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Estados alterados, éxtasis químico, cerebro psicodélico

LSD

José Luis Díaz Gómez


Mente y Cuerpo


sábado 8 de septiembre de 2018

Empiezo por referirme a los años 60, la época de aquellos jóvenes hippies que abrazaron la fórmula turn on, tune in, drop out (que interpreto libremente como “préndete con LSD, sintonízate al rock, deja la escuela y la sociedad burguesa”) promulgada por el psicólogo Timothy Leary en 1967, luego de ser expulsado de Harvard por su impetuoso proselitismo. Aludo a la audaz, insólita y bulliciosa generación del rock, que pretendió implantar una contracultura, en cierta medida, a través de revelaciones psicodélicas, pues una de sus aspiraciones más decididas era la ampliación de la conciencia como vehículo de transformación personal y social. Y es así que la dietilamida del ácido lisérgico (LSD), una sustancia derivada de alcaloides del ergot, la mezcalina del peyote mexicano o la psilocibina de los hongos alucinantes fueron coadyuvantes de la revolución cultural de la década de los 60. Inspirados además por la mítica figura de don Juan Matus, supuesto chamán yaqui persuasivamente narrado por el antropólogo peruano Carlos Castaneda (1925-1998) en una serie de libros muy leídos a partir de Las enseñanzas de Don Juan (publicado originalmente en inglés en 1968), aquellos jóvenes se embarcaron en viajes visionarios, no sólo para experimentar una embriaguez recreativa (con riesgo de descarrilarse en un mal viaje), sino como una forma de conocimiento privilegiado. Sin embargo, a diferencia de los indígenas mesoamericanos, quienes regulan estrictamente la experiencia alucinatoria mediante una tradición ritual, la exaltada meta de ampliar la conciencia se trocó para algunos en adicción a narcóticos y en muertes por sobredosis -¡a los 27 años!- de genios del rock como Jimmy Hendricks, Janis Joplin o Jim Morrison.

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Imagen típica del arte pop con elementos psicodélicos de los años 60 en la que se despliegan motivos de música rock, como el rostro de Jimmy Hendrix o el símbolo del festival de Woodstock con lemas pacifistas e íconos de las imágenes sensoriales de experiencias con alucinógenos (Tomada de: https://pxhere.com/fr/photo/916377).

Aquel movimiento libertario, lúdico, igualitario y pacifista, que se sumó a las frecuentes marchas contra la guerra de Vietnam decisivas para ultimarla, tuvo otros efectos en las artes y las ciencias. Además del rock clásico, una de las expresiones más creativas, impactantes y seductoras de aquellos legendarios años, el arte pop plasmó en imágenes abigarradas y vivamente coloridas los fenómenos visuales evocados por los alucinógenos. Fue llamado arte psicodélico, término del psiquiatra canadiense Humphrey Osmond para identificar a los alucinógenos como “manifestantes de la psique,” aunque, a decir verdad, tal arte había sido adelantado desde tiempos remotos por los huicholes del Nayar mexicano.

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Portadas de “Las enseñanzas de don Juan” en inglés (1968) y su traducción en español (1974), que iniciaron una serie de libros sobre el chamán yaki Juan Matus por el antropólogo peruano Carlos Castaneda y que fueron muy populares.

En las ciencias se extendió el interés por estudiar la experiencia de la manera más certera posible. Esto implicaba administrar las sustancias a voluntarios sanos de forma controlada y obtener sus descripciones verbales, pues no existe forma de conocer lo que acontece en la conciencia de otro. Con frecuencia era necesario esperar a que el efecto terminara para recabar el informe, pues los efectos sobre la mente son tan intensos que el sujeto se encuentra absorto mientras duran. Los informes de las sesiones frecuentemente referían a experiencias inefables, es decir, que no se pueden poner en un lenguaje ordinario. A pesar de esta limitante, fue posible sistematizar modificaciones en la percepción, en especial el incremento en la imaginación visual que da lugar a ilusiones o distorsiones, luego a intrusiones y alucinaciones. Los informes hicieron posible detallar intensos efectos sobre las emociones, el pensamiento y otras funciones mentales. Quedó cada vez más claro que la experiencia alucinante entrañaba un estado ampliado de conciencia que puede alcanzar un éxtasis similar a las experiencias místicas relatadas desde la antigüedad, aunque sin el mérito de su laborioso desarrollo. Fue denominado éxtasis químico (1969) en el libro del psicólogo de la religión Walter H. Clark (1902-1994).

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Tabla huichola hecha con estambre con una representación ritual del peyote (Tomada de: https://www.nierika.com.mx/tienda-huichol/ahc-00008).

Las implicaciones de provocar éxtasis genuinos mediante ciertas sustancias o las plantas que las producen levantó una polémica intensa entre quienes vieron la posibilidad de ampliar la conciencia de forma acelerada y quienes consideraron que los riesgos de provocar alteraciones psicóticas eran demasiado altos para recomendar o permitir su uso indiscriminado y llamaron al efecto “psicotomimético” porque mimetizaba a las psicosis. Si bien, las vívidas alucinaciones visuales provocadas por los alucinógenos no son típicas de las psicosis endógenas del tipo de la esquizofrenia, también aconteció que los sujetos predispuestos o vulnerables desarrollaron cuadros psicóticos con el abuso prolongado de los alucinógenos o en desordenadas sesiones supuestamente terapéuticas.

