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¿Y los hospitales privados cuándo?

Mauricio Jalife Daher


Encerrado en un Círculo

Fotografía: EcoDiario.es.

viernes 3 de mayo de 2019

Sistemáticamente, la Comisión Federal de Competencia Económica (Cofece), ha realizado revisiones de diversos renglones de la industria, el comercio y los servicios en el país, buscando identificar –y en su caso erradicar–, prácticas de las que se definen como monopólicas. Las investigaciones han tocado por igual al mercado de jugadores de futbol, líneas de camiones de pasajeros, distribuidores de medicamentos y productores de azúcar.

Por su parte, Profeco ha mantenido vigilancia estrecha sobre empresas constantemente acusadas de vulnerar derechos de consumidores: telefónicas, bancos, líneas aéreas y gaseras se cuentan entre sus objetivos preferidos. Sin embargo, sigue sin atenderse un rubro de prestación de servicios que no sólo es percibido por los usuarios como compulsivamente abusivo, sino que lo hace en un ámbito de la mayor sensibilidad para los clientes. Claro, nos estamos refiriendo como lo anuncia el título de esta colaboración, a los hospitales privados.

Si alguien quiere entender qué sucede cuando se cruzan la necesidad y el ánimo de lucro, ahí están varias cadenas de hospitales en nuestro país para acreditar como se hace para abandonar, cruel y recurrentemente, todos los principios ideológicos que dicen profesar. Si cierto tipo de empresas muestran un total divorcio entre su publicidad y la realidad de su conducta cotidiana, esos son los hospitales privados.

Nosocomios

Fotografía: Diario Correo.

No vayamos al análisis de los extremos que se denuncian sobre la veracidad de la información que suele manejarse en estos centros de salud, que muchos pacientes remiten al campo de la incredulidad y la desconfianza. Difícil dictaminar, de caso a caso, cuando fue o no necesaria una intervención quirúrgica. Muchos reportan las dudas que le persiguen en la toma de decisiones que tuvieron que adoptar en situaciones de emergencia y desinformación que, al final, terminaron en la punta de un bisturí.

Donde la objetividad sí puede tener cabida, es en el análisis de las sumas y restas de las, constantemente, perversas cuentas que se producen en el tránsito por uno de estos desfiladeros patrimoniales. Si en una larga cuenta aparece un cobro por 16 mil pesos por un “kit de bienvenida”, puede suceder que el paciente, en su ansia por regresar a su hogar, lo pase por alto. Un “kit” que incluye unas cómodas pantuflas desechables, un termómetro, una botellita de alcohol para manos, una linda crema y un peine. Si, como lo oyó, un escuálido y casi siempre, inútil peine.

La inflación con que estos amables prestadores de servicios impactan a los medicamentos e insumos que son dispensados en forma portentosa y abundante a los pacientes son, por decir lo menos, descomunales. Los cobros se amontonan hasta formar listas interminables en las que, hasta el matemático más célebre, claudica después de recetarle gasas de 600 pesos. Las anécdotas se acumulan por decenas, desde aquel que alegaba el cobro de lo indebido por el concepto de “circuncisión”, ante la necia empleada del hospital, que se negaba a aceptar la procedencia de la reclamación, a pesar de que el cliente invocaba que su bebé… ¡era niña!

Pueden alegar los nosocomios que nadie nos obliga a usar sus servicios. Se equivocan. El estado de necesidad de las personas, los médicos que nos atienden y los contratos de los seguros, nos ponen muchas veces en esa circunstancia. Enfermedad y muerte… o quiebra.

Operación quirúrgica.

Fotografía: Freepik.

Me gustaría que fuese broma. A lo largo de mi vida, he visto cómo se desvanece el esfuerzo patrimonial de toda una familia al cabo de un mes de permanencia en un hospital de alta gama, y además salir debiendo. La situación llega a ser tan irracional, que muchas veces, aún contando con “seguro de gastos médicos mayores”, el daño es enorme. Esas afectaciones tienen secuelas en lo emocional, no sólo por la reacción visceral que cualquiera sufre al mutar para convertirse en carátula de tarjeta de crédito, sino por la incertidumbre que entrañan estos procesos para el futuro, ¿y si tengo que reingresar?

A las vicisitudes que los pacientes padecemos en nuestro tránsito por los hospitales, hay que añadir el tormento que supone alcanzar el glorioso “pase de salida”. Si entrar supuso tener que dar “tarjetazo abierto”, salir es casi el purgatorio. Horas y horas de cuentas, autorizaciones, sellos, aclaraciones y fotocopias. El mismísimo viacrucis, en episodios, con pésimos actores y hablado en húngaro. Es claro que la relación entre compañías de seguros, hospitales y médicos ha gestado una insalubre red de incentivos perversos.

Disculpas por la banalización. El tema es serio y requiere atención inmediata. Profeco debe escanear la operación de estos agentes económicos para diagnosticar sus malas prácticas comerciales, y recetar urgentemente la solución que proceda. Alguien, que es la autoridad competente, debe devolver a los usuarios la dignidad para defenderse de los atropellos y los abusos, y exhibir a los malos comerciantes de los que sí cumplen la ley. Y que, por favor, no se sientan mal los hospitales de ser llamados comerciantes, porque su conducta esta mercantilizada hasta la médula, aunque la sección de “valores”, en su página de Internet, diga que “su mayor interés es la salud de sus pacientes”.

¿Qué tal si por ley se instala un módulo de Profeco en cada hospital? Sería un inicio.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Mauricio Jalife Daher

Mauricio Jalife Daher
Doctor en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México, Especialista en Propiedad Intelectual por la Universidad Panamericana, Catedrático de la materia en la Universidad Panamericana, IPIDEC, ITAM, TEC de Monterrey y UNAM; socio fundador de Jalife-Caballero, firma especializada en Marcas y Derechos de Autor desde hace 28 años, autor de 6 libros y más de 300 artículos, Árbitro por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, columnista de El Financiero desde 1992, Mundo Ejecutivo, Pymes y diversas revistas de México y el extranjero. Mentor Endeavor y consejero editorial de la revista Mundo del Abogado.