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Sorpresas en la Ciudad de México

Facultad de Filosofía y Letras

Manuel Ramiro Hernández


Visión Integral


miércoles 18 de octubre de 2017

El pasado viernes trece asistí a una reunión en la Facultad de Medicina en Ciudad Universitaria, al llegar como siempre miré la antigua Biblioteca Central, con la añoranza que acude sobre tantas mañanas pasadas leyendo en su salón central luminoso y radiante. No parecen existir muchos daños en las construcciones de la universidad y el trajín de gente y vehículos parece ser el de siempre. Después de ver la Biblioteca, me topé con la Facultad de Filosofía y Letras con su pasillo de acceso lleno de los más diversos comercios ambulantes, obscuro y sucio. Siguiendo mi curiosidad me asomé a ver el Auditorio y me percaté que continúa tomado por grupos diversos, en las paredes exteriores los murales o espacios originales han sido substituidos por pinturas que no parecen ser “naif”, aunque pudieran serlo, ni grafitis, aunque también puede que sea la intención, todas éstas son simplemente muy feas.

Después del movimiento universitario de 1999, que entre otras cosas acabó con el rectorado de Barnés, quedaron muchas secuelas, una de ellas es la invasión por diversos grupos. Me parece a mí que estos individuos se han ido cambiando de espacios, no sólo del Auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras, sino de muchas de sus instalaciones. El Auditorio Justo Sierra fue inaugurado en 1962 siendo Rector el Dr. Ignacio Chávez, cuando estaba de Presidente de la República Adolfo López Mateos y como Secretario de Educación Pública Jaime Torres Bodet. Rápidamente se convirtió en un centro de reunión, de referencia no sólo de las áreas de la filosofía, la literatura y las letras, sino de toda la Universidad. Allí se instaló la Orquesta Sinfónica de la Universidad y era su sede. Tocaba los viernes por la noche y son inolvidables los conciertos que dirigieron primero Icilio Bredo y luego Eduardo Mata, luego cambió de nombre al actual (Orquesta Filarmónica de la Universidad), y se mudó cuando fue inaugurado el Centro Cultural Universitario y la sala Nezahualcóyotl se convirtió en su sede y principal sala de conciertos.

Che Guevara

Por cierto, durante los domingos la Orquesta tocaba en el Teatro Hidalgo en el Centro de la Ciudad de México. Ahí se llevaron a cabo actos importantísimos, desde luego yo no cuento con la bitácora, pero recuerdo haber escuchado, entre otros, a Octavio Paz en pláticas memorables, y como ocasionalmente funcionaba como Cine Club, ahí vi por primera vez “La Sombra del Caudillo”, cuando era una película muy prohibida por la censura.

Ahora el auditorio ha sido invadido, le intentan cambiar el nombre, sin justipreciar la figura de Justo Sierra como educador y administrador de la educación, cambiándolo por el de un hombre revolucionario, pero muy poco preocupado por la educación, las letras o la filosofía.

Lo que más me llama la atención es que estos grupos han ido cambiando de discurso, aunque más bien de pancartas, porque nunca se expresan; han sido del EZLN, y de las FARC y cuando estas agrupaciones han ido desapareciendo o disminuyendo en su relevancia, se han quedado sin letreros. No tienen una propuesta educativa, ni social, ni política diferente, con la que se puede o no estar de acuerdo, pero de la que siempre se podría discutir, pero no, sólo son okupas de un espacio fundamental por su significado por su historia. Ahí se desarrollan las más variopintas actividades sin tener que ver con la filosofía, cualquiera que fuera la corriente filosófica, ni las letras, ni la literatura cualquiera que fuera la propuesta.

