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Brasil en la encrucijada

elecciones

José R. Castelazo


Visión de Estado


viernes 5 de octubre de 2018

La vida es el arte del encuentro,

aunque haya tanto desencuentro por la vida.

Vinicius de Moraes.

Lo acabamos de experimentar en nuestro país: toda elección plantea un conflicto de ideas y de intereses en torno a y desde el poder. Los resultados pueden ahondarlo o superarlo. Al igual que en la física, por ser consustancial al cambio constante, el conflicto no desaparece, tan sólo se transforma.

Corresponde el turno a Brasil. El domingo 7 de octubre su democracia y madurez política enfrentarán una prueba, mediante la celebración de elecciones generales, de las que surgirá el próximo presidente constitucional, bien sea en la primera o en la segunda ronda.

En la vuelta inicial se elegirán, además, dos tercios de los ochenta y un senadores; quinientos trece diputados federales y veintisiete gobernadores, incluido el de la capital (los comicios estatales también podrían resolverse en dos jornadas). Asimismo, en la primera etapa, se eligen las autoridades de cinco mil quinientos sesenta y cuatro municipios: ¡todo un movimiento colosal!

Este calificativo no es exagerado. Los brasileños están obligados a votar desde los dieciséis años de edad sin discriminación alguna; son 147.3 millones (70.3% de la población total), distribuidos en un territorio de 8.5 millones de km2. El 75% de los electores se asienta en las ciudades costeras del Atlántico Sur.

Como consecuencia de la colonización portuguesa y las incursiones holandesa, francesa e inglesa de los siglos XVII y XVIII, y las más recientes inmigraciones alemanas y de Europa oriental, la población blanca es mayoritaria (55%); los afrodescendientes, cuyos orígenes se hallan en el Congo, Angola y Mozambique, constituyen el 11%; los mulatos, de ascendencia europea y africana, el 22%, y los mestizos, europeo con indígena, el 12%. Los aborígenes constituyen el 0,1% de la población. Esta diversidad propicia una coexistencia que obliga a una permanente concertación y consenso.

Lo anterior explica la existencia de treinta partidos políticos. Para esta elección, deciden acoplarse en trece coaliciones en un espectro político amplio que va desde la ultraderecha hasta la ultraizquierda.

El ultraderechista Jair Bolsonaro, de la coalición “Brasil sobre todo y Dios por encima de todos”, conformada por los partidos Social Liberal y el Renovador Laborista Brasileño, cuenta hasta ahora con 32% de la intención de voto.

En la izquierda moderada se sitúa Fernando Haddad, propuesto como candidato del Partido de los Trabajadores (PT) por Luiz Inácio Lula da Silva, quien permanece en prisión, impedido de participar por la Ley Complementaria 135, conocida como “ficha limpia”, impulsada hace unos años por él mismo. Haddad tiene el 21% de las preferencias electorales.

Estos dos candidatos seguramente contenderán en la segunda vuelta. Se advierte difícil que cualquiera de ellos alcance más del 50% de los sufragios el domingo próximo. Sería hasta el 28 de octubre cuando se conozca la decisión definitiva de los votantes.

La elección brasileña es importante para el mundo y sobre todo para América Latina. Brasil es la octava economía mundial y se proyecta como la cuarta para 2050. Su potencial económico destaca por la producción industrial, minera, agrícola, ganadera; por su mercado interno; por una balanza comercial favorable de 50 mil millones de dólares, entre otras variables. Sin embargo, la desigualdad socioeconómica es la tercera más alta del continente. La pobreza extrema afecta a casi quince millones de personas, 7.2%, proporción similar a la de México que es de 7.4% (Banco Mundial 2018).

La nación sudamericana ejerce una influencia regional actualmente acotada por su política interna convulsa y la que viven sus vecinos. Recobrar la estabilidad en el Cono Sur exige esperar a que la Argentina esté en condiciones de equilibrar su dañada economía; que el caso venezolano se resuelva; que el Perú sobreponga sus enfrentamientos políticos y Colombia controle la violencia y el narcotráfico. La resolución es compleja: llevará tiempo. Un primer paso sería que Brasil remontase su actual crisis al acreditar la legitimidad de su proceso democrático.

Esta elección es la coyuntura para dar respuesta a las expectativas de una clase media amplia que ha escogido radicalizarse predominantemente a través de las redes sociales y de los trabajadores que frecuentemente se manifiestan en la calle.

El narcotráfico, que interfiere en las favelas, singularmente en las de Río de Janeiro y Sao Paulo, ha logrado definir candidatos. Se estima que podría orientar dos millones de votos posibles (1.4%).

Debemos considerar el ascendiente de las organizaciones religiosas en los comicios. Los evangélicos representan el 31% del electorado, del cual 40% apoya a Bolsonaro y 15% a Haddad; los católicos, con 55% del padrón, están divididos por igual entre los candidatos preponderantes.

Al revisar los antecedentes de estos dos aspirantes, si triunfa Bolsonaro, el populismo, la xenofobia, la misoginia y el militarismo tendrán un aliado más en el mundo y se perfilará una tendencia en el continente americano, sumada a la de Trump. Si gana Haddad, intelectual respetado, exalcalde de Sao Paulo y exministro de Educación, se esperaría un mayor equilibrio interno con efectos regionales, al retomar la ruta del socialismo democrático, a condición de controlar los graves desvíos éticos y financieros que han desprestigiado al PT y por ende al propio candidato. La corrupción ha mermado la confianza del pueblo y deteriorado la imagen del país ante la comunidad internacional. Brasil se sitúa en el sitio 96 entre 182 países en el ranking de percepción de la corrupción (Transparencia Internacional 2018).

El proceso se ha polarizado al grado de entrar a las descalificaciones mutuas, carentes de argumentos sólidos. Se convoca a la emoción en lugar de a la razón. No se contempla una tercera vía. Otras fórmulas se encuentran lejanas en los análisis más rigurosos y en las encuestas.

Las elecciones no son una panacea. Son resultado de un largo proceso de creatividad colectiva que dota de espacio, tiempo y circunstancia a la convivencia social. Hago votos por que, en el ejercicio de su autodeterminación, el pueblo brasileño se pronuncie por la mejor decisión.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre José R. Castelazo

José R. Castelazo
Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública, UNAM; Maestro en Gobierno, Universidad de Manchester; Diplomado en Liderazgo para el Cambio, Universidad de Harvard; Doctor en Derecho, UNAM. Profesor universitario en instituciones nacionales e internacionales. Articulista en publicaciones especializadas. Autor de trece libros, y coautor de cuatro más, entre los que están: “Administración Pública: Una visión de Estado”; “La Administración Pública en los Informes Presidenciales”; “Moving beyond the crisis: reclaiming and reaffirming our common administrative space”; “Democratic Governance, Public Administration and Poverty Alleviation”; “La Empresa Pública en México y América Latina: entre el Mercado y el Estado” y "Ejes Constitucionales de la Administración Pública en México”. Director General en áreas administrativas del Gobierno Federal. Delegado Político en Iztacalco, Diputado Federal, Embajador de México en Costa Rica. Presidente de organizaciones profesionales, la más reciente del Instituto Nacional de Administración Pública de México. Vicepresidente para América Latina del Instituto Internacional de Ciencias Administrativas; Miembro de la Junta Directiva de la Asociación Internacional de Escuelas e Institutos de Administración Pública; Fundador y Coordinador del Grupo Latinoamericano por la Administración Pública. Sucesivamente fue: Integrante, Vicepresidente y Presidente del Comité de Expertos en Administración Pública de la ONU. Actualmente preside la Consultoría “Sociedad y Gobierno”.