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Un individuo ante el espejo ¿a quién ve?, ¿cómo sabe?

Reconocerse en el espejo.

José Luis Díaz Gómez


Mente y Cuerpo

Ilustración: @helena.perezgarcia.

sábado 20 de julio de 2019

El ser humano tiene una fascinación ancestral con las superficies reflejantes, en especial con los espejos. Deben concurrir muchas razones para explicar el aliciente del reflejo especular y una muy ostensible es que el rostro es un elemento clave de la identidad personal y su reflexión es la faz que los sujetos suponen presentar a los demás.

Pero suceden muchas cosas al verse en el espejo. El sujeto se reconoce allí porque sus rasgos faciales individuales están conservados en su memoria y se escudriña porque esos rasgos se actualizan cada vez que se contemplan. El filósofo existencialista Maurice Merleau-Ponty describió al espejo como un objeto que permite al sujeto humano percibir sus rasgos faciales y corporales de manera diferente a como los percibe directamente. Ante el espejo el sujeto se vuelve espectador de su propia imagen en un sentido más similar a como los otros lo ven: la imagen en el espejo es un doble, pero desde un punto de vista ajeno.

Mano con esfera reflejante.

“Mano con esfera reflejante” de M.C. Escher (1935) representa con precisión milimétrica al doble del pintor reflejado en la esfera que sostiene con su mano izquierda.

Me atrevo a sostener que los espejos fascinan a los humanos porque los reflejan, porque la reflexión es una propiedad muy propia de la autoconciencia y porque se supone que el espejo refleja la verdad, como debiera hacerlo la conciencia de uno mismo. De allí también su condición angustiosa. Borges la pone de esta manera:

Dios ha creado las noches que se arman
de sueños y las formas del espejo
para que el hombre sienta que es reflejo
y vanidad. Por eso nos alarman.

Formulo una pregunta más básica: cuando me veo en el espejo ¿cómo sé que soy yo? No sólo interviene la memoria renovada de mi rostro, sino los gestos que asumo como propios, las sensaciones que percibo al hacerlos y, en especial, la inquietante coreografía que realiza mi imagen en perfecta sincronía con mis movimientos: la imagen en el espejo se toca la frente precisamente cuando yo me la toco. La falta de concordancia ante el espejo es un motivo recurrente de la comedia cinematográfica, llevada al absurdo total por Groucho Marx en una escena desternillante de Sopa de ganso (1937).

Sopa de ganso.

En Sopa de ganso (1937 ) Groucho Marx tantea repetidamente ante el espejo si su imagen repite sus movimientos para probar si es él mismo. Las fallas en la sincronía son hilarantes porque impugnan la autoconciencia y la identidad personal (Ver la secuencia en https://www.youtube.com/watch?v=O_fmUYyWSyE).

La sincronización perfecta del sujeto con su imagen debe constituir una pieza clave para el auto-reconocimiento y fue utilizada experimentalmente de manera muy ingeniosa por Gordon Gallup en 1970, para averiguar si los animales tienen autoconciencia. Los investigadores del comportamiento animal ya habían observado que los chimpancés, como otras especies de mamíferos, reaccionaban inicialmente ante el espejo con agresión hacia su imagen, para luego habituarse a ella. Pero a diferencia de otras especies, los chimpancés solían desarrollar conductas de curiosidad y gestos ante el espejo que sugerían la posibilidad de auto-reconocimiento, aunque esto era difícil de probar. A Gallup se le ocurrió marcar sus frentes con una mancha roja inodora y registrar sus conductas frente a un espejo con la propuesta de que, si el animal toca su frente al mirarse en el espejo, se reconoce a sí mismo o al menos reconoce su cuerpo ante el espejo. Durante décadas se ha analizado esta “prueba de la marca”, y en la actualidad se conoce que varias especies la pasan, tales como los chimpancés, orangutanes, delfines, elefantes y, sorprendentemente, las urracas, con lo cual se supone que poseen la suficiente conciencia corporal como para reconocerse.

Ahora bien, hay gran variabilidad individual de tal manera que más de la mitad de los chimpancés en cautiverio no la pasan. Además, la prueba no necesariamente revela una capacidad innata, sino que ha sido posible inducir el comportamiento de tocar la marca en monos rhesus, que no la pasan de manera espontánea, después de ser entrenados en tareas de asociación visual y propioceptiva en imágenes vistas en un espejo. Esto implica que el reconocimiento del propio cuerpo podría estar presente en otras especies si tienen el entrenamiento con estímulos reflejados en el espejo y que, como lo argumenta Frans de Waal, la autoconciencia corporal se desarrolla en pasos paulatinos durante la evolución de las especies.

