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Ése soy yo: apariencia, fisionomía e imagen corporal

José Luis Díaz Gómez


Mente y Cuerpo

Fotografía: ABC.es.

sábado 6 de julio de 2019

El cuerpo biológico se manifiesta, por un lado, como un objeto tridimensional que se desplaza y opera en el mundo, y por el otro, como un sujeto vivo que siente a su organismo como parte fundamental de la conciencia de sí mismo. En este mismo sentido se puede especificar que el cuerpo humano, además de ser una maravillosa efigie de carne y hueso, es el concepto, la idea o la representación que de ella se forja el propio individuo y que contribuye a la construcción de su identidad personal.

La relación entre el cuerpo objetivo y su representación subjetiva es mutua, sin que esto orille a deducir que se trata de dos entidades sustancialmente diferentes; por el contrario: si no existiera el cuerpo viviente como ente material, espacial y operacional no podría darse una noción, imagen y representación internas e intrínsecas de su forma, su estructura, su movimiento, su lugar y sus posibles acciones en el nicho ambiental. No sólo el cuerpo está representado en la mente, sino que la conciencia necesita de un cuerpo biológico para surgir y expresarse. En un análisis más penetrante ha resultado verosímil suponer que toda experiencia consciente requiere de una referencia corporal implícita pues, aunque los sujetos no tengan en todo momento a su cuerpo en mente, la corporalidad subyace a la mentalidad y es requisito para la conciencia. De esta manera, en la integración de la autoconciencia corporal intervienen no sólo percepciones conscientes, sino también múltiples mecanismos fisiológicos que, sin llegar a hacerse conscientes, actúan continuamente durante la vigilia para el adecuado funcionamiento del sujeto. Se ha denominado prereflexiva a esta forma mínima o básica de autoconciencia y se plantea que constituye un rasgo constante y subyacente de la cognición que corresponde a un self o sujeto más fundamental.

Hombre saltando.

El cuerpo humano es objetivo y subjetivo a la vez. Es un objeto material en el mundo y el sujeto lo siente como parte fundamental de su conciencia de sí (imagen tomada de https://www.freepik.es/fotos-premium/fondo-hombre-feliz-libertad-salto-oceano-mar-scape_4437880.html).

Hemos analizado en capítulos previos que en los seres vivos dotados de cerebro la integración de la información proveniente de los órganos de los sentidos es ingrediente necesario para construir una representación coherente del propio cuerpo y su medio circundante. En la neurociencia actual se considera que la conciencia corporal se basa en la integración de señales provenientes de los sentidos propioceptivos e interoceptivos del interior del propio cuerpo, acoplados a la visión, cuando el sujeto mira su propio cuerpo sea directamente o a través de un espejo, y al tacto que proporciona información de las partes del cuerpo; sin olvidar el sentido vestibular del equilibrio que continuamente sondea la situación del cuerpo en referencia a la gravedad. Esta integración de sentidos se coteja con la representación del cuerpo que el sujeto ha construido por experiencia y desemboca en el carácter unitario o global de la autoconciencia corporal: el cuerpo se experimenta como entero, completo, singular y unitario, no como una colección de partes separadas.

Pasemos ahora a otro aspecto de esta corporalidad: el que se refiere a la forma, la estructura y la expresión. El cuerpo de los seres vivos tiene una forma tipo para cada especie y una forma particular para cada ejemplar o individuo de esa especie. El cuerpo de toda criatura viviente es una maravillosa construcción orgánica, consecuencia de un proceso evolutivo de prolongada trayectoria y del desarrollo de cada individuo desde la etapa fetal hasta la forma adulta y la vejez. Como resultado de su dotación genética y su crecimiento, cada individuo adquiere una morfología particular que conserva rasgos reconocibles a través de los cambios temporales. Esta singularidad, que combina figura, fisionomía, actitud y expresión corporales, es uno de los fundamentos de la autoconciencia y de la identidad personal. Es la misma particularidad que persuade a una persona a afirmar “yo soy ésa” al mirarse en el espejo o en una foto y a su ratificación por quienes la conocen: “tú eres ésa.”

Gemelos.

La singularidad individual ocurre incluso en el caso de gemelos idénticos en los que es posible reconocer los rasgos distintivos de cada uno. Es una de las condiciones de la identidad personal y la autoconciencia corporal (imagen tomada de https://www.pexels.com/es-es/foto/316840/).

