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Monarquías pragmáticas de Oriente se reinventan

Trono de Crisantemo.

Nydia Egremy Pinto


Cristal Geopolítico

Fotografía: Gentleman's Military Interest Club.

jueves 2 de mayo de 2019

El Salón de Pino del Palacio Imperial de Tokio, que alberga el trono de Crisantemo, escenificaba la abdicación del emperador Akihito en la ceremonia Taiirei-Seiden-nogi. Instantes antes, el aún emperador había comunicado a los dioses su retirada, en el santuario imperial o Kashiko-dokoro.

Habían transcurrido 202 años desde que un monarca japonés cesaba voluntariamente sus funciones en 1817 y traspasaba su nombramiento a un sucesor. Ese 30 de abril de 2019 el hombre que por tres décadas reinó sobre el archipiélago nipón, deseaba “paz y felicidad al pueblo japonés y al mundo entero” y con su hijo Naruhito, convertido de facto en emperador 126, recibía los tesoros imperiales en constancia de la legitimidad de su nuevo rango y así atestiguaba el fin de la Era Heisei y el inicio de la Era Reiwa.

Entre los desafíos políticos del nuevo emperador, uno principal es la relación que tejerá con el gobernante Partido Liberal Democrático del primer ministro Shinzō Abe, quien tras su victoria en la elección del otoño de 2018, hoy es el jefe de Estado más antiguo en la historia de estratégico archipiélago asiático. Sería Abe quien anunciara la dimisión formal de Akihito, luego que el Parlamento aprobase la solicitud imperial desde 2016, pues constitucionalmente ese cargo es vitalicio.

También, será la Era Reiwa la que vea llegar a la edad de gobernar a Aiko, única hija de Naruhito y su esposa Masako, hoy de 18 años. Es de esperar que, en un futuro cercano, y acorde con la modernidad y el progresismo que se impone a nivel planetario, Japón logre cambiar la normativa legal que impide a una mujer ascender al trono.

Con un puñado de casas reinantes del mundo, la monarquía parlamentaria de Japón goza de simpatía entre analistas internacionales por su prudencia política. El emperador prácticamente carece de influencia, por lo que su liderazgo –más simbólico y moral‒ suscita escasas críticas internas y externas; la mayoría centradas en supuestos o reales gastos suntuarios de la Corte.

Desde nuestras latitudes, resultan muy lejanas monarquías asentadas en el oriente asiático. Sin embargo, vale la pena evocarlas con objeto de profundizar en su amplia diversidad. Así vemos que en la región conviven otras llamadas Casas Reinantes como los reinos de Baréin, de Bután, de Camboya y Brunéi.

Nos son más familiares a los mexicanos, por la herencia cultural iberoamericana, la existencia de las monarquías árabes o islámicas. Ahí identificamos al reino de Arabia Saudita, potencia regional y gran actor energético global, cuyo destino rige el rey Salmán bin Abdulaziz desde 2015, con amplia experiencia en cargos públicos tras ser alcalde de Riad, donde presidió varias organizaciones y como ministro de Defensa. Los politólogos reconocen su astucia política al haber firmado en 2017, un real decreto que autorizaba a las mujeres del reino a conducir automóviles. Otro monarca moderno es el rey de Jordania, Abdalá II hijo del icónico rey Hussein; el jeque de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani, con gran visión estratégica, creaba en 1996 el ya célebre canal de televisión Al-Jazeera que cobraría fama por la oportuna transmisión de los sucesos regionales en la segunda ocupación aliada contra Irak, en 2001. El monarca catarí es también gran promotor del deporte y ha logrado que su Estado sea sede para el Mundial de Futbol en 2022.

Salmán bin Abdulaziz

Rey de Arabaia Saudita, Salmán bin Abdulaziz (Fotografía: Sputnik Mundo).

Entre las casas reinantes vecinas destaca el Emir y Jeque de Kuwait, Sabah IV Al-Ahmad Al-Yaber Al-Sabah. Con México, ese emirato ha alcanzado Memorandos de Entendimiento en materia económico-financiera y de cooperación policial.

Otras cabezas reinantes se asientan en los Emiratos Árabes Unidos (Abu Dabi, Ajmán, Sarja, Dubái, Ras al-Jaima, Umm al-Qaywayn y el de Fuyaira). Inteligentemente, ese conglomerado ha decidido que la jefatura de Estado recaiga en el jeque y emir de Abu Dabi, Jalifa bin Zayed Al Nahyan lo es desde 2004.

En el sureste asiático, Malasia es una monarquía federal parlamentaria que ha apostado a la modernidad y al mismo tiempo sigue el islam como religión mayoritaria. Occidente tuvo conciencia de ese despegue cuando Kuala Lumpur inauguraba las impresionantes Torres Petronas, como símbolo de apertura social. Desde 2006 el sultán es Tuanku Nur Zahirah y el poder político lo ejerce un jefe de Estado federal denominado Yang di-Pertuan Agong.

En pleno siglo XXI este heterogéneo mosaico de jeques, emires, reyes y emperadores, convive y proyecta sus intereses con los Estados que han decidido darse un sistema de gobierno republicano o federativo (Rusia, China, India, Mongolia, Vietnam, los Estados de la Península de Corea, entre otros). De ahí podemos afirmar que las monarquías ya no son, ni pueden ser absolutas, son totalmente pragmáticas.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Nydia Egremy Pinto

Nydia Egremy Pinto
Internacionalista mexicana y periodista desde hace 30 años. Sus investigaciones sobre geopolítica, seguridad nacional, conflictos armados, inteligencia y Medio Oriente, la han llevado a realizar reportajes en Medio Oriente, Europa y América Latina.