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Arrieros de México… De mulas, asnos y burros

Arriero.

Gerardo Australia


Historias para recordar

Imagen: Amazonaws.

viernes 13 de septiembre de 2019

Haced que yo a los hombres desengañe
de su falsa opinión, del error ciego
con que miran al Asno, despreciando
el mejor animal que hay en el suelo.
Anónimo español.

Es hora de hablar de ese héroe anónimo sin el cuál, desde finales del siglo XVI hasta entrado el XX, México no hubiera subsistido, ni se hubiera colonizado: el burro, asno o mula.

Pero primero a las diferencias, porque se cree que mula, asno y burro son lo mismo, aunque lo son en apariencia, no en constitución. El burro o asno suele ser más peludo, tener cuando mucho un metro y medio de altura, dientudo y es el clásico de las orejotas y cola poblada de pelo. En cambio, la mula es el resultado de la cruza entre un burro macho y una yegua o bis, de manera que tienen la altura promedio de un caballo, sus dentaduras son parecidas y poseen menos pelo. De ahí el viejo refrán mexicano: “El burro para el indio, la mula para el mulato y el caballo para el caballero”.

Arriero y caballo.

Imagen: Ucareo.

Diferencias aparte, estos humildes cuadrúpedos, sinónimo de paciencia y docilidad (aunque no los quieres ver encabronados), fueron indispensables prácticamente durante cuatrocientos años para la difícil tarea de llevar cargas fuertes por terrenos casi siempre escabrosos y climas extremos.

¿Por qué la mula se convirtió en el animal favorito para la carga? Entre otras cosas, porque fueron las que se adaptaron más rápido a las particularidades geográficas de nuestro país, siempre difíciles. Un buey podía jalar hasta una tonelada de carga, pero para meter un buey por la sierra o la selva se necesitaban caminos que no existían, ¡y ni se diga para sacarlo de la barranca! Además, mantener un buey era costoso. La mula-burro podía transitar esencialmente por cualquier lugar. El caballo era el cuadrupedal más dinámico de todos, pero requería mayores cuidados y en cuestión de carga no tenía el arrastre del genial borrico.

Conclusión, la mula fue el Volkswagen de la época: se encendía con una simple paca de heno, aguantaba largas distancias con carga pesada (hasta 200 Kg), era fuerte y resistente; no corría mucho, pero su paso era corto, firme, se cansaba menos que los otros cuadrupedales y además se podía utilizar de “motor” para jalar una carreta. Como el viejo Vocho, el burro era de fácil compostura y la podía hacer el mismo piloto, y por si fuera poco tomaba mucho menos agua que los demás. Así, la colonización de la Nueva España le debió más al burro que al caballo.

Mula.

Fotografía: México en Fotos.

Con el Almirante de las tres carabelas llegaron a las islas los primeros burros y yeguas, que pronto se reprodujeron. No era para menos: tres meses de encierro se dicen fácil, pero… En 1531 desde Sevilla zarparon catorce burros para la Nueva España con la finalidad de iniciar la crianza, que no tardó en ser productiva. A mediados del siglo XVI el burro-mula-asno se usaba para tantas cosas y era tan práctico, que tanto la gente de clase media como la de clase alta, se olvidaron del qué dirán y comenzaron a transitar montados en sus mini-burros por las calles de la ciudad. Fue tal la cantidad de mulas-burros que el Cabildo dictó una orden señalando que no podía tenerse mulas si no se tenía caballos: “Esta medida estaba encaminada tanto a fomentar el uso del caballo por motivos militares, como a favorecer la cría de ganado mular en estas tierras, pues el ganado caballar y en particular las yeguas eran indispensables para el desarrollo de la producción de mulas. Otra indicación que nos confirma la gran aceptación que tenía la mula, no sólo como bestia de carga o tiro, sino también como montura, la encontramos en el acuerdo que toma el mismo Cabildo de la ciudad, el 16 de septiembre de 1532, por el que se le pide al Rey que anule la cédula por la que se permite a ciertas personas que ensillen mulas, por estar en contraposición con una cédula de la Audiencia real que prohíbe la posesión de mulas sin tener caballos”, comenta Edmundo O’Gorman en su Guía de las actas de Cabildo de la ciudad de México, siglo XVI (1984). De esta manera, la gente comenzó a tener mulas “de arria, de silla y de camino”. A la construcción de casas pronto se anexaron los necesarios “estacionamientos” para estos animales.

Establo.

Imagen: Anuncios.es.

