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El hombre somnoliento

El hombre somnoliente

miércoles 22 de noviembre de 2017

Desde que le hombre se determinó como un ser consciente y racional, tuvo la necesidad de crear estructuras sociales de diversa índole con la finalidad de darle orden a su vida. Así, surgieron la religión, la polis, la economía, la política, entre otros rubros que terminaron por transmutar en la síntesis determinada como Estado: una entidad que al parecer mantiene somnoliento al hombre.

Al pasar de los siglos, el Estado se volvió un ente autónomo, perdió todo vínculo con la humanidad e hizo que de las instituciones nacieran las venas de las cuales ahora se alimenta. El sistema superó al hombre, se volvió tan estructurado, tan autosuficiente, que pareciese en muchas ocasiones ser un oráculo de los acontecimientos venideros.

La sociedad que alguna vez se jactó de gozar del esplendor de la lucidez, de haber dejado atrás el oscurantismo del Medioevo, se redujo a una masa adormecida que deambula entre la realidad y el sueño, entre la verdad y la mentira. De tal forma, que el hombre terminó por convertirse en un sonámbulo, estado del cual me temo, parece no despertar.

Aunque en ocasiones el hombre bostece cual perezoso teniendo la intención de levantarse, estire sus brazos como señal de protesta; denote repudio al régimen en turno, asqueo por las condiciones de vida. Al final todo se reduce a un bostezo, un síntoma de la necesidad de seguir durmiendo.

El sistema lo arrulla, mese y corteja para no interrumpir su descanso infinito; y a pesar de que algunos dan destellos de un despertar abrupto, nuestro Morfeo ya conoce cualquier síntoma de un pronto avivar. Nada, absolutamente nada, ni el ser más miserable, ni el hombre más virtuoso se encuentra fuera del eterno pernoctar de nuestra era.

El sueño es tan profundo y obscuro, tan abismal y solitario que agrupa a los durmientes en masas que se entienden, que bailan al mismo compás, que hablan el mismo idioma para hacer más confortable su estadía. Pesadillas vienen y van, ilusiones de realidades utópicas, de actos que son tan vividos, tan humanos, que dan la impresión de ser reales.

Somnoliento el hombre, el sistema no tiene nada que temer, todo acto que pretenda despertarlo está ya considerado para ser contrarrestado. Todo es parte de la ilusión, quebrantos sociales, angustias humanas, libres pensadores, poetas, filósofos, revolucionarios, amor, valores, todas ilusiones que pretenden existir fuera del sueño REM.

El mundo provee los somníferos necesarios para apaciguar a la bestia: tecnología, medios de comunicación, necesidades prefabricadas, educación, cultura, literatura, arte, todo dispuesto para dormitar.

Las pesadillas humanas no son sorprendentes, las generaciones de sonámbulos, dispuestos a vagar sin rumbo han permitido que la ilusión de un mundo igualitario triunfe. Por otra parte, nuestros contemporáneos desean levantarse, creen corromper las normas del sistema, creen ir contra corriente, soñar despiertos; pero son sólo ecos que retumban sin hacer daño alguno.

Este ocaso es tan oscuro que quizá el alba se tarde en llegar. El hombre no podrá despertar hasta experimentar una pesadilla tan real, tan vivida y atroz, que como pueril durmiendo, se levantará gritando.

Carlos Ramírez

Un comentario

  1. Cuando los años hielen la sangre, cuando nuestros placeres pasen,
    (Flotando durante años en las alas de una sociedad inerte)
    Será el lugar finito y sencillo como las mismas olas entre el mar, el hombre en la vida
    y las acciones sobre los sueños, los anhelos y el lánguido gormador destruido
    en su onicofagia.

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