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Humanidad: violencia, negociación y colaboración

Violencia humana.

David Rettig


Palimpsestos culturales

Fotografía: John J. Kim (2015).

domingo 23 de junio de 2019

El ejercicio de ver los encabezados de un periódico parecería probarlo con datos contundentes: no nos gustan los otros, los extranjeros. Somos violentos por naturaleza.

El País, 20 de junio de 2019, sección internacional: “Xi Jinping llega a Pyongyang para impulsar las conversaciones de desarme”; “Irán derriba un dron estadounidense en el estrecho de Ormuz”; “Hungría condena a cadena perpetua a cuatro traficantes por la muerte de 71 inmigrantes asfixiados en un camión”; “Un tribunal británico declara ilegal la venta de armas a Arabia Saudí”. Sección México: “El gobierno catalán pide disculpas a los pueblos indígenas de México por la conquista”; “La vida de Samanta valió 1.400 pesos”; “El secuestro de un estudiante”; “La crisis migratoria en México golpea la política de austeridad de López Obrador”.

Pero la ciencia de la evolución humana aún discute los fundamentos de nuestro comportamiento: qué tanto somos violentos o empáticos y colaborativos. ¿Cómo nuestra especie logra ser el mejor ejemplo de empatía y a la vez la especie que ha exterminado a más especies y que puede acabar con más número de su mismo grupo en menos tiempo? En términos religiosos y éticos, somos lo peor y lo mejor de la creación. En términos evolutivos somos producto de nuestra historia biológica y social. Hemos llegado a la edad adulta: la especie humana hoy puede decidir su futuro en términos biológicos y sociales y qué tanto evolucionar. Ya no estamos, parecería, a expensas de fuerzas ajenas a nuestras capacidades. Nuestro destino, salvo por un gran meteoro que nos aniquile, reside en la conquista del espacio y en la autogestión (incluidos los recursos del planeta). Es ahí donde nos jugamos el futuro.

Humanos y chimpancés.

Sólo nos diferenciamos de los chimpancés en un 1% de nuestro código genético. En comportamiento, aunque hay distancias considerables, somos muy semejantes. Como lo dice el brillante paleoantropólogo español, Juan Luis Arsuaga: no descendemos del mono, somos monos. A pesar de nuestra cercanía genética, el chimpancé anatómicamente tiene un cerebro tres o cuatro veces más pequeño que nosotros, no es bípedo, tiene pelo, no hace artefactos de piedra y tampoco tiene símbolos ni lenguajes complejos o ficción. Pero ya ellos tienen guerras: ataques entre grupos para competir por un territorio; las nueces o las frutas son su disputa. Su percepción de grupo y el ataque a miembros de la misma especie ya existen. Nuestras nueces de la disputa son múltiples: territorio, petróleo, poder, orgullo nacional, juegos de fútbol, religión, sólo por citar a algunos de una lista interminable.

En un excepcional documental, Chimpances, se cuenta una historia fascinante. Es la historia de Óscar, una cría que atraviesa por las vicisitudes de la vida animal: pierde a su madre y es segregado, ninguna hembra lo quiere adoptar, hasta que un personaje singular de su mismo grupo lo adopta y es nuevamente amado y aceptado por todos. En este documental queda claro que nuestros primos más cercanos cazan, usan herramientas de piedra pero no las modifican y se atacan entre sí, pero también son empáticos y cooperan entre sí. La violencia y la colaboración ya están presentes desde un cerebro ¼ del nuestro.

En la capacidad que tenemos para atacar se anida además nuestra posibilidad de ser colaborativos. En la historia de nuestra especie, hace más de dos millones de años aparece Homo habilis: que tiene un cerebro dos veces el de un chimpancé, ya no tiene pelo, aprende a lanzar piedras con puntería, ya es bípedo y modifica las piedras haciéndoles filos cortantes; un chimpancé lanza piedras para intimidar, aunque aún no es capaz de modificarlas y sacarles filo. Pero Habilis ya podría lanzar sin hacer parábola, teniendo más distancia y haciendo daño, ya podía sacarle filo a esas piedras. La distancia y la precisión, al igual que en las armas modernas, ponen en juego el proteger y hacer daño y, conforme se alarga la distancia de lanzamiento, también se aumenta la capacidad de negociación y el riesgo de hacer daño. La interrogante con los chimpancés no es por qué ocurre la violencia, la duda es si son capaces de generar un pacto o una tregua. La tensión entre mayor poder y mayor daño, son directamente proporcionales a la capacidad de mitigar ese daño desde lejos, mediante la negociación y la unión de más miembros, de otros, al grupo. Ésa es una capacidad humana.

Tregua de Navidad.

Fotografía: Libertad Digital.

Vaya el lector a Flandes, 1914. Las lodosas trincheras, llenas de sangre y frío. Albergan los disparos de alemanes e ingleses. La guerra ha dejado millones. Se dice que es la guerra que da paso a la estrategia medieval a la moderna. La cercanía del enemigo era clara: a metros de distancia. La hermana de la lanza prehistórica, la bayoneta aún cobraba vidas. Pero cercano a la Navidad, a través de canciones Noche de Paz, alemanes e ingleses hacen una tregua de cese al fuego. Comparten whisky, alimentos, bailan. Se dice que hay un histórico partido de fútbol entre los enemigos. Donde corría sangre y muerte, se escuchan las copas, el vino y los cantares. Se divisa un futuro mejor.