Los rasgos del rostro, la figura del cuerpo y las pautas de postura y movimiento son elementos relevantes para la formación de vínculos afectivos y para la selección de parejas sexuales, afectivas y parentales. Esto en buena medida se debe a que los rasgos individuales conllevan y acarrean información estética en referencia a parámetros biológicos, estándares históricos y estereotipos culturales. Los sujetos adquieren y desarrollan una valoración privada y supuesta de su fisonomía, su figura y su apariencia y su proyección social. Estas capacidades cognitivas y afectivas habilitan una función cognitiva compleja y de alto nivel de integración conocida como “imagen corporal”. Se trata de una representación del propio cuerpo, de su forma completa y múltiples detalles de sus partes, a veces en escalas milimétricas. En la integración de la imagen corporal hay una parte perceptual que se refiere a la precisión con la que se percibe el tamaño, el peso y la forma del propio cuerpo y sus partes, una parte afectiva y cognitiva de los pensamientos, juicios, emociones o actitudes que el sujeto alberga sobre su cuerpo, una parte conductual sobre los actos y acciones derivados de esa valoración y una parte proyectiva en referencia a como siente y cree que los demás lo perciben.

Desde hace décadas el aspecto más analizado y subrayado de imagen corporal concierne a esta última acepción, en particular a cómo la persona percibe, considera y valora su aspecto estético, a los sentimientos que experimenta al respecto y la apariencia que cree y quiere proyectar a los demás. La naturaleza atributiva y proyectiva de esta función es patente en especial porque los esfuerzos invertidos en modular la propia apariencia y comportamiento se ven modulados (reforzados o inhibidos) por las respuestas reales o supuestas de los demás. Un factor muy relevante en la valoración de la imagen corporal implica al deseo y la atracción sexual, lo cual puede explicar su complejidad e importancia tanto en términos biológicos como sociales.

Siluetas.

Las figuras humanas que suelen aparecer en medios de difusión contribuyen a crear un modelo de cuerpo contra el que los individuos comparan su imagen corporal y deriva en satisfacción o insatisfacción con el propio cuerpo.

La atribución que hace el sujeto en referencia a su propio cuerpo como un objeto estético suele calificarse de dos formas: la imagen corporal es positiva, cuando la valoración es satisfactoria, de agrado o conformidad, y negativa cuando el sujeto considera su aspecto insatisfactorio, desagradable o inadecuado. Esta valoración puede y suele ser diferente de la que los demás tienen o expresan al sujeto sobre cómo perciben su apariencia, fisonomía y comportamiento. Una imagen corporal positiva usualmente se relaciona a confianza y seguridad, en tanto que una imagen negativa se correlaciona con una deficiente autoestima, con inseguridad, depresión, ansiedad y trastornos alimentarios, muchas veces relacionados al peso corporal. Los niveles altos de insatisfacción con el propio cuerpo implican sesgos del juicio y de la memoria, por ejemplo, para evaluar si uno mismo u otras personas están gordas o flacas, lo cual muestra que en la construcción de la imagen corporal intervienen factores cognitivos. Una imagen corporal en extremo negativa es síntoma de algunos padecimientos psiquiátricos como la anorexia nerviosa, la bulimia y el trastorno dismórfico corporal o dismorfofobia, la preocupación obsesiva por un supuesto defecto físico que los demás no perciben o juzgan como menor.

La imagen corporal tiene una dimensión social e intersubjetiva a la que volveremos con frecuencia, en particular en el capítulo sobre la alteridad o la autoconciencia en términos sociales.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre José Luis Díaz Gómez

José Luis Díaz Gómez
Se graduó de médico cirujano en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1967 con una tesis dirigida por el Prof. Dionisio Nieto quien fue su principal maestro. En esta misma universidad y año emprendió una carrera académica como investigador de tiempo completo que continúa. A principios de los años 70 amplió su entrenamiento como investigador asociado en los Laboratorios de Investigación Psiquiátrica de la Universidad de Harvard y del Hospital General de Massachusetts en Boston, E.U.A a cargo del Prof. Seymour S. Kety. Se ha dedicado a la psicobiología y la neurociencia cognitiva. Sus estudios han incluido la interdisciplinariedad: la neuroquímica, la psicofarmacología, el problema mente-cuerpo, la naturaleza de la conciencia, las emociones y la epistemología. Es investigador titular “C” en el Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina de la Facultad de Medicina de la UNAM. Pertenece a la Academia Mexicana de la Lengua, electo desde el 2013, para ocupar la silla VI.