Los miembros que ocupan el Auditorio Justo Sierra están además desfigurando el Campus Universitario, que no hace mucho fue establecido como Patrimonio de la Humanidad. Dos rectores han terminado sus periodos completos, sin mayores contratiempos, y no sabemos si no han podido o no han querido resolver el problema; el actual rector, quien ya tiene un tiempo en el cargo, tampoco lo ha solucionado. El Dr. Narro inauguró un anexo de la Facultad de Filosofía y Letras, muy cercano a las instalaciones originales, sólo hay que cruzar el estadio, muy bonito, muy moderno, muy funcional al que le llamaron Adolfo Sánchez Vázquez (distinguido profesor de la Facultad). Por cierto, estas nuevas instalaciones no cuentan con un Auditorio y a mí me parece que pudiera significar una retirada hacia espacios nuevos dejando un espacio fundamental en manos de los invasores. No discuto si estos son delincuentes o no porque no lo sé, lo que sí sé es que han invadido para un uso particular y no universitario un espacio fundamental de la Universidad.

Cuando salí de mi reunión me dirigí al poniente de la Ciudad de México y al tratar de incorporarme a la avenida Constituyentes me encontré con un embotellamiento caótico, a la altura del panteón de Dolores me pude desviar hacia la tercera sección de Chapultepec y seguí sin contratiempos. A lo largo de Constituyentes y, sobre todo cerca del panteón, había una gran cantidad de fuerzas policíacas, mi primera asociación es que sepultaban a algún miembro de la policía. Pero aquí viene la segunda sorpresa, por la noche me enteré que el sepelio era de un líder de una banda de secuestradores y narcotraficantes del rumbo de Tepito, Peralvillo y la Colonia Guerrero.

Al sepelio asistieron más de 1,000 dolientes y fueron acompañados de más de 500 policías, que entre su equipamiento incluían a dos helicópteros y dos de los tanques de asalto llamados Rinos. Sorprendido me quedé porque el noticiero reseñaba quien o quienes eran los herederos de las fuerzas de la banda delictiva, señalando sus nombres y edades y mostrando fotografías, eso sí con los ojos tapados por una mancha para no reconocerlos plenamente.

No sólo el Gobierno, sino el Estado e incluso nosotros los miembros de la Sociedad, estamos pecando de eufemismo, sabemos quiénes son los delincuentes, a qué se dedican, dónde están; pero llegado el caso no hacemos nada para combatirlos, y el colmo es que en determinadas situaciones los custodiemos para evitar agresiones contra sus derechos humanos. No deja de ser grave e igual eufemístico, es llamar a las inundaciones en la Ciudad como “encharcamientos” o insistir en que “no hay carteles” y que “sólo son pequeños grupos delictivos”.

Es cierto que algunos cambios legales podrían facilitar la tarea, pero es muy probable que con leyes actuales pudiéramos combatir exitosamente a todo tipo de facinerosos; si nos esperamos a que el Congreso las modifiquen, puede ser que nos invadan nuestras casas o que nos secuestren, aunque no sea en Tepito, Peralvillo o la Colonia Morelos, porque los pequeños grupos delictivos han ampliado su mercado.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Manuel Ramiro Hernández

Manuel Ramiro Hernández

Manuel Ramiro H. Médico graduado en la Facultad de Medicina de la UNAM miembro de la generación 1963-1968. Realizó la especialización en Medicina Interna en el Centro Hospitalario “20 de Noviembre” del ISSSTE, trabajó en el Hospital 1° de Octubre del mismo ISSSTE donde fue médico adscrito, jefe de servicio, subdirector médico y director. Después estuvo un breve tiempo en la Secretaría de Salud, fue director de la Clínica Londres y actualmente trabaja en la Coordinación de Educación en Salud del IMSS. Ha sido profesor de diversas escuelas y facultades de medicina desde hace más de 40 años. Es editor de diferentes revistas médicas desde hace más de 30 años. Ha publicado varios artículos en diversas revistas nacionales e internacionales. Es editor de un libro de su especialidad. Lector dedicado y desordenado; aficionado a varias cosas. Marido, padre y abuelo feliz.

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