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¿Institución(es) culturales? De cara a la transición

instituciones culturales

Sara Baz


Las mamparas hablan

Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) (Foto: inba.gob.mx).

miércoles 10 de octubre de 2018

La gestión de la cultura en México tiene dos frentes que, por razones históricas, presentan distintos devenires. Me refiero a que desde la fundación de los dos grandes institutos que concentran diferentes esferas en el quehacer cultural (INAH en 1939 e INBA en 1947), parece que los cometidos de un instituto y otro desfilan por caminos distintos. En ambos institutos hay profesionales dedicados a la investigación y a la conservación del patrimonio. Los del INAH sobrepasan en número a los del INBA; la naturaleza de sus especificidades es tal que parecería imposible producir un discurso interdisciplinario que vinculara múltiples esfuerzos por aprehender aspectos de la cultura sin necesidad de determinar si los objetos que se exhiben en una exposición, por ejemplo, son arqueológicos, históricos o artísticos. El trabajo curatorial, que debería recaer en los investigadores, en ocasiones es despreciado por ellos mismos debido a que se obtienen más puntos para la evaluación anual de desempeño publicando un libro que realizando trabajo para un museo y, por ende, para un público más amplio y no especializado. No obstante lo anterior, algunos equipos de investigación (y nótese que digo equipos) encuentran la manera de difundir el resultado de su trabajo pensando más que en la ganancia que van a tener en el SNI, en la verdadera compenetración de las comunidades con sus logros. En la producción de un trabajo significativo.

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Museo Nacional de Antropología (Foto: ADN 40).

La creación del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes el 8 de diciembre de 1988, como un órgano desconcentrado de la Secretaría de Educación Pública, representó un esfuerzo inicial por tener, en un solo eje coordinador, la potestad de la emisión de políticas públicas en el ramo cultural. Al estar adscrito a la SEP, la percepción de la cultura era necesariamente la heredera de los regímenes posrevolucionarios en donde el gobierno tiene la obligación de hacer promoción cultural para “educar” (y no con fines de goce, del ejercicio de un derecho humano o para incentivar el trabajo artístico, que siempre se ha visto como “subsidiario”). En aquel entonces, existían diversos, pero no tantos, sindicatos pertenecientes a cada instituto; cada uno reflejaba sus propias posiciones respecto de su trabajo, la vocación de su adscripción institucional y su muy particular visión de lo que era “defender el patrimonio”. Con la fundación de la Secretaría de Cultura, la vida institucional de la cultura en México alcanzó el deseado escaño que debería poner a sus hacedores (a todos) en igualdad de importancia que otros sectores como Hacienda o Economía. Eso se reflejaría en ajustes salariales, por supuesto, que deberían ir a la alza. Querría decir que había consciencia en el régimen de lo que Cultura representa para el PIB. Que habría replanteamientos en los ejes de coordinación para la enunciación de políticas culturales, más allá de los incentivos para la creación, que no dejan de ser importantes. Se multiplicaron los sindicatos, y todavía no sé si eso redunda en beneficio, máxime porque eso implica mayores dificultades para conciliar. Pero considerando la antigüedad de la fundación de los dos institutos respecto de la Secretaría (2015), la naturaleza variopinta de los sindicatos antes y a raíz de la separación de la SEP, ¿cómo reclamar una adscripción simbólica? ¿A qué institución?

En días recientes se ha deplorado la designación de la Comisión de Cultura del Senado a Sergio Mayer. Ha habido pronunciamientos por la “renuncia” de Margo Glantz a la dirección del FCE y por la toma de estafeta de parte de Paco Ignacio Taibo II. Más allá de que todavía hay trecho que recorrer y de que no podemos juzgar a nadie por un puesto en el que no se ha desempeñado, se deplora que nuestro comisionado de Cultura no tenga una trayectoria en la misma. En realidad, la función del comisionado de cultura no se refiere a la toma de decisiones claves sobre políticas ni el funcionamiento de la Secretaría y su incipiente (¿o rancia?) vida institucional.

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Paco Ignacio Taibo II (Foto: La Orquesta).