La importancia de las mulas para abastecer a las poblaciones fue fundamental: a principios del siglo XVII, la Ciudad de México recibía diario un promedio de tres mil mulas de carga para suministro de insumos. La procesión de mulas era encabezada por las más fuertes y hermosas, llamadas caponeras, todas ataviadas de finos arreos. Por supuesto este negocio fue generador de empleos, ya que una vez estacionada la mula estaba el encargado de descargar y repartir la carga. También estaban los llamados sabaneros, quienes alimentaban y limpiaban la tropilla de rebuznadores. Otros eran los atajadores, que caminaba al lado de la recua y tenían la tarea de conseguir o recalentar el itacate de los pilotos.

Como hoy se renta un camioncito de media tonelada para hacer mudanza, en aquellos tiempos también se rentaban mulas para el menaje. Los había de todos los precios, considerando si el burro estaba destartalado o no, si estaba entrenado, su edad, etc.: “por ejemplo, en la década de los setenta el precio más bajo que encontramos fue el de 15 pesos de oro común que pagó en 1578 Juan Cerdeña, maestro de enseñar niños, por ‘una mula pequeña castaña oscura tronza de una oreja’; y el más alto fue el de los 110 pesos que dio en 1576 el clérigo Juan Montaño, por una mula negra grande de silla. En general, los animales más baratos eran los cerreros o sin domar, que en promedio costaban 20 pesos, mientras que los más caros fueron los de silla, es decir, los destinados a ser montados por un jinete, que como hemos visto podían llegar a costar arriba de los 100 pesos”, dice O’Gorman.

Como sabemos, el imperio español se enriqueció explotando nuestras minas, y gracias a éstas se salvaron de la vil banca rota. Pues sin el burro dicha empresa no hubiera sido posible. Las mulas-burros fueron indispensables en las básicas tareas de transportar todo lo que precisaba la industria, además para mover los pesados malacates que se usan en las minas para elevar objetos pesados, minerales y agua, y los molinos. Uno de los más importantes caminos reales de la Nueva España fue el que comunicaba Zacatecas, magnífico centro minero, con la Ciudad de México. En él era común ver transitar recuas de dieciséis mulas llevando campantes más de cuatro toneladas de carga.

Ganado.

Fotografía: javiermedinaloera.com.

Así pues, invertir en mulas era un negocio redondo y los que tenían fortuna no dudaban en adquirir grandes “flotillas”, que por lo regular daban a administrar a terceros. Uno de estos prósperos negocios lo tuvo el papá de Vicente Guerrero, en Tixtla, hoy estado de Guerrero. Por lo mismo, quien se convertiría en un héroe de la Independencia y fuera presidente, atendió el negocio paterno por muchos años, de ahí su gran conocimiento de los caminos y las veredas de aquellas montañas precipitosas que tanto le ayudó en sus días de combate. Aquí viene un detalle: la historia oficial dice que Vicente Guerrero no sabía escribir. Esto es imposible; el negocio familiar, que era una especie de DHL (“Muleando desde 1773”), debió tener por requisito forzoso anotar las cargas que se recibían o entregaban y demás documentos propios del negocio.

Ahora bien, como se observa, la mula vino a ser una especie de salvación para el transporte y el jaleo novohispano, pero en realidad a quien verdaderamente salvó fue al indio, pues en su condición de esclavo era obligado a llevar sobre su espalda cargas tremendas e inclementes. Por lo mismo, desde el principio el indígena y el burro-mula-asno formaron un dúo dinámico inseparable que con el tiempo se consolidó en uno de los más nobles, folclóricos y necesarios oficios mexicanos: el de los Arrieros.

Sabios del camino, magos de la vereda, el arriero era audaz, mal hablado y valiente, un verdadero aventurero. Antes de partir, el arriero en jefe preparaba su viaje con muchos días de anticipación, sometiendo a sus mulas a “alineación y balanceo” y alimentándolas bien. Después se reunía con el mayordomo para decidir quién lo iba a acompañar y poner fecha de partida. Llegando el día lo primero era asistir a misa para pedir la protección de Dios, y a las tres de la madrugada del día siguiente partían. Por el camino siempre se escuchaba el segundo lenguaje del arriero: el chiflido, que era usado para arrear la recua, comunicarse a distancia con los compañeros, insultar a los enemigos o burlarse del necio.

Sabaneros.

Imagen: Colarte.

Y célebres arrieros de nuestra historia fueron Vicente Guerrero, Valerio Trujano, Pascual Orozco, Mariano Escobedo, por nombrar algunos… hombres, pues no hay que olvidarnos de aquella recia mujer que fue arriera de profesión: la famosa Monja Alférez, doña Catalina de Erauso, mujer de armas tomar que fue monja, aventurera, arriera entre la capital y Veracruz, militar de gran arrojo y escritora.

