soon es un hombre que tiene mapeado al minuto lo que sucede en cada rincón. Sabe a cuánto están las manzanas en los puestos de la ciudad. Su ambición es hacer asequible y traducible toda la información para que la ciudadanía tome mejores decisiones. Él es un curador de información, tal vez así serán los alcaldes de las ciudades del futuro.

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Tráfico vehicular en Seúl, Corea del Sur (Foto: FramePool).

En la capital coreana hay miles de startups que se fundamentan en la transparencia de información, una de ellas conecta a personas que buscan alojamiento con personas mayores que tienen habitaciones disponibles. Todas esas startups hacen curaduría de información para que el ciudadano común decida mejor.

La óptica del big data es una que permite reconocer pulsos, frecuencias, cambios. Hoy tu smartphone o tu Apple Watch mapean tu ritmo cardíaco, pulsos, emociones y las llevan a una nube de datos. Frente a una ciencia así parecería que la investigación del antropólogo es un juego de niños. Miles de likes en Facebook, algoritmos que revelan sonrisas en el teléfono, sensores que detectan movimiento, mapas de temperatura, mapas de contaminación; todo puede ser procesado por dicha escala.

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Foto: ComputerWorld.

En muchas voces, en la era de la información la búsqueda de sentido cobrará más valor. La curaduría de datos es una labor meticulosa. El antropólogo trabaja en escalas de decenas de individuos y a través de esa lente micro explica sociedades, comportamientos, creencias. Los tomadores de decisión que no sepan qué lente usar para reconocer ciertos problemas, tendrán un conflicto equivalente a querer usar un telefoto para capturar toda la realidad. Sus decisiones estarán sesgadas de una óptica estadística, de miles de casos. El arte del tomador de decisiones versará en qué lente usar para cada problema y solución.

Hace poco, en una junta de negocios hablaba sobre la importancia de generar consultorías basadas en la etnografía y la antropología visual, mi interlocutor cuestionaba el valor de tomar videos dentro de las corporaciones cuando hoy ya se puede observar y mirar todo desde las cámaras de vigilancia. Me cuestionaba cómo podríamos generar un algoritmo que hiciera el análisis de miles de videos, ¿para qué tomar uno solo si se pueden tener miles? La respuesta es simple: la curaduría de la mirada, los acentos de los zoom son un arte que todavía ningún robot o máquina han logrado: interpretar el sentido de las acciones. Después de todo, millones de guiños captados por cámaras inteligentes requerirán de una persona que los agrupe según intención, el del coqueteo, la basura, la broma. La óptica micro de la antropología ayuda a dar el sentido a miles de datos.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre David Rettig

David Rettig
Estudió arqueología (ENAH), especializándose en Filosofía de la Ciencia (UNAM) y en prehistoria y evolución humana (Universidad de Ferrara- URV). Ha trabajado como profesor en México y ha sido investigador en sitios prehistóricos en México, Italia, España y Rusia. Apasionado por el comportamiento humano, David Rettig encontró un paralelo al estudiar y entender las tribus del pasado con las del presente. Le inquieta explicar nuestro comportamiento, entender lo que nos hace humanos y transformar a la sociedad. Es por eso que se autonombra arqueólogo de innovación en Mindcode. La empresa en donde hoy es socio y busca generar impacto, David ha realizado investigaciones enfocadas en generar estrategia de negocios e innovación durante los últimos 10 años y colaborado en más de 150 proyectos con marcas como Kimberly Clark, Metlife, ALSEA, Santander, Bimbo, Calimax, Grupo Posadas, Televisa, Deloitte, Samsung, Google y Facebook. Los proyectos que más le apasionan tienen una carga de responsabilidad social y de cambio cultural.