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Para decir México

Miguel Ángel Sánchez de Armas


Juego de Ojos

Imagen: Desierto Urbano.

viernes 7 de diciembre de 2018

El sábado fue un hito mexicano, un antes y un después político y social sin paralelo en el presente siglo. Vivimos una jornada de símbolos durante la cual la invocación más frecuente fue aquélla que nos identifica como nación y como pueblo, la representación de una solidez de raíces profundas: México.

Decir “México” ¿será como el personaje de la novela de Luis Arturo Ramos quien, rumbo a la América y a la mitad de la mar océano, se pregunta en qué momento dejará de decir “Méjico”, con jota, para comenzar a decir “México”, con equis?

México, lo mexicano, son vocablos que salpican nuestra conversación pero a los que muy raramente damos más que una referencia geográfica: nacimos al sur del Bravo, crecimos en suelo azteca y esperamos que un día nos cubra “esta tierra que es tierra de hombres cabales”.

¿Cuántos de nosotros vamos por la vida con la conciencia de que estamos construyendo un país y que este país se llama México? ¿Pensamos a México como parte de nuestra vida? ¿Es México sólo una abstracción, un trozo del planeta, el lugar en donde nos tocó vivir?

territorio mexicano

Imagen: Hidroponia Mx.

México, para decirlo en términos profundamente humanos, debiera ser un ideal que nos enlace y nos ponga en comunión con un sentido de la vida. Ser mexicano no es mejor que ser chino, indonesio, boliviano o ruandés. Pero ser mexicano debiera ser reconocernos como una unidad.

El sentido profundo de lo mexicano debe trascender a la idea de que lo que ocurre en Chihuahua, en Sinaloa, en Michoacán, en Coahuila o en Tabasco, no nos concierne; o que la solución de los problemas que agobian al país es responsabilidad única y exclusiva de la autoridad que cobra nuestros impuestos. Debiéramos convertir la palabra “México” en sinónimo de una comunidad en donde el sufrimiento de los doce millones de indígenas que viven en pobreza extrema nos duela tanto como la desgracia de un ser querido. Cada niño sin escuela, cada campesino sin tierra, cada obrero sin trabajo, cada mujer ultrajada, cada joven sin futuro, cada padre de familia sin esperanzas, están presentes cuando decimos “México”… lo mismo que cada logro, que cada triunfo, que cada paso que damos al futuro. Debemos superar la esquizofrenia de varios méxicos – así, con minúscula- que nos parcelan en estadios en donde unos tienen todo o más que todo y otros lo suficiente, mientras que aquellos, la mayoría, desahogan sus vidas en la marginación y en la penuria.

Cuántas veces decimos “México” sin pensar, sin sentir; sin alegría o sin dolor. ¡Y somos tan jóvenes como nación! Nuestra historia ha ido de la aflicción a la angustia por un camino lleno de espinas hacia un ideal de unidad. Nuestra historia, hasta las primeras décadas del siglo XX, es una de las más dramáticas de la historia universal. Hasta la Revolución de 1910, México era un país en busca de sí mismo. El México de hoy es el resultado de una evolución espiritual e ideológica, pero está muy lejos de ser una tierra prometida.

guerras en territorio mexicano

Ilustración sobre la guerra entre México y Estados Unidos (1846 – 1848) (Tomada de: Lhistoria).

Activemos la tolerancia

Las palabras “concordia”, “acuerdo”, y “cordial”, tienen como raíz común el corazón. A la idea de concordia yo enlazaría un concepto manido y poco reflexionado que es el de tolerancia. El término se usa mucho, especialmente en política, pero se queda en un nivel muy elemental, como en el de soportar al otro aunque tenga diferencias con mi punto de vista o mi visión del mundo.