Al mismo tiempo creció el interés sobre las posibles bases del efecto psicodélico, investigación en la que estuve involucrado. El LSD es un fármaco muy potente, pues la dosis mínima o umbral para sentir sus efectos es del orden de un microgramo (una millonésima de gramo) por kilo de peso. Se requería entonces hallar algún efecto con dosis cercanas a la humana en los animales de experimentación y el neurofisiólogo George Aghajanian encontró que una dosis de 10 microgramos por kilo apaga la actividad de las neuronas que contienen serotonina en el tallo cerebral. Varios investigadores mostramos que el LSD actúa como agonista o émulo de la serotonina sobre sus receptores, por la similitud química entre estas dos moléculas. Poco después se comprobó que la mezcalina y la psilocibina tenían el mismo efecto sobre los receptores de la serotonina y sobre sus neuronas. Si bien la serotonina cerebral participa en la percepción, el sueño o la emoción, lo cual puede estar relacionado con ciertas acciones de estos fármacos, no se conoce cómo el agonismo farmacológico a los receptores de las neuronas serotoninérgicas finalmente resulta en el extraordinario efecto mental.

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Los efectos de LSD (fórmula abajo a la izquierda) sobre el cerebro incluyen a los receptores (arriba a la izquierda), la serotonina (verde) y dopamina (rojo), que a su vez controlan la producción de estos neurotransmisores en el tallo cerebral (abajo al centro). Se considera que estos efectos son, en alguna medida, responsables de las acciones psicotrópicas del LSD y otros alucinógenos, aunque no se conozca exactamente cómo acontece el efecto psicotrópico (Tomada de: http://www.mdpi.com/1422-0067/17/11/1953/htm).

A principios de los años 70 la revista Science, una de las publicaciones más prestigiosas y rigurosas de la ciencia mundial, publicó dos artículos de fondo sobre estados alterados de la conciencia. En uno de ellos, el farmacólogo húngaro-estadounidense Roland Fischer (1915-1997) propuso una cartografía del éxtasis como un continuo con dos extremos, uno psicoestimulante y activador del sistema nervioso autónomo simpático y el otro contemplativo y calmante, con estimulación del parasimpático. Utilizó la nomenclatura que hemos revisado de Walter Hess para llamar al primero “éxtasis ergotrópico”, típico del efecto de los alucinógenos, y al segundo “éxtasis trofotrópico”, propio de la meditación y el samadhi, un modelo relevante al problema mente-cuerpo por asociar dos formas de éxtasis con fundamentos orgánicos del sistema nervioso.

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Modelo o cartografía de los estados de éxtasis de Roland Fisher de 1971. Al centro está la percepción normal o habitual, hacia la izquierda, los estados de estimulación que desembocan en un éxtasis ergotrópico y a la derecha, los estados de meditación y calma que desembocan en el samadhi o éxtasis trofotrópico.

El otro artículo fue publicado en 1972 en Science por Charles C. Tart (nacido en 1937), psicólogo transpersonal de la Universidad de California, quien sugería nada menos que una corrección a la teoría del conocimiento y una ampliación del método científico con el argumento de que existen ciencias y conocimientos propios de estados particulares de conciencia. Argumentaba Tart que un estado acrecentado de conciencia permite una observación y una concepción del mundo distintas a los estados ordinarios de conciencia y por ello requiere de una filosofía de la ciencia que no se aplica en la vigilia habitual. La aventurada oferta no convenció a la comunidad científica y Tart se dedicó más a la parapsicología y las “energías sutiles.”

Un entendimiento de los efectos de estos psicofármacos a diferentes niveles de función cerebral no sólo constituiría el esclarecimiento de su mecanismo de acción, sino que resolvería en alguna medida el problema mente-cuerpo, una idea avanzada por Aldous Huxley en Las Puertas de la Percepción (1954) y por Octavio Paz en su premonitorio artículo Conocimiento, drogas, inspiración de 1960.

Los contenidos de la columna Mente y Cuerpo forman parte del próximo libro del autor. Copyright © (Todos los Derechos Reservados).

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre José Luis Díaz Gómez

José Luis Díaz Gómez
Se graduó de médico cirujano en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1967 con una tesis dirigida por el Prof. Dionisio Nieto quien fue su principal maestro. En esta misma universidad y año emprendió una carrera académica como investigador de tiempo completo que continúa. A principios de los años 70 amplió su entrenamiento como investigador asociado en los Laboratorios de Investigación Psiquiátrica de la Universidad de Harvard y del Hospital General de Massachusetts en Boston, E.U.A a cargo del Prof. Seymour S. Kety. Se ha dedicado a la psicobiología y la neurociencia cognitiva. Sus estudios han incluido la interdisciplinariedad: la neuroquímica, la psicofarmacología, el problema mente-cuerpo, la naturaleza de la conciencia, las emociones y la epistemología. Es investigador titular “C” en el Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina de la Facultad de Medicina de la UNAM. Pertenece a la Academia Mexicana de la Lengua, electo desde el 2013, para ocupar la silla VI.