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Muchos Méxicos

México.

José Elías Sahab Jaik


De todo y de nada


jueves 19 de septiembre de 2019

#MuchosMéxicos   #VivaMéxico

En este mes patrio, en el que vemos tantas banderitas por todos lados, que se grita el “¡Viva México!” en todas partes y recordamos a los héroes que nos dieron independencia, es imposible no pensar en este país que nos vio nacer.

México no puede definirse de una sola manera. Es un país complejo, lleno de contrastes y de entornos. Su variedad geográfica sólo se puede comparar con su diversidad cultural, su riqueza gastronómica y sus muy diversas cualidades y carencias.

En este país no existe una sola realidad. La nación se conforma de miles de historias que, si se comparan unas con otras, no podría ni siquiera imaginar que se está hablando del mismo país.

He aquí algunas breves historias alrededor del día del grito.

Primera historia:

Una señora, démosle un nombre imaginario, Adriana. Ella celebró el grito en casa. Invitó a un grupo de parejas, empleados casi todos de su marido, el cual tiene una empresa en el Estado de México y que la heredó de su padre, que a su vez la heredó de su abuelo. Ella no tiene idea de qué hace el marido con quien ha estado casada por 24 años. Ella se preocupa ya sea porque la muchacha no llega, o piensa en inscribir a sus tres hijos en las clases de equitación, en la escuela ecuestre que queda muy cerca de su casa en Lomas Altas.

 El día del grito, su gran angustia, fue que los meseros que contrató llegaron media hora tarde y que una de las parejas no pudo meter su coche en el garaje. Ya había cinco coches adentro, además de los suyos. Esto último lo solucionó mandando a su chofer a “rescatarlos” y que él les recibiera su auto. La noche transcurrió entre brindis de tequila, vino y champaña. Al día siguiente se levantó por ahí de mediodía porque, claramente, dio la instrucción a la servidumbre de que no la molestaran los niños hasta que ella saliera del cuarto. Adriana prendió un cigarro en el balcón y su marido le gritó desde la cama que “ese vicio la iba a acabar”. Ella pensaba, mientras lo oía gritar, entre cruda y somnolienta, “que era muy triste su vida y que aguantar a su marido era una pesadilla. Sus hijos ya no la pelaban y se aburría de no hacer nada”.

Segunda historia:

Ahora veamos la historia de Matilde. Ella llegó al zócalo con su hija de dos años. Esa noche, sola como en los últimos dos años, quería ver más gente, oír a su presidente dar el grito y que su hija estuviera con ella. No tenía a nadie. Sus padres eran de un pueblo en la montaña de Guerrero y no sabía de ellos desde que se había ido de ahí a los 16 años, cuando se enteró que estaba embarazada de un primo de su edad quien, al saberlo, se fue de mojado a Estados Unidos con otro primo mayor. Ella no quiso decirle nada a sus padres y se fue a la Ciudad de México. Los padres no la volvieron a buscar en dos años y ella sobrevivió de chambita en chambita, siempre cargando con su hija.

 Esa noche del 15 de septiembre, Matilde se perdió entre la muchedumbre, esperó a que el presidente saliera y junto con él vitoreó y gritó ante la mirada asombrada de su hija. Al terminar el evento, ella y su hija se regresaron caminando al cuarto donde vivían para encontrarlo ocupado por alguien más. No se quejó. Se quedó afuera y ahí acostada le ganó el sueño. Al despertar no estaba su hija en sus brazos, volteó y no la vio por ningún lado. No le preocupó. Seguro estaba con alguien más y seguro le iría mejor. Empezó a deambular por la calle todavía semi oscura y pensó “estuvo bien lo del zócalo, tengo que ver qué voy a comer hoy, pero ya nomás soy yo otra vez, sola, así es más fácil.”

Tercera historia:

Coral ni siquiera se acordó que esa noche era 15 de septiembre. En la sierra de Puebla llovía y ella manejaba un camión de redilas transportando material al puerto de Tuxpan. Salió de la Ciudad de México ya tarde, y para cuando fue el grito, todavía le faltaban tres o cuatro horas para llegar a su destino. Lo único que le llamó la atención fue que menos coches transitaban por esa carretera, esa noche. Coral conocía muy bien la carretera, su trabajo de “mujer-camión” hacía que la recorriera de ida y vuelta todas las semanas. “Era un buen jale” pensaba ella y le dejaba lo suficiente para mantener a su hijo de 6 años y a la abuela de éste que vivía con ellos y lo cuidaba todo el tiempo. “Además, lo puedo mandar a la escuela y eso yo no lo pude hacer” le decía a su mamá cuando ésta le reclamaba que todo el tiempo se la pasaba trabajando.