Esta semana dieron inicio las mesas de diálogo en torno a temas de cultura, convocadas por la Secretaría de Cultura en Transición. Sin duda un esfuerzo importante que esperemos que repercuta en la suma de voces, experiencias y, lo más importante, en que se toquen los temas verdaderamente sensibles para el sector en nuestro país. No obstante, esta convocatoria se lanzó únicamente en redes sociales y en el programa no se hace mención de todos los moderadores que participarán en cada mesa (ya hubo una crítica de El Universal al respecto: http://www.eluniversal.com.mx/cultura/una-consulta-cultural-federal-la-carrera-casi-clandestina-y-muy-centrica). A mi modo de ver, los temas planteados son de importancia mayor, pero añadiría la necesidad de más de una mesa para trabajar los aspectos que verdaderamente dificultan el quehacer cotidiano en los recintos culturales (comunicación entre áreas e institutos, duplicidad de funciones ‒factor que se tiene considerado atacar desde la fundación de la Secretaría de Cultura en 2015‒, relación con los sindicatos y atribuciones de los mismos en materia del gobierno de los recintos, incentivos a la participación del sector privado, etcétera). También hay que entender que el Estado paternalista de la posrevolución se quedó sin chamba, sin dinero o ya se murió, y que es urgente pensar en el gobierno como el único protector y financiador de iniciativas culturales.

Más allá de presentar un proyecto (o varios), de estimular la participación de todos los involucrados en el sector, valdría la pena reflexionar en torno a que nadie es todólogo y, por ende, tampoco es capaz de presentar una propuesta completa si no se trabaja en equipo.

También habría que considerar si algunas decisiones que el sector ha repudiado, como la comisión en manos de Sergio Mayer, no son, en dado caso, resultado de una excesiva democratización (no falta quien extraña esos tiempos en que sólo los políticos se dedicaban a la política). Celebro la integración de nuevos actores, pero creo que sí hay que estar muy conscientes de que cada uno juega un papel y debe estar al tanto de las necesidades (las nuevas, las de siempre) y de la problemática que pesa sobre el sector en el que le toca servir.

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Sergio Mayer (Foto: Cuartoscuro).

Estamos por enfrentar la transición de nuestras instituciones culturales hacia otro estilo de gobernar. Más que integrar a las voces que han sido marginadas (que desde luego es deseable), sería necesario plantear cómo la institucionalidad ha redundado forzosamente en marginación. De qué manera el devenir histórico de nuestras instituciones culturales no sólo margina participantes y voces vivas, sino discursos, temas y periodos históricos. Pensar en cómo se ha concedido poder excesivo a ciertos actores o corporaciones que no están dispuestos a perder privilegios o a ceder un ápice lo que consideran conquistas históricas o derechos laborales. Creo que lo más importante de todo es considerar que, en México al menos, hay quien trabaja en cultura por verdadera vocación y no porque pertenezcamos a algún instituto o nos carcoma el deseo de tener una plaza de base. No: somos muchos los que trabajamos en cultura porque creemos que es un sector que merece vivir autónomo, gestionarse sus propios recursos sin desalientos hacia la participación de terceros, sin censuras jerárquicas y protocolarias, sino por el amor y la fe que tenemos en lo que hacemos. La cultura, el arte, la historia, la antropología o la arqueología no tienen partidos; tienen objetos de investigación y finalidades varias que van desde la actualización de un estado de la cuestión hasta el enriquecimiento de una comunidad que se beneficie de los resultados de una investigación. El sector cultural no se dedica a tareas superfluas, ornamentales o accesorias. No debe estar a merced de intereses sindicalistas ni corporativistas, sino del patrimonio que construye, pule, cuida y difunde, sea éste material o inmaterial. ¿Será que ya estamos listos para entenderlo?

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Sara Baz

Sara Baz
(México, 1976). Apasionada de la cultura y sus múltiples manifestaciones, Sara Baz se formó en Historia del Arte (UIA), Historiografía de México (UAM-A) y obtuvo el Doctorado en Historia en el Colegio de México, A.C. Ha ejercido la docencia y se ha dedicado a los museos desde hace veinte años: le ha tocado desde imprimir cédulas hasta coordinar exposiciones internacionales y dirigir. Marcada por una profunda vocación de servicio y por un gusto enorme al vino y a su cultura, también es sommelier aficionada a maridar conceptos, arte y comida.