Reflejo de chimpancé.

Un chimpancé juvenil juega con su reflejo en el agua. Se sabe que muchos simios conectan con su propia imagen ante el espejo y Frans de Waal propone que la autoconciencia corporal se desarrolla paulatinamente durante la evolución biológica (Fotografía de F. B. M. de Waal: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1183568/figure/fig1/).

Es posible que la capacidad de usar con éxito un espejo para lograr ciertos fines sea distinta de otra más avanzada o compleja: el reconocimiento del propio cuerpo. Tampoco está del todo claro si fallar la prueba de la marca indica que el animal carece de auto-reconocimiento o bien que la prueba no es plenamente confiable para revelar esta capacidad. Es razonable suponer que la prueba de la marca indica una capacidad de representar el propio cuerpo o su apariencia, pero no necesariamente otras facultades de la autoconciencia, como la identidad personal, la agencia o la introspección.

En los seres humanos el origen del auto-reconocimiento corporal también se ha estudiado examinando la respuesta que muestran los infantes a su reflejo en el espejo. En la década de los años 30, el psicólogo francés Henri Wallon observó que entre los 6 meses y los 2 años el infante humano desarrolla una fascinación con su reflejo en el espejo y que suele requerir la validación de los padres para asegurar que el reflejo es él mismo. Ya a los 3 meses los infantes actúan diferente ante su propia imagen y ante la de otros. La edad en la que el infante se reconoce en una imagen fija, como una foto, es difícil de establecer y también lo son los correlatos cognitivos de auto-reconocimiento. Como era de esperarse, la prueba de la marca de Gallup también fue estudiada en infantes humanos para establecer cuándo son capaces de usar su imagen reflejada para responder a una marca en la cabeza que no puedan ver directamente. La respuesta a la marca empieza a aparecer hacia los 15 meses y se presenta claramente en la gran mayoría de los críos a los 24 meses.

Infante en el espejo.

Los infantes humanos entre 18 y 24 meses se muestran fascinados por su imagen en el espejo, probablemente como una fase en el desarrollo del auto-reconocimiento corporal. (Fuente: https://c.pxhere.com/photos/f5/39/child_boy_mirror_reflection_cognition-709797.jpg!d).

Más allá de las observaciones y los experimentos de auto-reconocimiento ante el espejo, se debe añadir que el reflejo especular es inquietante en varios sentidos expresados de maneras diversas en mitos, cuentos de hadas y en la literatura universal. Verse en un espejo o escuchar la propia voz en una grabación o ver una película de uno mismo produce, sobre todo en las primeras experiencias, una reacción de sorpresa, de atención dirigida y muchas veces de confusión o incluso de incredulidad. Esto sucede porque ocurre una discrepancia entre la imagen corporal subjetiva y la imagen visual registrada y reproducida por un aparato.

Un elemento peculiar de la imagen arrojada por el espejo es que está invertida de derecha a izquierda. El otro yo que se ve en el espejo es un enantiomorfo, es decir, está invertido en su eje vertical, y cuesta trabajo decidir en la imagen del espejo cuál es la mano izquierda y cuál la derecha, en especial las de los otros. Borges lo versifica así:

Todo acontece y nada se recuerda
en esos gabinetes cristalinos
donde, como fantásticos rabinos,
leemos los libros de derecha a izquierda.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre José Luis Díaz Gómez

José Luis Díaz Gómez
Se graduó de médico cirujano en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1967 con una tesis dirigida por el Prof. Dionisio Nieto quien fue su principal maestro. En esta misma universidad y año emprendió una carrera académica como investigador de tiempo completo que continúa. A principios de los años 70 amplió su entrenamiento como investigador asociado en los Laboratorios de Investigación Psiquiátrica de la Universidad de Harvard y del Hospital General de Massachusetts en Boston, E.U.A a cargo del Prof. Seymour S. Kety. Se ha dedicado a la psicobiología y la neurociencia cognitiva. Sus estudios han incluido la interdisciplinariedad: la neuroquímica, la psicofarmacología, el problema mente-cuerpo, la naturaleza de la conciencia, las emociones y la epistemología. Es investigador titular “C” en el Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina de la Facultad de Medicina de la UNAM. Pertenece a la Academia Mexicana de la Lengua, electo desde el 2013, para ocupar la silla VI.