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La relación conciencia-cerebro

Neurociencia.

José Luis Díaz Gómez


Mente y Cuerpo

Imagen: Synergistx.

sábado 13 de abril de 2019

La inmersión en el cerebro –con el inmenso bagaje de conocimientos sobre su morfología y mecanismos fisiológicos– en busca de la mente, evoca sin merced el meollo más íntimo, central y turbador de un enigma: para resolver el problema mente-cuerpo a este nivel sub-personal sería necesario explicar satisfactoriamente la conciencia subjetiva en términos de las neurociencias. Este Santo Grial de la neurociencia parece columbrarse, pues múltiples evidencias empíricas vinculan a regiones y funciones cerebrales con actividades mentales, y proveen una plataforma de entendimiento y abordaje de la mente y la conciencia cada día más pródiga y certera. A reserva de regresar al enigma, justifico en unos trazos la creencia que –gracias a sus configuraciones bioquímicas, fisiológicas y anatómicas–, el cerebro humano es capaz de generar y albergar contenidos y cualidades mentales.

Los contactos o sinapsis entre las neuronas, sus operaciones electroquímicas y sus códigos bio-eléctricos cifrados en secuencias de potenciales de acción, son los sucesos celulares que utiliza el cerebro para representar y procesar información, es decir, para habilitar las actividades mentales y la conciencia. Aunque no se conoce cómo acontece esta traslación o doble cariz entre materia viva y experiencia mental, existe una robusta evidencia del cimiento neuro-bioquímico de la mente y la conciencia. Se sabe que los procesos sensoriales, emocionales, cognitivos, oníricos o volitivos dependen de sistemas neuronales que producen, utilizan y reconocen diversos neurotransmisores. Por ejemplo, todos los psicofármacos o drogas psicoactivas que modifican la mente y la conducta actúan sobre los eventos bioquímicos de la transmisión sináptica. Parte de esta evidencia permite aseverar que los sistemas de transmisores a base de monoaminas participan en la regulación del ánimo y la emoción, pues su refuerzo cursa con excitación, euforia o estimulación psicomotora, y su disminución con abatimiento, tristeza e inhibición motora. Por otra parte, los engramas de la memoria implican la proliferación y fortalecimiento de contactos sinápticos entre las neuronas involucradas en cada experiencia o en cada aprendizaje.

Esquema de sinapsis.

Esquema de una sinapsis, sitio de contacto entre una neurona que transmite información (en amarillo) a otra que la recibe (en morado) a través de la liberación de neurotransmisores a un espacio entre las dos (en verde). Este es el mecanismo celular de transmición de información que usa el cerebro y posibilita los procesos mentales (Tomado de Wikipedia).

Ahora bien, los procesos conscientes no sólo dependen de una adecuada neurotransmisión, sino de redes y sitios cerebrales operando en profusa correspondencia. Como el cerebro está evolutivamente configurado por áreas o módulos especializados para procesar preferentemente cierta información sensorial, afectiva, cognoscitiva o motriz, durante un proceso o tarea mental, el origen y destino de las conexiones entre módulos determina en alguna medida el contenido de la información. La experiencia consciente se construye en el cerebro en etapas de coherencia progresiva que, finalmente, desembocan en un proceso unitario y global de naturaleza psicofísica o psicofisiológica. Esta trama coherente de enlaces toma la forma de un enjambre o parvada de actividad nerviosa que logra acceso a múltiples sectores del encéfalo. Dicho de otra forma: la asociación concertada y la sincronía nerviosa de redes de neuronas organizadas en sistemas dinámicos a gran escala, son funciones requeridas para los procesos conscientes. Su integración es una función emergente y compleja que unifica la información fragmentaria y distribuida para constituir la unidad y libertad de la conciencia, dos de sus propiedades fenomenológicas más salientes. Diversas investigaciones empíricas han mostrado que la función conjunta y organizada que enlaza diferentes zonas del cerebro a una frecuencia de 40 Hertz, cumple el requisito de disponibilidad global que se precisa para un correlato neurofisiológico de la conciencia. Además, la astronómica complejidad de conexiones del cerebro humano admite billones de estados posibles entre las aproximadamente 1011 neuronas y las 1015 sinapsis, aunque la cantidad por sí sola no explica los contenidos y cualidades de los procesos mentales.

cerebro percibe el dolor.

La neuromatriz del dolor es el conjunto de zonas del cerebro que se enganchan funcionalmente cuando el sujeto siente dolor. A pesar de que se conoce este sistema, aún no se explica cómo se correlaciona con el dolor experimentado (Imagen de Dovepress).

Conexiones cerebrales.

Las conexiones (líneas moradas) entre regiones cerebrales (puntos rojos) determinan el contenido de las actividades mentales. En este esquema se trazan las conexiones que se establecen durante la ejecución de una tarea mental en un tiempo limitado (Tomado de Wikipedia).