La tolerancia es un concepto más complejo, que incluye un proceso de recomposición de mi propio punto de vista para colocar en un cierto lugar las diferencias que tengo con el otro. Por eso creo que nos hemos quedado en un nivel de debate muy elemental: acepto -porque la ley así lo determina y no por otra cosa- que otro piense diferente. Pero mi cosmovisión no lo admite y en el momento que sea oportuno intentaré arrebatarle esa opción de ser, de tener un lugar, para que sólo haya otros que comulguen conmigo.

La tolerancia, nos dice el escritor israelita Amos Oz, implica también compromiso. Tolerancia no es hacer concesiones, pero tampoco es indiferencia. Para ser tolerante es necesario conocer al otro. Es el respeto mutuo mediante el entendimiento mutuo. El miedo y la ignorancia son los motores de la intolerancia.

La tolerancia consiste en la armonía en la diferencia. No sólo es un deber moral, sino además una exigencia política y jurídica. La tolerancia, la virtud que hace posible la paz, contribuye a sustituir la cultura de guerra por la cultura de paz.

La tolerancia, dice Teresa de la Garza, “es la virtud indiscutible de la democracia, y la intolerancia conduce directamente al totalitarismo. Una sociedad plural descansa en el reconocimiento de las diferencias, de la diversidad de las costumbres y formas de vida”.

un México más tolerante

Imagen: Los Valores.

El valor de la decisión personal

Por estos días recorre el mundo, y entre nosotros, la imagen de que México es un país en problemas. A la brutal desigualdad, a la criminal impunidad, al asfixiante centralismo, se suma la violencia del crimen organizado en sus diversas facetas. ¿Cien mil muertos? ¿Miles de secuestrados? Debía bastar uno solo para generar una gran alerta nacional.

Sustituir la cultura de la guerra por la cultura de la paz. Detengámonos unos instantes en este concepto. México, escuchamos a diario, está en una guerra contra el crimen organizado que se ha ramificado en toda la sociedad. Pero hay otra guerra en la que hemos fracasado: la guerra contra la pobreza que agobia a nuestro pueblo. “El mal que causa mayor sufrimiento –dice H. Cohen– es la pobreza. La pobreza es la figura histórica en la que se concreta el sufrimiento de la humanidad; pero la pobreza no es una fatalidad, un destino: es causada por el ser humano. Por ello es histórica y por ello es una injusticia. Si la desigualdad entre los seres humanos es resultado de la acción humana, ¿tiene sentido hablar de igualdad? No, si no asumimos la responsabilidad de la injusticia. El pobre no es pobre porque pague una culpa, sino porque vive en una situación de injusticia creada por los otros hombres… y por lo tanto, éstos tendrán que responder por ella”. Aquí está la verdadera guerra que debemos librar. El crimen organizado es sólo una consecuencia. La raíz profunda de nuestros males es la pobreza y la injusticia que no hemos sabido solucionar.

Al decir “México”, debiéramos abrir los ojos y el corazón al momento que vive la nación. Nos horrorizamos con las imágenes en el noticiario y las narraciones de los diarios, pero somos autistas para lo que no nos afecta directamente. No pensamos, como lo advirtiera Martin Niemöller, que la inacción frente al mal pavimenta su camino a nuestra puerta. Todos recordamos la última línea de aquel su doloroso verso: “Y entonces vinieron por mi… pero ya no había nadie que alzara la voz”.

pastor luterano

Martin Niemöller (1892 – 1984).

Me parece que la reconstrucción de la idea de “México”, pasa por recuperar el sentido y el valor de la acción individual. Los asesinatos nos indignan, pero no nos mueven a la acción. Leemos las cifras de los muertos en el combate al narcotráfico como las de la cuenta de cadáveres en eI Yemen o las cifras del genocidio en Ruanda. La conducta indignante de políticos, empresarios y la presunción de que han delinquido, apenas nos merece un alzamiento de hombros. Que doce millones de mexicanos sobrevivan con diez pesos al día ha dejado de ser noticia.