Hasta el invento del ferrocarril y después el del automóvil, no existió mejor medio de transporte que el de la mula-asno-burro, “su gran versatilidad para transitar por cualquier terreno; su capacidad para ser empleado como animal de carga o de tiro y también como montura; y la gran variedad de precios y características con que se llegaban a vender en el mercado, fueron factores que llevaron a que el empleo de mulas tuviera una amplia difusión entre todos los sectores de la sociedad, pues existían animales para todos los bolsillos y necesidades, tanto si se trataba de resolver los problemas del transporte de una casa, o los que planteaba un gran complejo minero, si se quería transportar agua, harina o vidrio, si se necesitaba llevar algo a un lugar lejano o a corta distancia, y también si se era un humilde indio, un modesto artesano o un gran señor, la mula constituía siempre una solución”, remata Ivonne Mijares Ramírez en su ensayo La mula en la vida cotidiana del siglo XVI.

Es más: a Cristo lo hubieran matado si no fuera por un burro (un coupé pequeño de cuatro patas al piso sin cajuela), en el que la familia pudo huir de Herodes a tiempo y hacer su largo camino a Egipto.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

4 comentarios

  1. Gracias Gerardo. Muy interesante además de divertido como siempre.
    Por mi profesion lo encuentro este artículo dentro de mis favoritos
    Me hiciste poner atencion en algo que no hubiera pensado. Es cierto lo valiosos
    Que fueron estos animales para la historia de nuestro México
    Y siguen siendo a la fecha. Salgo mucho a carreteras y siempre es parte del paisaje
    ese burrito o mula trabajando duro

    • Gerardo Australia

      ¡Toda la razón, estimado Enrique!….Ciertamente el paisaje de México no está completo sin estos estupendos animales..
      Muchísimas gracias por leer y tomarte el tiempo para escribirme
      Abrazo

  2. LUIS ENRIQUE AVILA GUZMAN

    Buenísimo Gerardo, curiosamente cerca de tres marías estábamos preguntando por un burro, ya que le gustan mucho a mi esposa y nos encontramos con que hay muchas burras, pero pocos burros, espero que no entren en proceso de extinción, sino será necesario hacer un burrario.

  3. Victor Manuel González Durán

    Me sigue sorprendiendo mi buen Gerardo, con esa narrativa ligera y profunda de contenido.

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Sobre Gerardo Australia

Gerardo Australia
Músico, escritor de divulgación histórica y compositor con estudios en el Conservatorio Nacional de Música de México, en el Real Conservatorio de Madrid en España y en el Boston Conservatory en Estados Unidos. Ha conformado un repertorio con un amplio rango de géneros musicales que van desde letras pop como Tierra dorada (en coautoría con Memo Méndez Guiú), con Timbiriche, canciones de telenovela como Alcanzar una estrella, premio TVyNovelas a la Mejor Canción de 1992, y Muñecos de papel, interpretada entre otros por Ricky Martin, hasta proyectos alternativos como el primer cortometraje mexicano con animación en plastilina Sin sostén, el tema principal del programa Conversando con Cristina Pacheco, el documental 1910, La revolución espírita, acreedor al galardón Pantalla de Cristal a la Mejor Música, y los largometrajes Propiedad ajena (2007) y Gloria (2014). Como escritor colabora para los periódicos Reforma, Milenio Diario y La Jornada, así como para la revista Relatos e Historia en México y Replicante. Ha sido columnista de los portales Wikiméxico y SomosCultura. En 2015 Conaculta publicó su ensayo Francisco Gabilondo Soler: su obra y sus pasiones; una herencia para México, acercamiento sin precedente a la vida y obra del Grillito cantor Cri-Cri, mientras que en 2016 SACM le otorgó el reconocimiento Trayectoria por sus 25 años como compositor. También ha incursionado en el medio publicitario componiendo música para destacadas agencias en México y el extranjero tales como Mattel, Coca-Cola, Ford, Adidas, Cadbury, Bimbo, Budweiser, Kimberly-Clark, Nokia, Mars & Co., Corona y Volkswagen, entre muchas otras, trabajo gracias al cual ha sido acreedor —en México y Argentina— a premios como FIAP, BDA y Círculo Creativo. En 2008 fue comisionado para componer el himno y la melodía principal para el parque de diversiones Kidzania, temas que son escuchados en ciudades de 19 países tales como Japón, Dubai, Lisboa, Chile, Yakarta, Seúl e India. También a partir de este año realiza música original para los reportajes especiales del Teletón. Siempre involucrado y preocupado por una mejor música infantil mexicana, Gerardo Australia tiene más de 10 producciones para niños, con Editorial Trillas, que van desde ejercicios musicales sicomotrices hasta baladas tradicionales mexicanas, así como composiciones y producciones para artistas de gran tradición como Chabelo, para quien escribió canciones como Huarachón, Mi familia y Mi primo Johny, por mencionar algunas.