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Mi padre me enseñó a odiar

Hombre viejo viendo al horizonte

domingo 17 de junio de 2018

Sentada frente a la chimenea, un fuerte viento abrió abruptamente la ventana de la sala y un olor a tierra mojada inundó la habitación en la que me encontraba, trayendo consigo una ola de recuerdos que me robaron suspiros.

Lo primero que se me vino a la mente fue la figura de mi padre, sentado en su sillón favorito con  su tabla de apuntes y hojas blancas sobre sus piernas, un lápiz de grafito en mano y una copa de whisky en las rocas en la mesita de a lado.

El arquitecto había estado trabajando por varios días en un nuevo proyecto lo suficientemente absorbente como para quitarle el sueño. Era una noche lluviosa de junio, recuerdo, la sed nocturna me había despertado y al salir de mi recámara, desde arriba observé a mi padre haciendo trazos y plasmando en papel lo que venía a su imaginación .

Poco más de 30 años después, ese recuerdo de niña me hace reflexionar sobre la importancia de la figura paterna en el desarrollo de los niños. El ejemplo que los padres dan a sus hijos determina el tipo de adulto que será, la calidad de vida que tendrá y los valores que conformarán su ser. Sin duda, la mejor herencia que una persona puede tener de su padre.

En su informe “Men in Families and Family Policy in a Changing World”, Naciones Unidas destaca que la vinculación y la atención del hombre son de gran relevancia en los niños y que el rol que el padre ejerza en el hogar tiene un impacto en la salud de los niños, su bienestar y su educación.

La ONU añade que en los niños, la figura paterna tiene un efecto modulador en la agresividad y en el caso de las niñas, el ejercicio de la paternidad se refleja en una mayor seguridad en sí mismas.

Sin menoscabar la importancia de la figura materna en el desarrollo integral de los niños y niñas, me atrevo a hacer énfasis en la figura paterna en la familia como factor fundamental para favorecer el desarrollo emocional e intelectual de los hijos, además de facilitar la incorporación de la mujer al mercado laboral y enfrentar los retos de desigualdad en la sociedad.

En mi formación, sin duda mi madre jugó un papel fundamental, pero hoy, en el marco de la celebración del Día del Padre, reconozco que de mi papá aprendí a odiar.

Aprendí a odiar la desigualdad. Mi padre me enseñó que todos somos iguales y si la vida coloca a personas a mi cargo, debo recordar que gracias a su trabajo es que yo puedo tener éxito.

Mi padre me enseñó a odiar la injusticia. De él aprendí que nadie tiene el derecho de juzgar a los demás, pero sí existe la responsabilidad de ser justo en todo lo que se hace, respetando la dignidad del prójimo y teniendo compasión por el desfavorecido.

De él aprendí a odiar la pobreza y más allá de una pobreza financiera, odiar una pobreza de espíritu, pobreza del alma, que no siente dolor por el sufrimiento del otro y una pobreza de corazón que sólo busca su propio beneficio a costa de lo que sea y quien sea.

Mi padre me enseñó a odiar la riqueza, esa riqueza que destruye todo buen propósito, esa que se alimenta de la avaricia, esa riqueza que no le importa si por ganar tiene que humillar, pisotear y menoscabar al otro, esa riqueza que empobrece y que al final de la vida viene acompañada de frustración, soledad y tristeza.

Y por último, mi padre también me enseñó a odiar a México, a un México corrupto, un México sin pasión ni propósito, un México sin esperanza ni futuro; y me enseñó a luchar y vivir en contra de lo que odio.

¿Quién soy ahora? soy esa persona a quién su padre enseñó a odiar.

Un comentario

  1. así es, la paternidad no es una nimiedad; el mito de la maternidad protectora ya es cosa del pasado.

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Sobre Adriana Murillo

Adriana Murillo
Economista por la UNAM, coordinadora editorial de noticias en medios digitales, amante del café y con un profundo amor por México.