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Facultad reflexiva de la mente: precedentes ilustres

Autoconciencia.

José Luis Díaz Gómez


Mente y Cuerpo

Ilustración: Uplift Connect.

sábado 18 de mayo de 2019

Antes de llamarse de esta manera, la autoconciencia tenía una historia prolongada y fascinante. La noción ya estaba vigente en el siglo VII a.C., a juzgar por la célebre consigna γνῶθι σεαυτόν (gnóthi seautón, “conócete a ti mismo”) del Oráculo de Delfos, que se ha derivado y mantenido como característica de la sabiduría: la persona sabia examina su vida con profundidad y se conoce a sí misma. También en Platón se advierte la conciencia de sí, tanto en su concisa definición del pensamiento –“el diálogo del alma consigo misma”–, como en la auto-reflexión que permitiría conocer la divinidad en el interior del sujeto. El médico y filósofo persa Ibn- Sina (Avicena) imaginó en el siglo XI que una persona recién creada, con sus sentidos aún inhabilitados y flotando en el vacío, estaría consciente de sí misma y concluye que el ser pensante y sintiente no depende de otras cosas o experiencias más allá de sí mismo. Al respecto, Santo Tomás se expresa inequívocamente: “Nuestra mente se conoce a sí misma por sí misma en cuanto conoce su propia existencia; en efecto, en cuanto percibe su propia actividad, percibe su propia existencia.” Esta capacidad reflexiva de la mente permite juzgar los pensamientos propios y los propios actos, lo cual constituye la conciencia moral, que retomaremos adelante como una cúspide de la autoconciencia.

Gnothi seautón.

El oráculo de Delfos “Gnothi seautón” (Conócete a ti mismo”) del siglo VII a.C., implica a la facultad de la autoconciencia, cuyo cultivo conduce a la sabiduría (foto editada en photoshop y tomada de Wikimedia).

En su Ensayo sobre el entendimiento humano de 1690, el médico y empirista inglés John Locke consideró a la identidad humana como un hecho psicológico de orden consciente y reflexivo, una tesis que prevaleció hasta el siglo XX:

Cuando vemos, oímos, olemos, gustamos, sentimos, meditamos o deseamos algo, es que sabemos que hacemos cualquiera de esas cosas […] y es precisamente por eso por lo que cada quien es para sí mismo aquello que llama sí mismo […] el tener conciencia siempre acompaña al pensamiento y eso es lo que hace que cada uno sea lo que se llama sí mismo […] en eso consiste la identidad personal.

Poco más adelante agrega que una persona es:

 […] un ser pensante e inteligente que posee razón y reflexión, que se considera a sí misma como sí misma en diferentes tiempos y lugares y que logra esto sólo por su conciencia, que es inseparable del pensamiento.

Nosce te ipsum.

Pintura alegórica del siglo XVII en la que aparece el letrero en latín “Nosce te ipsum” (conócete a ti mismo), ocupada centralmente por un gran pájaro que al examinar su cuerpo descubre un rostro humano en su pecho (tomada de Wikipedia).

En sus Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano de 1765, Leibniz introduce el término de apercepción no sólo como la reflexión e interpretación de las propias percepciones para mejor conocerlas, sino como el estado de la mente cuando conoce lo que en ella acontece. Más tarde Kant propuso que, si bien un animal percibe ciertas características de los objetos que le permiten actuar sobre ellos, el ser humano es capaz de llegar a un conocimiento como “este objeto es rojo” porque mediante la apercepción hace una síntesis entre un dato sensible y un concepto, en este caso un color. Kant distingue explícitamente una apercepción empírica, que permite las representaciones mentales de uno mismo, y la apercepción trascendental, la precondición necesaria de la conciencia. En este último sentido, la fenomenología de Husserl también considera que para representar objetos del mundo e intuir su esencia, la conciencia debe ser constitutivamente consciente, aún antes de ser reflexiva: toda conciencia requiere una forma elemental y tácita de autoconciencia. El iniciador de la psicología experimental, Wilhelm Wundt, destacó a finales el siglo XIX el carácter creativo de la apercepción en el sentido que un contenido psíquico, por ejemplo, la cualidad de ser rojo o tener cierto peso, lleva a una concepción más clara del objeto y deriva en una acción más adecuada.

