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La soledad en el poder

régimen presidencial mexicano

José R. Castelazo


Visión de Estado


viernes 30 de noviembre de 2018

El poder puede hacer demandas a la voluntad,

la puede obligar a absorber riesgos e inseguridades,

incluso la puede llevar a la tentación y dejarla frustrada.

Niklas Luhmann.

En la Presidencia de la República Mexicana la institución y el hombre se unen debido a un conjunto de atributos. El máximo órgano garante del interés público y su representante poseen autoridad e influencia; el personaje las ejerce y les imprime las fortalezas o las debilidades que le caracterizan; los límites institucionales son establecidos por la ley y por otros poderes públicos, por la propia sociedad y, sin duda, por la conciencia ética y la responsabilidad que asume el titular del Ejecutivo Federal.

Se trata de un intercambio: el electorado deposita su confianza plena en el mandatario y en correspondencia espera el cumplimiento de la ley y el compromiso de garantizar los fines del Estado: la paz y seguridad, la estabilidad política y económica, el bienestar integral y el desarrollo sostenible.

El Presidente de México recibe un gran poder constitucionalmente establecido. Para cualquier politólogo resulta complicado comprender y explicar el porqué de esta situación al tratarse de un sistema democrático. ¿Por qué le otorgamos tanto poder a un solo individuo?

La respuesta se encuentra en nuestro desarrollo histórico. De hecho, el siglo XIX se entiende si tan sólo revisamos las biografías de Santa Anna, Juárez y Díaz, tres hombres concentradores de poder en circunstancias turbulentas que demandaron gobiernos fuertes.

Después de la Revolución Mexicana, pero no en forma inmediata, la solución contra el poder omnímodo y proclive a permanecer, fue institucionalizar la Presidencia, ciñéndola a elecciones libres y periódicas. Así ha sido desde 1934. Es una regla de oro. Si se intenta ir más allá del término del mandato el riesgo de la inestabilidad política y sus consecuencias sería catastrófico.

En el contexto actual se presenta una transición que, por una parte, revela la disolvencia de un liderazgo desgastado por el propio ejercicio del gobierno y por determinaciones insensibles o intervenciones a destiempo; por la otra, el surgimiento de uno nuevo que ofrece múltiples esperanzas de cambios sustantivos.

Un manual de administración pública eficaz, eficiente, transparente y confiable, señala que las decisiones deben atender un protocolo comprobado por diversas organizaciones en todo el mundo: identificar las necesidades y las demandas; diagnosticar puntualmente los problemas; establecer un plan y sus programas para atenderlo; proveer los recursos necesarios y oportunos; generar las capacidades para llevarlo a cabo; desarrollar o adquirir la tecnología; establecer las prioridades; tomar las decisiones; distribuir las responsabilidades y vigilar su desempeño; fijar los plazos; seguir de cerca y oportunamente los procesos; evaluar los resultados, particularmente aquellos que involucren a la sociedad al calificar su beneficio.

Sin embargo, el ejercicio del poder presidencial no está exento de halagos, tentaciones y pasiones. El gobernante podría ser víctima de la soberbia y de la ambición, como a muchos les ha acontecido. El personero podría sentirse capaz de eludir los caminos del Derecho, de omitir pasos o de buscar atajos para la consecución de sus decisiones, sin someterse a la racionalidad que implica decidir por los demás. Es indispensable contemplar que está rodeado por colaboradores, quienes al ejercer un poder delegado, pudiesen buscar objetivos ajenos al interés público. En consecuencia, el Presidente de México y los funcionarios por él designados, deben ser escrupulosos en el mandato jurídico y político al considerar que, no obstante compartir el poder, el Primer Mandatario, al final, sería el responsable único de los actos de su gobierno.

La presidencia trae consigo una grave carga. Su titular está sujeto a efectuar una permanente reflexión interna para la toma de decisiones fundamentales vinculadas y vinculantes con el futuro de la Nación. Es una disciplina muy severa a la que se somete en el propósito de evitar yerros, descuidos u omisiones, y en cambio propiciar logros y beneficios tangibles para la población, sin caer en acciones que pudieran inhibir el alcance de los objetivos nacionales.

Me pregunto: ¿por qué la soledad en el poder?

El Presidente saliente está comprometido a un retiro digno, objetivamente fuera del poder y de la influencia que pudiera tener en el espacio público. Su nueva condición exige de cierto aislamiento de la vida pública. Más pronto que tarde sentirá el abandono de la política, situación que puede compensar si fuese capaz de propiciar un equilibrio entre lo personal, lo privado y su carácter de ciudadano común.

Por lo que respecta al Presidente entrante, el formidable cometido que mañana asume le obliga a reconocer las limitaciones institucionales y personales que tiene como cualquier ser humano. Ello le implica construir un ámbito de soledad, idóneo para la introspección, que le permita tomar decisiones en efecto trascendentes, que confirmen sus ideales y se abran las posibilidades de cambio que tiene en sus manos.

Es cierto. El poder presidencial en México en gran parte se ejerce en soledad.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

2 comentarios

  1. Tienes toda la razón. Lo mismo sucede con la gran mayoría de las instituciones tanto públicas como privadas. Al momento de las decisiones uno escucha sugerencias y opiniones, pero el que decide es uno. Sin embargo, cuando lo hace el presidente afecta a todo un país y sus ciudadanos, y en ocasiones a varios países del mundo.

    Saludos

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Sobre José R. Castelazo

José R. Castelazo
Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública, UNAM; Maestro en Gobierno, Universidad de Manchester; Diplomado en Liderazgo para el Cambio, Universidad de Harvard; Doctor en Derecho, UNAM. Profesor universitario en instituciones nacionales e internacionales. Articulista en publicaciones especializadas. Autor de trece libros, y coautor de cuatro más, entre los que están: “Administración Pública: Una visión de Estado”; “La Administración Pública en los Informes Presidenciales”; “Moving beyond the crisis: reclaiming and reaffirming our common administrative space”; “Democratic Governance, Public Administration and Poverty Alleviation”; “La Empresa Pública en México y América Latina: entre el Mercado y el Estado” y "Ejes Constitucionales de la Administración Pública en México”. Director General en áreas administrativas del Gobierno Federal. Delegado Político en Iztacalco, Diputado Federal, Embajador de México en Costa Rica. Presidente de organizaciones profesionales, la más reciente del Instituto Nacional de Administración Pública de México. Vicepresidente para América Latina del Instituto Internacional de Ciencias Administrativas; Miembro de la Junta Directiva de la Asociación Internacional de Escuelas e Institutos de Administración Pública; Fundador y Coordinador del Grupo Latinoamericano por la Administración Pública. Sucesivamente fue: Integrante, Vicepresidente y Presidente del Comité de Expertos en Administración Pública de la ONU. Actualmente preside la Consultoría “Sociedad y Gobierno”.