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El yo, la autoconciencia, el animal humano

Super yo

José Luis Díaz Gómez


Mente y Cuerpo

Imagen: www.bibliotecapleyades.net.

sábado 4 de mayo de 2019

Toda persona se considera y se presenta a sí misma como un individuo, un sujeto, un ente o ser único que designa con la palabra “yo”, mientras suele colocar una mano abierta sobre su pecho. ¿Pero, qué es exactamente este “yo”? La pregunta, trillada y desgastada por el tiempo, se ha respondido de diversas formas, muchas veces intrincadas, contradictorias y polémicas. Repasemos algunas opciones. Por un lado, al tiempo que afirma la reencarnación, el budismo niega una esencia personal; por el otro, René Descartes sostuvo que el yo es una entidad subjetiva y pensante que puede dudar de todo, menos de que está dudando, lo cual certifica su existencia. John Locke pensó que la identidad personal es la conciencia de cada quien, en particular su experiencia de continuidad en el tiempo. En una declaración célebre, David Hume dijo encontrar, por medio de la introspección, múltiples actividades en su mente, pero ningún elemento constante, ningún ser fijo, ningún yo. Por el contrario, Edmund Husserl infirió que el ser subjetivo no se puede observar porque, por definición y por necesidad, es el propio observador. Ludwig Wittgenstein afirmó que nada dentro del campo de visión permite la conclusión de que el observador es un ojo, un yo o un ser. Para complicar el dilema, de manera similar pero no sinónima, diversas palabras designan entidades o identidades personales: el yo, el ser, el ego, el ente, el sujeto, el self, el sí mismo o el sentido individual de la hermosa palabra alma. Estos conceptos o sus equivalentes son ubicuos y repetidos, pero resultan abstractos y problemáticos para ser conceptualizados, definidos o explorados.

El caballero con la mano en el pecho

“El caballero con la mano en el pecho”, óleo de El Greco realizado hacia 1580 ilustra apropiadamente el gesto que suele adoptar un hablante cuando se refiere a sí mismo con el pronombre “Yo” (tomado de Wikimedia).

La conciencia humana parece estructurarse por dos ámbitos: uno que corresponde al objeto o contenido (aquello que se percibe, se siente, se piensa, imagina, desea o decide), y otro que observa esos contenidos y se relaciona o identifica con el sujeto. De esta manera pareciera que la conciencia está conformada por ciertos contenidos mentales de evolución constante y por un “yo” o una conciencia que los experimenta. De igual manera, la sintaxis de sujeto y predicado en frases que llevan los pronombres en primera persona, construye un mundo de objetos y un “yo” que los refiere. En ambos casos, el “yo” representa o supone a un observador y agente del proceso mental, una especie de esencia u homúnculo que siente, presiente y observa los contenidos mentales y es capaz de enfocar la atención o realizar acciones voluntarias. Si éste realmente fuera el caso, el agente responsable tendría que estar localizado o mediado en el cerebro, constituyendo un sitio y una función difíciles de demostrar. Algunos filósofos actuales de la mente, como Daniel Dennett, consideran esta noción como una falacia, un “teatro cartesiano” (en referencia al dualismo de René Descartes) asociado con la “falacia del homúnculo”, la idea de que en el cerebro debe existir un ser, un alma, un homúnculo, un algo, o más bien un Alguien, que observa, decide y controla. Algunos neurocientíficos prominentes tambien rechazan a un “yo” de este tipo como una noción innecesaria que obstaculiza el desarrollo de modelos consistentes y el estudio de los fundamentos cerebrales de la mente.

Teatro cartesiano.

Ilustración del ”teatro cartesiano” de Daniel Dennett por Jeniffer García. El yo sería como una persona diminuta sentada en un cine dentro de una cabeza humana, mirando y escuchando todas las experiencias que tiene el ser humano (tomada de Wikimedia).

Una recopilación excepcional de ensayos sobre este perdurable y amplio tema puede encontrarse en The Mind’s I (1981) de Douglas Hofstadter y el propio Dennett. La colección se inicia con la traducción de un breve ensayo de Jorge Luis Borges titulado “Borges y yo” en el que el narrador fluctúa entre dos identidades, el autor de figura pública y alguien de existencia más íntima y transitoria. En su castellano original, termina así:

Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página.

