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Un mexicano en Normandía

Luis Pérez Gómez.

Miguel Ángel Sánchez de Armas


Juego de Ojos


viernes 28 de junio de 2019

A las 19:14 horas del viernes 16 de junio de 1944, la escuadrilla Azul del batallón aéreo 443 de la RFAC despegó de la base de apoyo a las fuerzas aliadas en Sainte-Croix-sur-Mer, a menos de cuatro kilómetros del frente de batalla, sobre la costa normanda bautizada como “Playa de Juno”, con órdenes de interceptar un vuelo enemigo al sur de Caen.

Habían transcurrido diez jornadas desde el “Día D”, el encarnizado episodio que marcó el principio del fin de la Alemania nazi. Los pilotos al mando de los seis Spitfire Mk-IXB eran jóvenes de entre 22 y 24 años, graduados unos meses atrás y con no muchas horas de vuelo en bitácora. Junto a las bandas blancas y negras de las fuerzas invasoras, los aparatos lucían la insignia del 443, una avispa y la divisa “Nuestro aguijón es mortal”. Al mando de la escuadrilla iba el comandante James Hall. Los otros aviadores eran Leslie Foster, C.E. Scarlett, Donald M. Walz, Hugh Russell y L. Pérez Gómez. Desde la madrugada del 6 de junio todos habían participado en misiones de apoyo para las oleadas de la invasión.

Pasando Caen, Hall dispuso que dos aparatos permanecieran en espera bajo el techo de nubes y cuatro ascendieran en vertical para interceptar el vuelo de la Luftwaffe que se aproximaba desde el interior del continente rumbo a las líneas aliadas.

El primer contacto con el enemigo se dio poco después de las 20:00 horas sobre la región de Calvados. Foster y Scarlett se mantuvieron en patrón de espera mientras que Hall, Walz, Russell y Pérez Gómez ascendieron en formación de ataque. Al salir del banco de nubes encontraron al agrupamiento de Focke-Wulf 109 –bautizados como “pájaros carniceros” en la Batalla de Inglaterra– y comenzó la refriega.

Escuadrón 443.

Hall y Russell fueron los primeros en ser derribados y no sobrevivieron. El avión de Walz fue rasgado por la metralla y entró en picada, pero el piloto logró saltar. Mientras descendía en paracaídas vio al Spitfire 21-S MK-607 de Pérez Gómez dar un giro a babor en maniobra evasiva, con varios cazas alemanes en persecución. Se habían agotado las municiones de sus cuatro ametralladoras y dos cañones, y estaba en la línea de fuego de las naves enemigas.

Walz atestiguó los desesperados intentos de su camarada por evitar la puntilla. Herido, el Spitfire entró en barrena. Walz contuvo la respiración en espera de que la cubierta de la carlinga se desprendiera y el piloto saltara. Esto no sucedió. Nave y tripulante se estrellaron en un campo de cultivo en las proximidades de un caserío. Walz tocó tierra en un bosque. La resistencia lo rescató y pudo regresar a la base unos días después.

Entre los fierros retorcidos del 21-S MK-607 quedó el cuerpo de Luis Pérez Gómez, de 22 años, originario de Guadalajara, el único piloto aviador mexicano participante en la “Operación Overlord”, el mayor y más complejo operativo militar en la historia de los conflictos humanos. En su identificación se leía: CA. J29172 Officer L. Perez-Gomez RCAF. Do not Remove.

Los restos de Luis fueron recuperados por agricultores de Sassy, un pueblo cercano. Para impedir que cayeran en manos de la soldadesca nazi en retirada, o de la Gestapo, los sepultaron en el camposanto de la iglesia de San Protasio y San Gervasio con un nombre francés. Era uno de los suyos. Un liberador.

Después de la guerra, las autoridades aliadas identificaron al aviador. Se decidió dejarlo en la iglesia y no trasladarlo al cercano cementerio militar canadiense. En la tumba se colocó una lápida con la inscripción: Flying Officer L. Perez-Gomez. Pilot. Royal Canadian Air Force. 16th June 1944.

Luis Pérez Gómez.

Piloto aviador mexicano, Luis Pérez Gómez.

Esto sucedió hace 75 años, y la memoria de este joven compatriota ha quedado casi en el olvido. Digo casi porque años después, fue el centro de una extraordinaria historia, tan singular como la vida breve de un muchacho de Guadalajara: huérfano de madre, salió del hogar paterno y en un México hoy difícil de imaginar; a los 19 años decidió no quedarse cruzado de brazos ante lo que estaba pasando en su mundo.

Quiso enlistarse en la FAM y fue rechazado. Se trasladó a Estados Unidos para darse de alta en la aviación yanqui y fue deportado. Sin perder el ánimo, peregrinó a Canadá. Se inscribió en una escuela técnica en Ottawa y en poco tiempo logró incorporarse como voluntario al programa de entrenamiento de la RFAC, obtener las alas de piloto y tripular las naves más avanzadas de la época, equivalentes a los actuales cazas supersónicos.

En aquel camino conoció a Dorothy O’Brian, una chica de 16 años, campeona de baile y de patinaje sobre hielo, y fueron novios hasta su traslado al teatro de guerra. Al morir Luis en Normandía, Dorothy recibió los telegramas con la noticia, pero le fue imposible recuperar los restos. Aquella adolescente que se prendió de un joven mexicano en un baile, a partir de entonces, alimentó de recuerdos su amor.

