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¿Formar o entretener?

museos aburridos
Michelle Ramin.

miércoles 20 de junio de 2018

La imagen que representa una nutrida fila de visitantes en espera de entrar al museo es, sin duda, prometedora, aunque tal vez no para muchos… Entre una ida al cine, una al teatro y una al museo, tal vez el sitio de precio más accesible es el de este último. Y quizá sea el menos deseado. Incluso en México y pese a todas las quejas, pagar la entrada al museo puede representar un esfuerzo para muchas familias, pero no hay que olvidar que en este país siempre hay un día gratis para todo. Quien haya hecho turismo en Europa y en Estados Unidos, por ejemplo, habrá advertido que hay una diferencia abismal entre el costo que representa entrar al Musée du Louvre y el que hay que cubrir por el boleto de entrada al Museo Nacional de Antropología, en Chapultepec. Una de las preguntas que me surgen en diversas reflexiones que tienen que ver con esto, es si la diferencia de costos incide en la no apreciación de lo que tenemos.

En sondeos rápidos y nada científicos, me gusta preguntarle a la gente que recién conozco cuántas veces ha visitado museos. Disfruto que me indiquen sus preferencias, que me digan que son asiduos a uno en particular y tal vez la única respuesta para la que me preparo ‒porque me devasta escucharla‒ es “nunca he ido a un museo”.

Venus de Milo

Michelle Ramin, «Behind the Venus».

Es normal que uno lleve agua a su molino, de manera que si coincido en cenas o eventos sociales con grupos de extranjeros que causalmente vienen a un circuito de museos en particular, me solazo en decirles: “Pero cómo es que no van a este otro… ¡Es una pena! Tendrán que volver”. Sin embargo, cuando pienso en los miles y miles de visitantes nacionales que tampoco van al museo e ignoran que el domingo pueden entrar sin costo (es decir, eliminando el argumento económico), pienso que lo que en realidad sucede es que la oferta presentada por estas instituciones no cuenta con el marketing para impulsar la expectativa que se genera durante las semanas previas al estreno de una película. El cine, como todo arte, implica cooperación por parte del percipiente: no es nada más sentarse en una butaca con las palomitas en la mano lo que hace posible la experiencia y la recepción de la propuesta del autor. Es una serie de movimientos que realiza el interesado: disposición, comprensión, empatía, imaginación, resistencia y muchas otras cosas van implícitas en el disfrute cabal de un filme o una obra de teatro. Si no gusta, pues hay que salirse. ¿Y del museo? ¿Mejor no ir si no se está seguro a qué?

Hace tiempo que se habla en el ámbito de cómo constituir una oferta más atractiva en términos generales para el público, pero pensando sobre todo en atrapar la atención de los niños y de los jóvenes; como si fuera una competencia contra productos de la industria del entretenimiento. En esta línea, las intervenciones digitales, los mappings y otras propuestas que implican experiencias de apelación total a los sentidos en espacios envolventes, se llevan de calle al guion tradicional. En cuanto al público infantil, diré que quienes visitan el museo se presentan en domingo en compañía de su familia y un alto porcentaje viene no atraído por lo que va a ver, sino motivado por el punto extra que dará el profesor si se muestra “un folleto” como prueba fehaciente de que el estudiante estuvo ahí. Su cuerpo, presente en el espacio del museo, no fue cooperativo en general: no realizó lo necesario para dejarse seducir por la propuesta, si es que había una. Hubiera sido más entretenido ser el pasivo receptor de una película cualquiera en matinée. Desgraciadamente esta estampa se aprecia cada domingo cuando se espera la afluencia familiar el día de entrada gratuita, pero no necesariamente se sabe qué actuación darle a cuerpo y alma en una visita no preparada.

“Si las mamparas hablaran”, contarían estas historias de desafecto, desinterés, pero también de quienes se formaron una hora, tal vez más, para entrar a ver una exposición, de ésas que llaman blockbusters. Tal y como sucede en las películas, un blockbuster crea expectativa a nivel mediático, se vincula con otros productos (culturales o no) y genera uno de los productos residuales de toda industria cultural en el capitalismo: estatus. Se suelen distinguir los verdaderos fans de los que no lo son y que sólo buscan palomear en una lista que vieron tal obra o asistieron a tal exposición. No importa si el entusiasmo proviene de un visitante de cepa o no, si se trata de un fenómeno mediático o qué: ese público, sin duda, se toma más molestias que el pasivo y permite co-crear un discurso, generar diálogos, dar vida a la obra expuesta, producir críticas y comentarios (unos fundamentados y otros no tanto) y, con todo ello, alimentar a la industria cultural y ponerla a coquetear con la del entretenimiento por algunos instantes.