Algunos filósofos actuales consideran que la entidad más segura para definir la identidad personal no es una propiedad mental, sino “el animal humano,” dotado de un cuerpo que, si bien cambia en su apariencia y composición molecular, tiene una historia determinada por la persistencia concreta de un sistema biológico con una vida mental que se desarrolla en el tiempo. Para estas teorías el definir a la persona o a la identidad personal exclusivamente en términos psicológicos es incorrecto, pues las propiedades mentales se adscriben a un cuerpo viviente y sintiente que constituye una unidad en el tiempo. En consecuencia, Fricke asevera que sólo el animal completo corresponde a lo que llamamos persona. Esta posición parece excesivamente biológica, pero tiene el mérito de recordar y destacar la importancia fundamental que tiene el cuerpo físico dotado de vida y sentir como entidad esencial de las personas y que las tradiciones mentalistas e idealistas ignoran, minimizan o desdeñan.

Ojo de la mente.

Portada de la colección de escritos titulada “The Mind’s I” de 1981.
El título es un juego de palabras frecuentemente usado en inglés porque el sustantivo “eye”, que significa “ojo”, se pronuncia igual que el pronombre “I” (Yo). De esta forma el título puede ser leído como “El ojo de la mente” o “El yo de la mente”.

Ahora bien, la identidad temporal del cuerpo, tan necesaria para definir a una persona en el tiempo, tampoco está exenta de dificultades y controversias. Por ejemplo, algunos podrán considerar que son el mismo individuo o la misma persona que en algún pasado fue un embrión o un feto en el útero de su madre, pero otros pueden diferir y mantener que son quienes son a partir de su nacimiento, a partir de sus primeros recuerdos o algún otro momento decisivo de su desarrollo. Algunos más podrán afirmar que alguien en coma o víctima de la demencia ya no es una persona, aunque sin duda haya un cuerpo presente. Si bien no hay consenso en referencia al inicio de la identidad personal, desde el punto de vista orgánico resulta explícito el criterio morfológico derivado de santo Tomás de Aquino en el sentido que una persona se reconoce cuando el feto adquiere rasgos distintivos de humano, hacia la 12a semana de la gestación. A este criterio aplicable a la especie, se podría agregar que cuando los rasgos se diferencian lo suficiente para que el individuo sea identificado por otros, puede considerarse una persona particular. En todo caso, la definición de persona no puede deslindarse de la parte somática del cuerpo.

Los dos Borges.

Los dos Borges de “Borges y yo.”

Una alternativa a las opciones de ignorar, abandonar o considerar al yo como un ser inmaterial, una abstracción, un animal humano, o una vaga instancia personal insertada en el cerebro, es asumir que tal sujeto o agente existe, pero en la forma de un sistema cognitivo dinámico y complejo de auto-reconocimiento, auto-referencia y auto-representación, designado como autoconciencia en la psicología, la filosofía de la mente o las ciencias cognitivas. La autoconciencia vendría a constituir el conjunto de sensaciones, nociones o representaciones mentales que un organismo, un individuo o una persona tiene de sí mismo. El “yo” o el “ser” sería entonces la combinación o superposición de funciones neuropsicológicas o psicosomáticas que brindan a la persona una sensación clara y firme de identidad, unidad y continuidad, y es factible renunciar a un “yo” substancial o trascendente y a un homúnculo virtual situado en el cuerpo, en el cerebro o en la arquitectura de la mente.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

Un comentario

  1. Gracias por su comentario y celebró le interese el tema de la autonciencia al que dedicaré varios meses…

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Sobre José Luis Díaz Gómez

José Luis Díaz Gómez
Se graduó de médico cirujano en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1967 con una tesis dirigida por el Prof. Dionisio Nieto quien fue su principal maestro. En esta misma universidad y año emprendió una carrera académica como investigador de tiempo completo que continúa. A principios de los años 70 amplió su entrenamiento como investigador asociado en los Laboratorios de Investigación Psiquiátrica de la Universidad de Harvard y del Hospital General de Massachusetts en Boston, E.U.A a cargo del Prof. Seymour S. Kety. Se ha dedicado a la psicobiología y la neurociencia cognitiva. Sus estudios han incluido la interdisciplinariedad: la neuroquímica, la psicofarmacología, el problema mente-cuerpo, la naturaleza de la conciencia, las emociones y la epistemología. Es investigador titular “C” en el Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina de la Facultad de Medicina de la UNAM. Pertenece a la Academia Mexicana de la Lengua, electo desde el 2013, para ocupar la silla VI.