Sesenta años después, ya abuela y con ayuda de su esposo Denis Pratt, un comandante naval retirado, localizó en Sassy la tumba del hermoso mexicano a quien nunca olvidó. Se embarcó en una cruzada para recuperar su memoria y en 2004 logró que se organizara un homenaje a la memoria del pilote d’avion mexicain, cuyo recuerdo sigue vivo al día de hoy en una región en donde se venera a quienes liberaron al país de la horda nazi. Sassy dio el nombre de Luis Pérez Gómez a su pequeña plaza.

A ese homenaje, el embajador mexicano Claude Heller, envió a su jefe de prensa. ¿Qué habrá pensado tan notable diplomático? ¿Quizá que rendir honores a un muchacho tapatío, hijo de una familia desconocida, víctima, como millones de otros jóvenes, de una guerra concluida hace 60 años, y en un pueblo de 250 habitantes que nadie podía localizar en el mapa, era un evento no digno de su alta investidura? Vaya usted a saber.

Lápida.

Lápida de Luis Pérez Gómez en el camposanto adosado a la iglesia de San Protasio y San Gervasio, en Sassy, Calvados, Normandía, agosto de 2018. (Fotografía: Miguel Ángel Sánchez de Armas).

Pero Dorothy… Cuando era una anciana de 82 años, abuela y viuda, seguía recordando a su hermoso mexicano con el mismo amor que le nació aquella tarde de la fiesta comunitaria en que se conocieron. Es cierto que los muertos de guerra en realidad nunca mueren. “En mis sueños él sigue teniendo 20 años y yo 16”, confesó en una entrevista. Cada vez que sentía que la vida la asfixiaba, se encerraba en sí misma y regresaba a la nochevieja de 1943, cuando bailó con Luis en el Château Lauriel en Ottawa y las demás parejas les cedieron la pista y les aplaudieron.

Sin duda, la corta vida de Luis y sus hazañas en el episodio que frenó la avalancha nazi no cambiaron el rumbo de la historia, pero sí son un ejemplo para todos los que transcurren su existencia arrastrados por la corriente, incapaces de mover un dedo y decidir su propio destino.

En 1922, el gran George Mallory fue cuestionado acerca de “las verdaderas razones” de su insistencia en llegar a la cúspide del Everest. Dos veces había intentado conquistar a la montaña y dos veces se había frustrado su propósito. Su respuesta fue: “¡Porque está ahí!” Y con esa frase inmortalizó al germen que dispara las grandes proezas. Fiel a sí mismo, en 1924 subió por tercera vez a la montaña y perdió la vida. Su cadáver congelado fue encontrado cerca de la cumbre 75 años después, en 1999. Nunca se supo si falleció antes de llegar a su meta o de regreso. No importa. Su ejemplo es lo que vale.

Setenta y cinco años después de su propio Everest, a bordo del Spitfire 21-S MK-607, el de Luis es un ejemplo a seguir. He aquí a un digno heredero de Mallory. Falta que su memoria sea recuperada entre los suyos, en el país que dejó un día de 1942 cuando escuchó el repique de su tambor y sin vacilar partió tras un sueño.

El nombre de Luis Pérez Gómez está inscrito en el Libro Memorial que se exhibe cada septiembre en el Parlamento canadiense en recuerdo de los caídos en la guerra, y también se encuentra cincelado en el Muro de Honor de los pilotos de la RFAC abatidos en la guerra.

Los canadienses lo honran como a uno de los suyos. ¿Algún día veremos a un embajador mexicano colocar laureles en el sepulco de Luis Pérez Gómez en el camposanto de la iglesia de San Protasio y San Gervasio en Sassy, o asistiremos a la develación de una placa con su nombre en el Colegio del Aire?

El tiempo lo dirá.

Miguel Ángel Sánchez de Armas

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Miguel Ángel Sánchez de Armas

Miguel Ángel Sánchez de Armas
Doctor en Comunicación y Cultura por la Universidad de Sevilla y diplomado en estudios avanzados por la misma institución, Maestro en Comunicación por la UPAEP y Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM, se ha desempeñado en la academia, en la docencia, en el periodismo y en la comunicación institucional. Fue discípulo de Manuel Buendía, en cuya memoria estableció la fundación que lleva el nombre del periodista asesinado en 1984. Fundó las revistas Mexicana de Comunicación, Mexicana de Cultura Política y Mexican Journal of Communication. Milita en organizaciones de comunicadores de México y de América Latina y es integrante de la Academia de Historia de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Ha ocupado asientos en congresos nacionales e internacionales y fue miembro de la Junta de Gobierno del International Institute of Communications de Londres. Entre sus publicaciones figuran El peligro mexicano: comunicación y propaganda en la expropiación petrolera de 1938; Apuntes para una historia de la televisión mexicana; El enjambre y las abejas: reflexiones sobre comunicación y democracia; En estado de gracia: conversaciones con Edmundo Valadés; Medio pan y un libro y Retrato del General. Fue jurado del Premio Nacional de Periodismo, consejero electoral propietario en el D.F., recipiendario del “Micrófono de oro” de la Federación de Asociaciones de Radio y Televisión de España y becario Ashoka. Desde 1990 escribe la columna semanal “Juego de ojos” que publican diversos medios en México, Estados Unidos, España y Centroamérica. Su ficha curricular está incluida en el Diccionario biográfico mexicano.