Mona Lisa

Michelle Ramin, «Mona Lisa IRL».

Lo que hay que reflexionar aquí es justamente esto último: ¿es prudente o aconsejable esa vinculación? ¿Las autoridades del medio cultural federal o local lo tienen claro? ¿Es deseable inducir en el público las mismas reacciones y comportamientos que entre un grupo de fans de algo comercial? ¿Debemos “bajarnos” del pedestal y estar a la par, en términos de oferta, con la industria de la música pop o del cine de acción? Indudablemente y sobre todo en los museos públicos, se nos piden resultados, y esos resultados se miden en función de número de visitantes que tuvimos en el año, a cada exposición temporal, al número de personas que se atendió en conciertos y actividades de mediación. Entregar los números no nos hace pensar en que estamos sanos como instituciones, en que todas las experiencias fueron de calidad, en que esos 80 mil y algo tuvieron, todos, una noción que se acerque en algo a la expectativa del staff (curadores, directivos). No. Porque como lo decíamos en anteriores emisiones de esta columna, la experiencia es de quien la trabaja: primero, del visitante convencido de entregarse a la propuesta. Segundo, tercero, cuarto… del personal de primer contacto cuya actuación puede hacer al visitante desistir de continuar, ponerlo iracundo, molesto o hacerlo sentir atendido e importante. Quinto: si la propuesta no existe o es demasiado intelectual, sabemos que el porcentaje de éxito se reduce.

Y esto último depende mucho del recinto que se visita: el MUAC tiene permiso de montar exposiciones de arte contemporáneo cuya polémica y validez estética están a merced, muchas veces, de dominar una “enciclopedia” que permite hacer frente al desafío del discurso. Los museos de arte o historia del Estado no tienen mucho margen para esas cosas. Ellos tienen que producir discursos claros, que conduzcan al reconocimiento, a la explicación y al orgullo. ¿Qué debe estar en el museo? Lo que el museo quiera proponer (al margen de los determinismos de pertenecer al gobierno federal o local, nos convendría ir entendiendo que el museo precisa de una autonomía moral, intelectual y presupuestal que en este país a muchos todavía les resulta inimaginable o francamente lesiva al status quo). Una cosa es cierta: fuera de los patrocinios y subvenciones, más allá de entregar las cuentas de visitantes “atendidos”, si ganamos autonomía, incrementamos costos, competitividad y vamos destruyendo poco a poco prejuicios de lo que “debe ser” un museo público. ¿Estaremos listos para eso? Y, además, ¿cabrá buscar entretenimiento ‒y sólo eso‒ en el museo? Yo creo que sí. Aunque ese entretenimiento no apunte a la recepción pasiva o al divertimento superficial ‒mejor si no‒. ¿Se vale juzgar el éxito de una exposición por su afluencia o por qué tanto entretiene? Que opine el público.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

2 comentarios

  1. la comparacion es muy reflexiva, y ùtil para valorar La Visita al MUSEO, rescato que hay que meterle promocion, Difusiòn, impactante, MEDIATICA,digamos 1 mes del año a cada Museo, crear esa difusiòn mediatica que tiene el CIne , que el Museo carece y crear espectatva en los interesados que despues jalen a los poco culturiados, es: crear un circuito Mediatico anual paa los muesos Locales/Nacionales y se permanezca como POLITICA de difusion cultural + que se yo, no va, eso solo una idea, pero , hasta ofrecer palomitas al final del recorrido a20pesos cuando salgas: hay que hacer cosas diferentes.

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Sobre Sara Baz

Sara Baz
Sara Baz (1976) es historiadora del arte e historiadora, se interesa en fenómenos y manifestaciones culturales, especialmente en el arte religioso, en la muerte y en el vino. Es docente desde hace más de 20 años y se ha dedicado a museos, gestión cultural y edición.