Apercepción

Ésta es la calavera de Leibniz, el creador del término apercepción para significar la percepción de sí mismo (foto de Georg Alpers Jr., tomada de Wikimedia).

En el campo de la psicología académica, el análisis fundamental de la conciencia de uno mismo se encuentra en el capítulo X de los clásicos Principios de Psicología (1890) de William James dedicado al Self, un término que, como hemos visto, se suele traducir al castellano como el sí mismo, aunque recientemente se suele mantener la voz original del inglés. James lo dividió en varios apartados: 1) El sí mismo material sería el propio cuerpo, la conciencia del cuerpo, de su ambiente y de sus posesiones materiales); 2) el sí mismo social corresponde a lo que cada uno cree que los demás piensan de su persona, en especial los más cercanos, su rol social y su fama, así como los valores o las normas que comparte con quienes vive; 3) el sí mismo espiritual, el ser subjetivo y sus disposiciones, la sensación que cada persona tiene de su propia existencia. Además, James considera la posibilidad de un Ego puro, un centro personal, pero lo deja como cuestión abierta que no se puede descifrar más allá de lo que las personas sienten u observan sobre sí mismas. Se aventura de la siguiente forma:

 …si se trata de procesos fisiológicos más sutiles, o de nada realmente objetivo sino de la subjetividad como tal, o del pensamiento que se convierte ‘en su propio objeto’, son cuestiones que deben permanecer abiertas –como sucede de si se trata de una sustancia anímica indivisible y activa o de la personificación del pronombre ‘yo’, o de cualquier otra especulación de lo que pueda tratarse‒.

William James.

William James, analista del Self, en la década de 1880, en actitud ensimismada (tomada de Wikimedia).

A principios del siglo XX Henri Bergson afirmó la capacidad o la actitud de introspección, de visión interior, como la realidad más inmediata para toda persona humana. La apercepción se relaciona con el percatarse (awareness) de John Dewey que no sólo implica el sentir o percibir algo, que seguramente compartimos con muchos animales, sino, mediante el sufijo (-se) en castellano, se expresa el hecho de que el contenido de la percepción o de todo acto mental, tenga una referencia de retorno sobre sí mismo que permite la toma de decisiones y la acción con sentido. Compartimos con otros animales la capacidad de percibir, detectar objetos en el mundo, pero en el ser humano la percepción puede acompañarse de una noción de sí mismo, más allá del objeto percibido. A partir de James, de Bergson y de Dewey, la conciencia de sí se asemeja a la autoconciencia como una propiedad mental de reflexión, es decir, de observar, conocer y juzgar sobre uno mismo.

En el transcurso del siglo XX varios filósofos, en especial los de la tradición analítica anglosajona, abordaron la autoconciencia como propiedad lingüística de los pronombres en primera persona, en particular la palabra “yo,” alocución fundamental en todos los lenguajes naturales humanos como referencia de quien la pronuncia. Una característica fundamental de las experiencias conscientes es la apariencia de que sean mías, o de quien las tenga. Este sentimiento de posesión es poderoso, pues es difícil o imposible considerar que una experiencia o cualquier acto mental se localice en otro cuerpo o en otra persona que no sea yo mismo o a quien le acontezcan.

Todos estos esfuerzos, y otros que iremos encontrando, son muy valiosos y permiten articular un tratamiento global u holista de la autoconciencia, como veremos a continuación.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre José Luis Díaz Gómez

José Luis Díaz Gómez
Se graduó de médico cirujano en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1967 con una tesis dirigida por el Prof. Dionisio Nieto quien fue su principal maestro. En esta misma universidad y año emprendió una carrera académica como investigador de tiempo completo que continúa. A principios de los años 70 amplió su entrenamiento como investigador asociado en los Laboratorios de Investigación Psiquiátrica de la Universidad de Harvard y del Hospital General de Massachusetts en Boston, E.U.A a cargo del Prof. Seymour S. Kety. Se ha dedicado a la psicobiología y la neurociencia cognitiva. Sus estudios han incluido la interdisciplinariedad: la neuroquímica, la psicofarmacología, el problema mente-cuerpo, la naturaleza de la conciencia, las emociones y la epistemología. Es investigador titular “C” en el Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina de la Facultad de Medicina de la UNAM. Pertenece a la Academia Mexicana de la Lengua, electo desde el 2013, para ocupar la silla VI.