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La hipocresía y las mal llamadas empresas incluyentes

empresas incluyentes

Héctor Mendoza


La pluma ecléctica


lunes 26 de noviembre de 2018

Los adultos mayores, esos que antes llamábamos senectos, luego le bajamos a ancianos, pero nos siguió pareciendo rudo el término y nos inventamos otros más suaves como: adultos mayores, personas de la tercera edad y ahora, hay quienes cayendo en el ridículo, pretenden denominarles (o quizá debería decir, denominarnos) personas con juventud acumulada.

Somos hipócritas como sociedad, igual que hacemos con los viejos, pretendemos pasar por la vida pensando que no existen los indigentes, los niños y niñas hambrientos, los que carecen de oportunidades. Nos gusta pensar que no hay prostitución, ni balazos, ni muertos por la delincuencia.

Así y en esa lógica, algunas las empresas coludidas con nuestra hipocresía, dicen ser empresas incluyentes, porque “les dan oportunidad a nuestros viejecitos” –así lo dicen ellas‒ y en realidad, en la mayoría de los casos, son empresas explotadoras, precisamente de ese grupo vulnerable denominado adultos mayores.

Todas esas tiendas de autoservicio ahora se visten de gloria y se dicen solidarias –que no se nos olvide‒; ahora explotan a los viejitos pero hace un tiempo lo hacían con los niños.

Hace poco me puse a platicar con un adulto mayor, empacador de una de esas empresas, y me platicó la serie de abusos de que son objeto. Sus mandiles deben de comprarlos a la misma empresa que los “contrata”, y eso como un requisito de ingreso. Trabajan sin descanso, y en turnos que establece la “empresa incluyente” en función de sus propias necesidades, no hay ningún tipo de prestaciones y, de hecho, como sucede igual en restaurantes y gasolineras, no son, ni nunca serán empleados formales. Ellos viven de la propina, disfrazada de caridad.

supermercados

Imagen: LID.

Visto así, la empresa no pierde nada y gana mucho, a la empresa poco le importa si el clima es primaveral de 22 grados centígrados o si el día está de mal genio y hace un frío de los demonios. En todos los casos, es necesario ir a recoger “los carritos” que los clientes dejamos desperdigados por todo el estacionamiento.

Y nosotros, los clientes hipócritas, hacemos como que no vemos, damos unas monedas a esas personas y en algunos de los casos ni siquiera volteamos a verlos a la cara para darles las gracias. Esas personas –adultas mayores‒ subsisten de nuestra caridad, ésa que no resuelve gran cosa pero es mejor que nada, dicen algunas de esas personas que laboran en dichos lugares.

Recuerdo que cuando fui empacador, me trataban como empleado, y yo era un niño, y al igual que sucede ahora, era necesario comprar un mandil para poder “trabajar” también como ahora, existían horarios, jornadas específicas para desempeñarte como “cerillito” y poder así ganar algunos pesos gracias a la caridad de las personas, pero por conducto de esas “empresas incluyentes”.

De la misma manera que sucede en la actualidad, la sociedad normalizaba esas situaciones, en el grueso de los casos las personas ni siquiera reflexionaban sobre esos menores que, bajo la apariencia de empresa responsable”, explotaba a la niñez.

Mientras no cuestionemos como sociedad esas y muchas otras prácticas, mientras sigamos creyendo que es normal tal y cual cosa, no podremos avanzar. El problema es que hemos normalizado tantas cosas, la pobreza, la desigualdad, el racismo o la discriminación, y cada vez nos resulta más difícil ver la realidad por encima de dichos fenómenos.

Casos como los aquí planteados hay muchos, y lo más triste es ver cómo es que llegan empresas extranjeras y se tropicalizan rápidamente, adquieren estos anti-valores y los implementan en mi país, cuando en sus países de origen serían impensables dichas prácticas.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

4 comentarios

  1. Excelente articulo, la verdad es cruda, pero es verdad la mal llamada “inclusion” de las personas de la tercera edad es una forma de explotación, disfrazada que se ha normalizado y se visualiza como una “buena practica laboral” de incorporar un sector de la sociedad que ya cumplió su ciclo “productivo”

  2. Marcela De La Luz Sánchez

    gracias por compartir este articulo. muy buena reflexion.

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Sobre Héctor Mendoza

Héctor Mendoza
Doctor en Derecho, integrante del Sistema Nacional de Investigadores, profesor investigador en temas bioéticos y biojurídicos, abogado postulante desde hace más de tres décadas, miembro del Colegio de Bioética, A.C., y de la Asociación Nacional de Profesores de Derecho Internacional Privado. Autor de libros, capítulos de libro y artículos arbitrados publicados en revistas de circulación nacional e internacional. Paracaidista y buzo certificado, motociclista, rapelista y amante de los deportes extremos. Conferencista en instituciones nacionales y extranjeras tales como: la Universidad de Illinois, Urbana-Champaign en Estados Unidos, la Universidad de Montreal en Canadá, la Universidad Laval en Quebec, Canadá, la Universidad de Burdeos 1 en Francia, la Universidad de Palermo en Argentina, la Universidad Autónoma de Madrid, la UNAM, el ITESM, el Colegio de Bioética, A.C., la Barra Mexicana de Abogados, A.C., el Centro Internacional de Ciencias, A.C., el Colegio Mexicano de Ingenieros Bioquímicos, A.C., el Tribunal Superior de Justicia, la Comisión de Derechos Humanos, el Centro de Ciencias Genómicas, y la propia Universidad Autónoma de Nuevo León, entre otras.