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Los hermanos Corzo – Parte 2


Martes 7 de Marzo de 2017

#HermanosCorzo

 

Giuseppe Casorini, administrador del circo de Enrico Corzo, corría de un lado a otro. Ultimaba los detalles de la gran presentación que el circo daría en una plaza tan importante como Milán. Eran las cuatro de la tarde y ya sólo faltaban tres horas para que empezara la función.

Boraccio –decía Giuseppe enérgico– revisa la jaula de los leones. No queremos otro susto como el que vivimos en Zurich.

Giuseppe se refería a la presentación que semanas atrás habían tenido en esa ciudad en la cual, casi al final del espectáculo, un enorme león apareció en escena. La gente que atendía la función se emocionó al ver cómo el gran felino, muy orondo, entró por un costado, cruzó toda la pista y salió por el otro costado. Toda la gente creyó que era parte del espectáculo. Mientras tanto Enrico, Simona y Giuseppe, paralizados de terror, veían aquella escena. Giuseppe no tenía idea de lo que había pasado pero lo bueno fue que el incidente no había pasado a mayores y el domador se hizo cargo de guardar al animal en su jaula. Para los espectadores fue sólo una sorpresa más, de esas a las que estaban acostumbrados ver en un circo tan afamado como el de Enrico Corzo.

Las horas pasaron y Giuseppe se encargó de que todo estuviera listo para la presentación en Milán. Enrico y Simona, por su parte, practicaban sus acrobacias en el trapecio, suerte que les había dado fama en sus inicios y que habían aprendido de los gitanos. Las piruetas que daban en el aire, mientras pasaban de un trapecio al otro, le quitaban el aliento a más de uno. Eso, sumado a que su acto lo ejecutaban sin red de protección, era parte de su atractivo. Le tenían tanta confianza a su forma de ejecutar el acto, que habían decidido no poner una red de salvamento debajo de ellos cuando realizaban su actuación.

¡Una locura! –pensaba Giuseppe– pero para ellos era parte de la adrenalina que los movía. Al final, dedicarse al mundo circense era una locura en todo el sentido de la palabra, pensaban ellos y eso les atraía.

Claudio, el hijo mayor de Enrico y Simona, tenía listo su acto con 6 caballos. En él, en una de las pistas del circo, pasaría de un caballo a otro mientras éstos galopaban alineados. Eran 6 caballos blancos que vestían coloridas diademas y faldones. En el acto lo acompañaban tres hermosas jóvenes eslavas quienes, junto con él, saltaban y hacían acrobacias de un caballo a otro sin que los corceles bajaran la velocidad en ningún momento, y se concentrarían en darle varias vueltas a la pista. Claudio abría la función una vez que los pagliacci salían del escenario tras entretener al público, previo al anuncio del maestro de ceremonia.

Paolo, el hijo menor y segundo al mando, reprimía a un par de trabajadores por haber colocado una pileta de agua más lejos de la escalera por la que una estilizada clavadista subiría 20 metros y se lanzaría al vacío para posteriormente caer en ella. Paolo era muy perfeccionista y eso le ayudaba a mantener el orden en el circo, pero también tenía el problema de no escuchar a los demás ni entender otras razones que no fueran las propias. Eso lo hacía muy agresivo y poco tolerante con los trabajadores. Además, esa actitud lo ponía siempre en franco choque con Giuseppe, su jefe, pero su padre lo permitía porque pensaba que esa agresividad y poca tolerancia se le iría pasando con los años y era propia de su juventud e inmadurez. Enrico admiraba la fortaleza y el liderazgo de su hijo menor y tenía una debilidad por él. Seguramente algo de la arrogancia de Paolo derivaba del patrocinio de su padre en todos sus caprichos. Sin embargo, todos le concedían al muchacho que era un buen administrador, responsable y cuidadoso en el manejo de los recursos. Ese día, todo su mundo se le vendría encima a Paolo, y estaba a unas cuantas horas de recibirlo.

La función en Milán empezó sin sobresaltos. El escenario magnífico, ordenado en las tres pistas, era contemplado por miles de visitantes que llenaban todos y cada uno de los asientos del circo. Los actos de Claudio y sus acompañantes en los caballos, así como los subsecuentes, fueron ovacionados por todos los milaneses que se encontraban ahí.

Cuando por fin fue el turno de la pareja Corzo, una gran ovación se escuchó en el público que, con gran entusiasmo, vitoreaba a los dueños del circo. Su acto se había convertido en un clásico y era sin duda el más esperado de todo el espectáculo. Las luces se apagaron y cuando se volvieron a encender, con gran música de fanfarria, Simona comenzó a mecerse en su trapecio y del otro lado Enrico se puso boca abajo para recibirla después de hacer una voltereta simple. La gente aplaudió y fueron agregando grados de dificultad a sus actos. Hicieron entonces una voltereta y media y todo salió bien, pero cuando Enrico se preparaba para recibir a Simona con los pies, la venda que tenía en sus manos se movió y la sudoración de las manos hizo que le fuera imposible sostener a Simona, cayendo los dos artistas al centro de la pista. Este acontecimiento provocó terror y angustia por igual en los espectadores, en sus hijos –Claudio y Paolo– y en Giuseppe –el administrador del circo–, quienes no podían creer lo que veían sus ojos.

Una semana después, y después de darles santa sepultura, Giuseppe llamó a los hijos de Enrico y Simona, y sostuvieron la siguiente conversación:

Muchachos, temo que la tragedia nos haya dejado muy tristes y desesperanzados pero el circo debe seguir y en la voluntad de sus padres quedó claro que ustedes se quedarían con el circo y que Paolo se convertiría en el Administrador –dijo sereno Giuseppe, ya sin manotear tanto y reflejando una pequeña lágrima en uno de sus ojos–.

¿Y tú qué harás? –preguntó Paolo desafiante–.

Él se quedará con nosotros –interrumpió Claudio–, ni siquiera lo deberías estar preguntando. Él es quien ha logrado llevar al circo hasta dónde está.

Giuseppe veía cómo los dos hermanos se hablaban, confrontándose, y decidió romper ese diálogo agresivo diciendo:

Sólo me quedaré si los dos están de acuerdo.

Después de un largo silencio, Paolo le indicó a Giuseppe que sólo se limitaría a contratar al talento, mientras que él se encargaría de la administración. Lo que sucedió después, fue el principio del fin.

Hasta la semana que entra.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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