“¿Qué puedo yo hacer?”, se preguntan el hombre en su trabajo, los jóvenes en las escuelas, las madres en sus hogares. La respuesta es casi siempre: “¡Nada!” Mas si pensáramos a México como un cuerpo, como una totalidad, como una idea superior, llegaríamos a la certeza de que, al ser parte de un todo, nuestra acción individual adquiere sentido, fuerza, peso específico.

La Orden de la Cucharita

Jóvenes y viejos tenemos la responsabilidad de cambiar el estado de cosas. ¿Pero cómo? Con un compromiso personal e intransferible, con la convicción de que en nuestras manos está el comienzo de la solución. ¿Suena utópico? Espero que no.

En su libro Cómo curar a un fanático, Amos Oz nos dice:

“Creo que si una persona atestigua una gran tragedia -digamos que un incendio- siempre tiene tres opciones. La primera: echar a correr lo más rápido posible, alejarse y dejar que se quemen los más lentos, los débiles y los inútiles.

La segunda: escribir una colérica carta al editor de su diario preferido y exigir la destitución de todos los responsables de la tragedia; o en su defecto, convocar a una manifestación. La tercera: conseguir una cubeta de agua y arrojarla al fuego; en caso de que no se tenga una cubeta, buscar un vaso; en ausencia de éste, utilizar una cucharita -todo mundo tiene una cucharita-.

escritor israelí

Amos Oz (Foto: Uzi Varon/ABC).

“Sí -dice Amos Oz-, cierto que una cucharita es pequeña y que el incendio es enorme… pero somos millones, y todos tenemos una cucharita. Quisiera fundar la Orden de la Cucharita. Quisiera que aquellos que comparten mi visión -no la de echarse a correr, o escribir cartas, sino la de utilizar una cucharita- salieran a la calle con el distintivo de una cucharita en la solapa, para que nos reconozcamos quienes estamos en el mismo movimiento, en la misma fraternidad, en la misma orden, la Orden de la Cucharita.”

Es decir, la suma de las aparentemente pequeñas voluntades y acciones es lo único capaz de poner remedio a los más grandes males. En el caso de México, esos males se llaman pobreza, desigualdad, injusticia e impunidad. Todos tenemos una cucharita para terminar con ellos. Sólo la suma de las acciones y voluntades individuales desbrozará el camino al México que deseamos heredar a nuestros hijos.

Miguel Ángel Sánchez de Armas

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Miguel Ángel Sánchez de Armas

Miguel Ángel Sánchez de Armas
Doctor en Comunicación y Cultura por la Universidad de Sevilla y diplomado en estudios avanzados por la misma institución, Maestro en Comunicación por la UPAEP y Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM, se ha desempeñado en la academia, en la docencia, en el periodismo y en la comunicación institucional. Fue discípulo de Manuel Buendía, en cuya memoria estableció la fundación que lleva el nombre del periodista asesinado en 1984. Fundó las revistas Mexicana de Comunicación, Mexicana de Cultura Política y Mexican Journal of Communication. Milita en organizaciones de comunicadores de México y de América Latina y es integrante de la Academia de Historia de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Ha ocupado asientos en congresos nacionales e internacionales y fue miembro de la Junta de Gobierno del International Institute of Communications de Londres. Entre sus publicaciones figuran El peligro mexicano: comunicación y propaganda en la expropiación petrolera de 1938; Apuntes para una historia de la televisión mexicana; El enjambre y las abejas: reflexiones sobre comunicación y democracia; En estado de gracia: conversaciones con Edmundo Valadés; Medio pan y un libro y Retrato del General. Fue jurado del Premio Nacional de Periodismo, consejero electoral propietario en el D.F., recipiendario del “Micrófono de oro” de la Federación de Asociaciones de Radio y Televisión de España y becario Ashoka. Desde 1990 escribe la columna semanal “Juego de ojos” que publican diversos medios en México, Estados Unidos, España y Centroamérica. Su ficha curricular está incluida en el Diccionario biográfico mexicano.