Hoy me percaté de lo mucho que disfruto caminar. Y no hablo del simple acto motriz de mover las piernas para desplazarme de un sitio a otro, hablo de la libertad de poder moverme, ya sea con o sin rumbo definido, y que permite relacionarme con mi entorno, con mi ciudad.
La semana pasada escribía sobre la necesidad de respetar e integrar a las personas con discapacidad. De la necesidad de hacer ésta ciudad accesible, pero sobre todo, de volver accesible nuestra forma de pensar y de verlos a ellos. Es curioso, pero cada vez que observo a un discapacitado en silla de ruedas, bastón, muletas… me parece que el discapacitado soy yo, pues ellos se mueven sin complejos, sin obstáculos, sin paredes.
Caminar no solo ejercita, el caminar integra. Caminar nos da la oportunidad de intercambiar miradas, sonrisas, gestos, malas caras, de observar, de sentir el aire, los olores, nos conecta con el entorno.
Caminar en esta ciudad es difícil, y en ocasiones imposible. Banquetas estrechas, mal construidas, obstáculos, mobiliario mal ubicado, comerciantes ambulantes, jardineras anti-ambulantes, coches estacionados, carpas de negocios…todas atentan mi derecho a caminar, a transitar, a disfrutar mi ciudad.
Caminar es cosa de todos los días: caminamos a la escuela, caminamos al camión, al metrobus, a la estación del metro, a la tienda, a la farmacia…a donde sea. Pero es hora de dejar de caminar por caminar. Es hora de fomentar los espacios para hacerlo, de alzar la voz y exigir que se respete nuestro derecho a caminar. Es hora de exigir banquetas dignas y de preguntar qué se hará en los próximos años al respecto. Es hora de preguntar. Es hora de caminar.