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Museo y memoria

Museo Mexico

miércoles 9 de mayo de 2018

Los museos activan la memoria. Los procesos mnemotécnicos que llevan a mantener a flote la cultura en una especie de estado prístino son, desde la modernidad, propiedad de la academia y del museo.

Con la viveza con la que se vuelve a saborear un recuerdo bien activado, el espectador (el público, el visitante) busca plantearse trampolines para llegar a niveles de experiencia cada vez más entrañables. Quizá por eso preferimos las películas a los libros. H. U. Gumbrecht trabaja esta idea en Producción de presencia. Lo que el significado no puede transmitir (México, UIA, 2004): el secreto estriba en hacer sentir, volver a traer al presente un acontecimiento “éclatant”, como lo caracterizara F. Braudel (La historia y las ciencias sociales, Madrid, Alianza, 1968), volver a producir un aroma, una sensación. A condición de saber que esto es virtualmente imposible, pero que siempre buscaremos esa presentificación, los museos suelen perder terreno frente a otros espectáculos más envolventes como el cine. Pero los museos tienen un papel fundamental: son repositorios de los objetos cargados de la vibra de la memoria. De los “auténticos”. A veces, incluso, se cuentan historias rayanas en el fetichismo. Dependiendo de cómo exhiban sus objetos, los museos administran la emoción del espectador al acercarlo, o distanciarlo, de un objeto cargado de memoria histórica, por alejarlo físicamente de él, gracias a un capelo (policarbonato o vidrio, da igual) o a una línea simbólica trazada con vinil en el suelo.

Son estos límites simbólicos, esta parafernalia escenográfica, los que transmutan lo exhibido y le quitan lo ordinario a los objetos de la vida cotidiana de otros. Cuando se está frente a colecciones arqueológicas, las posibilidades de la imaginación sustituyen a las de la memoria: se tiene enfrente un hacha de sílex o una figurilla de terracota, no para que active el recuerdo, sino para que sugiera la vida en un pasado muy remoto.

Museo Antropología

Pero, siguiendo a Gumbrecht, en el museo arqueológico ¿se llega verdaderamente a producir presencia? Fuera del impacto de reconocer un objeto manipulado hace miles de años, posiblemente el visitante nunca llegue a establecer una verdadera conexión emocional gracias a la mediación del objeto.

De niños nos dijeron que debíamos ir al Museo de Antropología o al Nacional de Historia porque ahí estaba nuestro origen: al llegar a las salas y ver la distribución de las piezas, su monumentalidad, el efectismo con el que fueron dispuestas museográficamente, pude constatar que no tenía más vínculo emocional con un bezote de jade que con la maqueta del hombre prehistórico. Las cosas estaban y siguen estando allí, pero hay sobre ellas un velo de misterio que se convierte casi en un temor reverencial por lo que las piezas verdaderamente ocultan. Los museos legitiman objetos en función de la investigación, de la importancia de su hallazgo, de las condiciones formales y de conservación de los mismos, de un sinfín de razones. Pero, también se distancian de la noción griega de historia, la de Heródoto, cuando se consideraba al historiador como alguien capaz de dar testimonio. Esas pretensiones de falsa objetividad, afortunadamente, se han ido abandonando en la academia, pero el público todavía reclama del museo la palabra de autoridad capaz de decir si algo es verdadero o falso. Si un yugo y una palma totonacas son “ceremoniales” por la belleza de su talla y por su sitio de hallazgo, probablemente un bezote o un par de joyas de barro también lo hubieran sido para quien en su tiempo los usó. El arqueólogo, el historiador, el curador y el museógrafo se reservan el papel de oficiar una especie de ministerio que sacraliza lo presentado. Y el museo es su templo. ¿Se podrá hablar de una apreciación más honesta y despojada de esta aura misteriosa para el espectador? Como visitantes, ¿llegaremos alguna vez a encontrar un sentido distinto al que se produce por la operación de musealizar? ¿Será el museo capaz de producir presencia?

Museo Antropologia

No es gratuito que Benedict Anderson (Comunidades imaginadas, México, FCE, 1993) planteara al museo junto con el censo y el mapa, como herramienta privilegiada de un occidente ilustrado y colonizador: es uno de los recursos que permiten clasificar, inventariar y hacer de ese inventario una lectura de auto representación que forja identidades. Y eso está muy bien, pero llega a darse el caso de que los museos quieren refinar, rejuvenecer sus estrategias de acercamiento a los públicos, y son los sectores más recalcitrantes de éstos los que dicen “es irreverente hacer tal cosa”. Como si la reverencia concedida a una pieza —me refiero al gesto que se hace cuando uno se inclina y se acerca a ver una joya minúscula o a leer una cédula pequeña y mal iluminada— le confiriera a la institución museo más y más puntos en la escala de poder de transformación alquímica: de lo innoble a lo noble. De lo ordinario de un pañuelo, una pluma o una fuente de plata que se usó en miles de cenas a la cualidad de objeto litúrgico. El museo tira la primera piedra. El visitante, al creer en el enunciado de “los especialistas”, se convierte en el pueblo lapidador de una posibilidad ínfima de que la presentificación y el sentido no impuesto ocurran. ¿Qué hacemos? ¿Creemos lo que el museo nos dice o le entramos a la construcción conjunta de significados? No me respondan todavía: la elección está en el visitante.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Sara Baz

Sara Baz
Sara Baz (1976) es historiadora del arte e historiadora, se interesa en fenómenos y manifestaciones culturales, especialmente en el arte religioso, en la muerte y en el vino. Es docente desde hace más de 20 años y se ha dedicado a museos, gestión cultural y edición.