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El país de la tragicomedia

el país de la tragicomedia

martes 12 de diciembre de 2017

Para la filología clásica, la antigüedad griega tenía dos grandes vertientes de expresión cultural. Por una parte, Sófocles representaba a la tragedia, un género escénico que tenía elementos propios del heroísmo, pero que terminaba por corromper la vida del protagonista. Paralelamente, Aristófanes creaba comedias satíricas que transmitían al espectador un ángulo absurdo de situaciones específicas, siendo la más representativa, la comedia que se hizo de Sócrates.

Al parecer la herencia de los Antiguos Griegos ha permeado la situación cultural de diversas sociedades que siguen tambaleándose entre la comedia y la tragedia. Desde la óptica de José Ortega y Gasset, “del querer ser a creer que se es, ya va la distancia de lo trágico o lo cómico”. Es decir, la situación de tragicomedia que permea en la actualidad en diversas naciones como México, deviene de una política de la teatralidad, en la cual, los actores (políticos) han perdido la perspectiva entre su personaje de ficción y la realidad de la cotidianidad del mexicano.

Detrás del telón de la tragicomedia todo es penumbra, los espectadores esbozan sonrisas o lágrimas al ver las representaciones patéticas de un Estado que busca salvaguardar el bienestar de sus ciudadanos sin ser partícipes de los que sucede en el escenario. El público ríe o llora por igual, su condición es motivo de sátira, se perciben como risueños melancólicos que están destinados a sobrevivir en el acto.

La sátira es el medio por el cual el Estado busca atenuar su atroz actuar, la burla como somnífero del público ha funcionado durante largas décadas de puesta en escena. Directores van y vienen, el propósito es perpetuar la tragicomedia más longeva de la historia. ¡El mismo escenario, diferente escenografía! Burlas prefabricadas para dar la impresión de risas grabadas. Los actores se reafirman así mismos, ¡si el público se ríe de nuestras actuaciones debemos seguir complaciéndoles!

El heroísmo que es parte esencial de esta tragicomedia viene bajo un disfraz de populismo, idealismo, juventud, emancipación, entre otros adjetivos que aluden a la ingenuidad de un pueblo que se enorgullece de su sentido del humor. Los héroes terminan por usurpar el trono, tal y como lo hizo Edipo al matar a su padre. El héroe termina por morir en distintos actos, se hace de su imagen un estandarte de la perpetuidad de la tragedia, un símbolo de lo que pudo ser, pero que jamás será.

Nuestro país no es más que un magno montaje, una puesta en escena tan producida que logra en el espectador una imagen ilusoria que le impide concientizarse de que lo que observa es una ficción. México es tragicomedia por antonomasia, todo esta predispuesto para asombrar al variado público que observa desde la gayola hasta la platea.

Todos los que participan en esta tragicomedia usan máscaras, nadie descubre su verdadero rostro, todos quieren lo mismo, todos son iguales. Mediocridad, alegría, pobreza, honestidad, diplomacia, cultura, verbena, todas máscaras que conforman un teatro de miserables perpetuos. La tragicomedia mexicana es la expresión más lúcida de la mediocridad humana, la puesta en escena de las apariencias, de lo burdo; como diría un filólogo alemán. “La mediocridad es la más feliz de las máscaras que puede usar un espíritu superior, porque el gran número, es decir, los mediocres, no sospechan que en ello haya engaño; y, sin embargo, por esto es por lo que se sirve de esta arma el espíritu superior: para no irritar, y, en casos no raros, por compasión y bondad”.

Carlos Ramírez

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