 Esa noche mientras manejaba, se acordaba de cómo su padre le había dejado ese camión cuando murió, y que era lo que tenía para salir adelante. Que su único hermano se la pasaba borracho en el pueblo y que ella tenía que ser y hacerse responsable. Tenía que defenderse de los otros camioneros, por su condición de mujer, y en esa profesión casi no había. Por eso siempre iba armada, por eso siempre tenía que mocharse con los policías en los caminos para que no le quitaran el arma o la mercancía, hasta que logró que la empresa a la que le daba servicio, le diera seguro, protección y el permiso para portar el arma como si fuera una agente de seguridad. “Es porque tú nunca fallas, Coral” le decía el gerente y ella se sentía orgullosa de su trabajo y de su esfuerzo, porque así su hijo tenía la oportunidad de estudiar cuando ella no pudo. Sobre el grito, ni tiempo de acordarse, ella tenía que trabajar.

Última historia:

Esa noche del grito preparó un pozole en su pueblo, digamos que, en Michoacán, e invitó a tres familias vecinas de su calle, con todo y sus familias. En total, 30 personas –ya fuera acomodados en sus mesas, parados o sentados en el piso–, disfrutaban de un pozole caliente preparado, como cada año. Celia era madre de tres hijos y dos hijas, y todos ayudaban en el evento patrio. En una casa sencilla de adobe, se respiraba un ambiente cálido, familiar y lleno de solidaridad. Doña Celia se había quedado viuda unos años antes, ya que su marido fue alcanzado por una bala perdida durante un fuego cruzado entre dos bandas de “malosos”, como les decía ella. Lejos de deprimirse y llenarse de odio, se encomendó a Dios y dialogó con sus hijos “aquí ya todos tienen edad para apoyar; su papá ya no está con nosotros, pero que desde el cielo vea que aquí salimos adelante y que vamos a estar bien”.

Los vecinos, gente cálida, de trabajo, que tenían sus comercios, siempre le agradecían el gesto de invitarles su pozolada a todos el 15 de septiembre.

 Doña Celia pensaba “De eso se trata el grito, de unir a las familias mexicanas y por un momento recordar a lo héroes, olvidar a los villanos y pensar en lo mucho que queremos a nuestro país, independientemente de lo que pasa en él”.

En este mes patrio, volteemos a ver nuestra realidad y busquemos hacerla mejor por el bien de los que vienen después de nosotros. No importa en qué escenario nos encontremos, siempre podemos buscar estar mejor y mejorar ese escenario. Ese conjunto de voluntades, se los aseguro, de verdad transformará al país y podremos, entonces sí, gritar orgullosos ¡Que viva México!

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

3 comentarios

  1. Abrazo desde Oaxaca Pepe. a transformar escenarios.
    Felipe Martínez

  2. Qué el ¡Viva México! Sea un grito de igualdad en el cual todas las mexicanas y los mexicanos luchemos por los derechos fundamentales y la dignidad humana, sembremos consciencia para que esos Méxicos sean diversos y no exista persona que no cuente con lo básico para salir adelante.
    Saludos Pepe Elías.
    Lore Márquez

  3. Hola Pepe me queda claro que cada uno le da el matiz al festejo de acuerdo a lo q esté pasando en su vida, esta padre el festejo, pero coincido c la última historia , es un acercamiento familiar , q se siga enchinando la piel cada año q se grita viva Mexico Saludos me gusto leerte

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Sobre José Elías Sahab Jaik

José Elías Sahab Jaik
Soy José Elías Sahab Jaik, orgullosamente chilango, de origen libanés. Abogado de la UNAM y maestro en Derecho de UTexas en Austin. Tengo la convicción de que las empresas son el motor de la economía y, ahora que tengo el orgullo y oportunidad de trabajar en un conglomerado regiomontano que tiene varias empresas (entre otras, Minera Autlán), cada día trabajo para mejorar al Grupo y así beneficiar más al país. Mientras veamos más empresas sanas y productivas, que permanezcan a lo largo de los años en todos los estados de la República, vamos a tener un desarrollo más homogéneo como país. Soy un ferviente creyente del desarrollo regional, del Club América (aunque pierda lectores) y de que los humanos somos buena energía, aunque a veces nos falte alineación y balanceo. Positivo por naturaleza, apasionado por México y su gente, enamorado de mis tres hijos y mi país. Seamos felices, que cuesta lo mismo.