No sabemos a ciencia cierta cuándo en la evolución aparece la colaboración de grupos más numerosos, el pacto entre grupos. Sin embargo, en Atapuerca, actual España, ya hace cerca de un millón de años, Homo antecessor, una especie que superó en capacidad cerebral a Homo erectus, el primer homínido que sale de África y se expande por tres continentes, nos da una muestra de cómo la humanidad se teje ahí donde la violencia y la colaboración se encuentran. Antecessor es un homínido cuya capacidad cerebral es ¾ la nuestra, al competir con los de su propia especie, se vuelve cazador de sí mismo: es caníbal. Es, como comenta el profesor Arsuaga en su fascinante master class, en ese momento en el que se alcanza una madurez de la especie humana: queda claro que como especie no debemos de temer a leones o a las hienas, sino a nosotros mismos. Somos nosotros y los otros. ¿Fuimos los propios humanos como amenaza de los propios humanos los que detonamos la colaboración? Es ésa una de las teorías más plausibles. La competencia con nosotros mismos nos lleva a fortalecer lazos, el miedo al otro nos lleva a la alianza. La vieja historia de los otros y nosotros, ese etnocentrismo universal de cada tribu y cada grupo puede guardar las bases de una dialéctica que nos ha hecho desarrollarnos. Cooperar para competir. Cooperar para encontrar la paz.

Tal vez la filosofía oriental y muchas religiones no occidentales han sabido lidiar de mejor manera con la doble cara de nuestra naturaleza. Shiva es la diosa de la destrucción que trae la vida. Tlaltecuhtli con su fuerza se sacude la tierra y da vida. El Templo Mayor azteca se divide entre las fuerzas de la vida y la muerte. El yin y el yang son la conjunción y la articulación de la humanidad. Como lo plantea Freud: debemos luchar con nuestras pulsiones más animales. El acto de humanidad conlleva el control de nuestros instintos. Aceptar nuestra naturaleza es conocer nuestra dualidad.

Colaboración y amenaza.

Fotografía: asianews.it.

Las negociaciones a distancia, con el mundo globalizado y digital, toman una escala nunca antes vista en el reino animal, también el poder de destrucción. Chernóbil fue accidente; Hiroshima un mensaje aleccionador. Abrir los diarios y ver las tácticas de negociación del presidente Trump es comprender nuestra dualidad. En un tuit se tejen las bolsas y se destruyen economías. Con un botón se lanza un arma transatlántica o se ponen a temblar poblaciones enteras.

El mundo se fragmenta cada vez más. Entre más globales somos, parecemos aumentar más nuestro sentido tribal. América first (Keep America Great), la ola antiinmigrante en Europa y el mundo, el ascenso de las ultraderechas: todo apunta a una visión de cierre de fronteras global. El provincialismo es la mirada común del mundo global. En ese efecto dominó el caso mexicano llama la atención.  He escuchado a muchos amigos comparar al presidente López Obrador con su homólogo norteamericano, sin embargo, la gran diferencia está en su óptica de fronteras. Andrés Manuel aclama a un mundo ideal de posibilidades en donde la gente migra por placer y no por necesidad. A pesar de ello, exalta a un nacionalismo y a una unión mexicana acaso no centrada en el odio al otro. Ése es su discurso, ¿en los hechos habrá más centroamericanos caídos que años previos? Se dibuja en el Plan Nacional de Desarrollo que existen mecanismos en los que esa fuerza humana se usa para generar mecanismos de cooperación. Si México logra la hazaña, López Obrador y su equipo pasarán a mostrar una nueva forma de política exterior. A pesar de ello, en su política interior el presidente de México mantiene las mismas estrategias que se ven en todo el mundo: no tiene un plan de unificación, en la división está su fuerza. “Chairos contra fifís” describe su estrategia. México está dividido.

Fifís vs. Chairos.

Imagen: Reddit

El mundo aclama líderes cuya visión retome el mandato hippie de Lennon:

Imagine there’s no countries
It isn’t hard to do
Nothing to kill or die for
And no religion, too
Imagine all the people
Living life in peace
You may say that I’m a dreamer
But I’m not the only one
I hope someday you’ll join us
And the world will be as one.

Estamos en una era en donde la humanidad unida, sin división de grupos, sin trincheras, es una quimera. La autogestión se nos presenta como el mayor reto de una especie que ha conquistado casi todo, salvo el dominio de sus impulsos. El planeta se derrite en manos de nuestra especie y las fronteras entre unos y otros se consolidan.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

Un comentario

  1. Aunque no muy culto como tú en esta materia pues realmente así es nuestra triste realidad, pero tenemos también que buscar por nuestra cuenta lo mejor para nuestra familia. Un abrazo

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Sobre David Rettig

David Rettig
Estudió arqueología (ENAH), especializándose en Filosofía de la Ciencia (UNAM) y en prehistoria y evolución humana (Universidad de Ferrara- URV). Ha trabajado como profesor en México y ha sido investigador en sitios prehistóricos en México, Italia, España y Rusia. Apasionado por el comportamiento humano, David Rettig encontró un paralelo al estudiar y entender las tribus del pasado con las del presente. Le inquieta explicar nuestro comportamiento, entender lo que nos hace humanos y transformar a la sociedad. Es por eso que se autonombra arqueólogo de innovación en Mindcode. La empresa en donde hoy es socio y busca generar impacto, David ha realizado investigaciones enfocadas en generar estrategia de negocios e innovación durante los últimos 10 años y colaborado en más de 150 proyectos con marcas como Kimberly Clark, Metlife, ALSEA, Santander, Bimbo, Calimax, Grupo Posadas, Televisa, Deloitte, Samsung, Google y Facebook. Los proyectos que más le apasionan tienen una carga de responsabilidad social y de cambio cultural.