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Horror Vacui


jueves 14 de noviembre de 2013

A Guillermo Tovar, en agradecimiento por su amistad y su cariño.

Dice el Antiguo Testamento (una vez lo leí, y no miento; y también escuché la historia en más de una iglesia, lo prometo) que al principio no había nada.  Luego (esto no lo dice, pero ya hemos comprobado que es verdad) todo se atiborró de forma paulatina, y posteriormente de manera brusca.  Ahora parece que otra vez no hay nada; de tanto trique almacenado que ve uno, entre tanto tiliche amontonado, uno no logra concentrarse en nada particular.  O al menos eso diría Mario Praz, que analizó el aprovechamiento a detalle de los espacios disponibles en el estilo decorativo victoriano.  Vayamos por partes.

A Mario Praz, teórico italiano del arte, se le atribuye la conceptualización de la obsesión por llenar espacios disponibles.  Naturalmente que sólo se le atribuye su conceptualización contemporánea, pues la obsesión viene existiendo desde que Dios es padre (y tengo entendido que esto fue muy al principio).   Mario Praz, crítico de la forma en que en la época victoriana se disponían los espacios interiores, llamó Horror Vacui a la fijación de ciertos decoradores y artistas por no dejar ni un palmo de terreno libre de intervenciones estéticas.

 Henry Treffry Dunn.  Rossetti y Dunton en la casa de Cheyne WalkHenry Treffry Dunn.  Rossetti y Dunton en la casa de Cheyne Walk

El horror vacui no se aplica de forma exclusiva a la decoración de interiores, por supuesto.  Encontramos ejemplos de este aprovechamiento económico del espacio (permítaseme la licencia descriptiva) en el arte geométrico de la Grecia Clásica, en el arte Islámico de todos los tiempos, en los grabados franceses y alemanes de los siglos XVI y XVII, en la obra de ciertos pintores flamencos relevantes y, naturalmente, en las distintas manifestaciones del barroco.  No sé si a Mario Praz, pero conozco muchos individuos a los que esto les pone nerviosos, les atolondra y hasta les sofoca.  Gente que experimenta estos terribles sentimientos cuando se le pone en medio de una sala rebosante de pinturas y tapices es de la que sostiene aquello de que less is more.  No cabe duda de que cada quien tolera lo que puede.

 Pieter Brueghel el Viejo.  Dulle GrietPieter Brueghel el Viejo.  Dulle Griet

En México, entre mediados de siglo XX y hace unos días, vivió un notable historiador para quien el sentimiento era diametralmente opuesto.  Este hombre se moría de miedo ante el vacío.  En su exquisita manera de decorar sus casas demostró siempre una habilidad más bien rara para aprovechar de forma meticulosa todos los espacios: con pinturas religiosas novohispanas (tema de su especialidad), grabados decimonónicos, retratos mexicanos del siglo XIX, y también con sofisticadas intervenciones en yesería, tapicería y todo tipo de ornamentos.  Este señor, que era mi amigo, se sentía cómodo cuando se encontraba rodeado de marfiles hispano-filipinos inmejorables, de valiosas pinturas de castas, espejos venecianos, muebles de taracea oaxaqueña, cómodas de marquetería, enconchados mexicanos, mesitas de Olinalá… y de una biblioteca (como decía él) “de aullar”.

La obsesión por llenar el vacío no le vino a este señor como ocurrencia peregrina.  Espíritu inquieto desde muy temprana edad, el niño se interesó pronto por el arte barroco en su manifestación novohispana.  Tuvo también buena suerte: un abuelo muy culto que lo acogió en su casa y le permitió siempre escuchar las conversaciones que él tenía con sus amigos, en las que el joven participaba para dejar a todo mundo muy asombrado por su lucidez.  En esa casa de la colonia Roma, en la que pasó tanto tiempo, tuvo oportunidad de ver cosas fantásticas, que por su maravillosa memoria visual le ayudarían a ir conformando su sentido de la estética.

 Baúl.  Taracea oaxaqueña del siglo XVII

Baúl.  Taracea oaxaqueña del siglo XVII

Aristóteles, en su Física, afirma que la naturaleza aborrece el vacío; que la propensión indefectible de los espacios generados será siempre la de llenarse nuevamente de cualquier sustancia (gaseosa o líquida, digamos).  En el caso del barroco, periodo histórico en el que mi amigo era autoridad, la directriz era la misma.  Curioso lo anterior: siendo que el arte renacentista resaltaba lo natural y que el barroco consistía en la exaltación de lo artificial, en el horror vacui barroco encontramos de pronto una forzada tendencia a obedecer reglas naturales.

Ahora una pequeña divergencia: hay veces que uno se sienta frente a la computadora – o ante la máquina de escribir Remington trasnochadísima, como me pasó esta mañana en el cincuentero despacho del conde de Esles – y lo único que uno encuentra entre las telarañas de la mente son espacios blancos muy resplandecientes de vacío.  Como el vacío que siente quien está acostumbrado a los estilos recargados y de pronto lo clavan en un cuarto del hotel Camino Real de Guadalajara (luego de las reformas), de impecable y cómoda decoración (¿) minimalista.  O como el vacío que siente un noble florentino transportado a una sala de algún museo de arte contemporáneo, habiendo crecido en un palacio con una Wunderkammern sin un espacio entre cuadro y cuadro ni para pasar el sacudidor.

 Levinus Vincent.  Wondertooneel der natuur.Levinus Vincent.  Wundertooneel der natuur

Estos días yo siento un gran vacío.  Se trata de un espantoso vacío que me invade (¿es esto posible?) cuando quiero llamar a la puerta de la casa de mi amigo, de ese genio atormentado por el mal del horror vacui, y luego detengo el vuelo de mi puño para evitar tocar una puerta que nunca más se abrirá.  Hace varios días que presencio situaciones absurdas, rayanas en lo grotesco, y quiero levantar el teléfono para relatárselas y que se muera de risa.  Todo es inútil.  Y cuando caigo en la cuenta del desorden, cuando mi desconcierto insuperable le abre un espacio a la frustración de la imposibilidad, es a mí a quien afecta el horror vacui.  Ante la ausencia irreparable de mi querido amigo Guillermo, consciente de la irremediable pérdida y sabedor de que ciertos silencios ya no serán llenados con sus ingeniosos aforismos y sus lapidarias aseveraciones cargadas de espíritu y humor, me abrumo de tristeza antes de resolver que hasta Aristóteles se equivocaba: a pesar de la naturaleza y de sus muy respetables tendencias, siempre habrá algunos espacios que se quedarán eternamente vacíos.  Gracias por todo, Guillermo.

Sobre Diego de Ybarra

Diego de Ybarra
En su perene afán de comunicar hasta la más ilustre de las barrabasadas, Diego de Ybarra escribe desde que puede, y como puede. Ha vivido en México, en Francia y en Italia, y actualmente debe estar por algún lugar inconveniente de la Colonia Roma. Entusiasta del arte y lector más que escritor, busca sin cesar la forma de encontrarse con lo artístico y con quien escriba de ello. Ha organizado y curado exposiciones de obra pictórica en la itinerancia, discutibles happenings dedicados a promover la obra de aquellos pintores jóvenes que le llaman la atención. Confiesa que su nociva curiosidad lo orillará una tarde de lluvia a querer averiguar qué se siente aventarse de espaldas por una ventana abierta.