Otro dato muy significativo para sopesar el vínculo mente-cerebro se refiere al veloz y notable incremento de la masa encefálica que ocurrió en los últimos 2 millones de años, desde la aparición de los homínidos hasta el Homo sapiens hace unos 200 mil años, aunque el perfil cognitivo y conductual del humano moderno surgió hace apenas unos 60 mil años, a juzgar por las primeras pinturas rupestres e instrumentos musicales. La capacidad cerebral, las habilidades cognitivas y las destrezas conductuales evolucionaron rápidamente mediante la producción, recreación y hábil manejo de hábitats, artefactos y símbolos, en circunstancias sociales de cooperación y competencia, de conflictos y acuerdos. El incremento del lóbulo frontal, el cerebelo y otras áreas críticas indica que el encéfalo fue evolutivamente esculpido para aprender por experiencia y afinar la expresión de tal forma que el usuario se acoplara mejor al territorio, a la biosfera y a la cultura. En suma: los procesos nerviosos que hacen del cerebro un aparato para el control del cuerpo, del comportamiento y del medio requirieron el empalme de una conciencia integrada por múltiples contenidos cognitivos, afectivos y volitivos, así como habilidades técnicas de manufactura, semióticas de simbolización o estéticas de simulación.

Evolución cerebral.

Incremento de la talla del cerebro en diferentes especies de australopithecus y homínidos en los últimos millones de años. La ganancia en tamaño y peso es evidente y culmina con las especies de neandertales y humanos actuales (Tomado de Wikipedia).

A pesar de los magníficos descubrimientos, perdura un enigma recalcitrante y retador en las neurociencias: ¿cómo genera, alberga y manifiesta conciencia el cerebro? Por ahora no es posible comprender la inmensa variedad de procesos conscientes y sus cualidades subjetivas con los mecanismos electroquímicos, moleculares, celulares e intercelulares del cerebro, relativamente parecidos en los diversos sectores de este órgano que parece tan insondable como el propio cosmos. Además, no es lo mismo establecer las redes y procesos neurofisiológicos necesarios para que ocurra un recurso o evento mental consciente, por ejemplo, un dolor, que comprender cómo y por qué un proceso físico precisamente de esas características neurológicas se asocia, acompaña, engendra, sucede o corresponde a la experiencia consciente que llamamos dolor. Sabemos que cuando se experimenta dolor ocurre una dinámica coherente en una neuromatriz de diversas zonas ya definidas del cerebro. Si por parsimonia suponemos que ese dolor o cualquier estado de conciencia se conforma con un evento del cerebro, no vislumbramos como ocurre la consonancia. En suma: aunque todo indica que la conciencia es una propiedad natural y causalmente eficaz del cerebro, sus contenidos y cualidades subjetivas no pueden deducirse directamente de la estructura y la actividad de las redes de neuronas. Lo que se desconoce es lo decisivo y el Santo Grial se desvanece al tocarlo.

Dado que una conciencia inmaterial o descarnada difícilmente podría producir estados funcionales del cerebro que se expresaran en actos de conducta, y tomando en cuenta la creciente evidencia de las neurociencias, se puede afirmar con bastante certeza que el cerebro engendra conciencia por sí mismo y gracias a su interacción con el resto del cuerpo y con el medio ambiente, aunque no sepamos exactamente cómo lo hace. Este trance exige un acomodo teórico y ontológico: si bien la mente consciente y el cerebro funcional aparecen de maneras muy distintas, la primera en la experiencia sintiente y subjetiva de un individuo y el segundo en múltiples procesos objetivos analizados por las neurociencias, es razonable suponer que se trata de hechos complementarios, de dos aspectos o apariencias de un fenómeno unitario de naturaleza psicofísica. Los estados conscientes podrían considerarse duales a ciertos mecanismos nerviosos en un sentido similar a la complementaridad de la física cuántica que, contradiciendo la lógica tradicional, afirma que una entidad subatómica puede comportarse al mismo tiempo como onda y partícula; es onda y partícula a la vez. Un proceso psicofísico es a la vez consciente/mental y cerebral/corporal.

conciencia cerebro

La luz es de naturaleza dual: tiene propiedades de onda (arriba) y de partícula (abajo). Esta dualidad que desafía a la lógica puede ayudar a comprender que un proceso psicofísico tiene propiedades mentales cuando se experimenta una actividad consciente y propiedades cerebrales cuando se analiza mediante procedimientos neurocientíficos (Tomada de Wikipedia).

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre José Luis Díaz Gómez

José Luis Díaz Gómez
Se graduó de médico cirujano en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1967 con una tesis dirigida por el Prof. Dionisio Nieto quien fue su principal maestro. En esta misma universidad y año emprendió una carrera académica como investigador de tiempo completo que continúa. A principios de los años 70 amplió su entrenamiento como investigador asociado en los Laboratorios de Investigación Psiquiátrica de la Universidad de Harvard y del Hospital General de Massachusetts en Boston, E.U.A a cargo del Prof. Seymour S. Kety. Se ha dedicado a la psicobiología y la neurociencia cognitiva. Sus estudios han incluido la interdisciplinariedad: la neuroquímica, la psicofarmacología, el problema mente-cuerpo, la naturaleza de la conciencia, las emociones y la epistemología. Es investigador titular “C” en el Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina de la Facultad de Medicina de la UNAM. Pertenece a la Academia Mexicana de la Lengua, electo desde el 2013, para ocupar la silla VI.