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La memoria de Diego de Ybarra

Oliver Sacks Memoria

Susana Corcuera


De locos y visionarios


domingo 13 de mayo de 2018

En uno de sus últimos ensayos, La falibilidad de la memoria, Oliver Sacks habla de cuando descubrió de manera personal de qué están hechos lo que llamamos “nuestros recuerdos”. De niño, él vivió un tiempo en Londres durante la Segunda Guerra Mundial. Años después, narra dos incidentes de aquella época en un libro autobiográfico que se llama El tío Tungsteno. El primero de estos sucesos es la caída de una bomba, que no explotó, cerca de su casa. Oliver Sacks describe a su familia y a los vecinos alejándose de ella en las puntas de los pies, aterrados ante la posibilidad de que cualquier vibración la haga estallar. El segundo incidente es la caída de una bomba incendiaria que su padre y otras personas intentan apagar. Sacks describe las mangueras dirigidas todas hacia el mismo lugar y los fulgores incandescentes que el artefacto irradia con cada chorro de agua.

Cuando uno de sus hermanos leyó la primera anécdota, lo felicitó por la precisión de su narrativa. Sin embargo, al leer la segunda, le dijo que para esa época los dos habían sido evacuados lejos de Londres y que se habían enterado del suceso a través de una carta de su hermano mayor. Imaginen el desconcierto de Oliver al darse cuenta de que uno de los episodios de su infancia, que recordaba con mayor nitidez, era en realidad el recuerdo de otro. Una vez superado el desconcierto, llevó a cabo una reflexión sobre el papel que juegan los recuerdos, falsos y verdaderos, individuales y colectivos, en la literatura. La novela de Diego de Ybarra es un ejemplo de lo que intrigaba a Sacks.

yo que no soy nadie

En una primera lectura, Yo que no soy nadie es una trama policiaca que tiene por escenario el mundo de los coleccionistas de arte. Sin embargo, pronto nos damos cuenta de que el libro va más allá. Con sentido del humor, Diego de Ybarra nos lleva a un mundo anacrónico que se resiste a cambiar. Sus personajes viven en espacios propios que defienden siguiendo rituales con una diligencia envidiable o acumulando objetos valiosos. Son excéntricos, elegantes, cultos… y decadentes: prefieren el pasado que el presente y les tiene sin cuidado encajar en cualquier ámbito que no sea el suyo. Para el horror de los personajes de la novela, y para gran diversión de nosotros, sus lectores, este universo creado escrupulosamente a lo largo de generaciones se ve amenazado por una serie de robos de obras de arte indispensables para la paz mental de los habitantes de la novela. Joaquín de Torres cuenta la historia y un narrador omnisciente la complementa. Las diferentes voces permiten puntos de vista que no siempre concuerdan, lo que hace que participemos en la trama, que nos hagamos preguntas y nos rasquemos la cabeza: “¿Me estará viendo la cara Joaquín de Torres?” Y “ese otro personaje, Ignacio Gamba, ¿será tan encantador como parece?” Y, la peor, “¿qué tanto me puedo fiar de este escritor que parece reírse para sí mismo?” En esto último, al final veremos que no hay nada qué temer, las dudas en el camino forman parte de su buen oficio.

García Lorca escribió alguna vez: “… Yo he nacido poeta y artista como el que nace cojo, como el que nace ciego, como el que nace guapo. Dejadme las alas en su sitio, que os respondo que volaré bien.” Diego de Ybarra nació escritor. Pero lo mejor de su literatura no se debe tanto al buen oficio que tenía, sino a su capacidad de observar, a esa curiosidad innata de los niños que él nunca perdió. Su mirada podía ser sarcástica, pero era una mirada dispuesta a abrirse al punto de vista del otro: a la de un ladrón a sueldo, de un noble venido a menos, incluso a la de un sabueso desesperado por la agudeza de su olfato.

Un perro con insomnio y un estafador que se va descubriendo en la novela. Dos personajes opuestos que se entrelazan con un anticuario amargado, con unas hermanas que viven en la luna, con un hombre que atesora cualquier cantidad de objetos y con el excéntrico y adorable paseador de gansos retratado en la portada de Yo que no soy nadie.

Los libros surgen de distintas fuentes. Saramago dice que algunos de los suyos nacieron de una nota aislada en un periódico o de un letrero que podría no significar gran cosa. La novela de Diego de Ybarra nació de su espíritu observador y se alimentó de recuerdos propios y ajenos que, como Oliver Sacks, convirtió en ficción. El resultado es un libro de mentiras lo suficientemente bien armadas como para que más de una persona de la vida real caiga en la trampa de creer reconocerse.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Susana Corcuera

Susana Corcuera
Susana Corcuera (Ciudad de México, 1964) estudió Etnohistoria en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Ha impartido talleres de Creación Literaria, ha sido traductora y ha colaborado en varias revistas y periódicos, así como para el programa de radio de RTVE “Sexto continente.” Su obra publicada es la siguiente: “Llegó oscura la mañana”, novela finalista del Premio Azorín Planeta y traducida al inglés; “Memoria de las manos”, novela finalista del Premio Planeta Casamérica; los libros de cuentos “El huésped silencioso… y otras historias” y “A machetazos”, ganador del Premio Internacional Vivendia de Relato. En coautoría con Gabriela Gorches escribió el libro para niños “José María Velasco: entre la ciencia y el arte”. Su novela más reciente, “Como si no existieras”, fue publicada este año por Penguin, Random House.