De locos y visionarios

Del tedio a la creación

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Se cuenta que, en una tarde del siglo XVII, Isaac Newton salió de su estudio con un ojo rojo e inflamado: había pasado horas presionándolo en distintos puntos y luego analizando la manera en que se deformaban las imágenes. Unas cuantas magulladuras valían la pena para tratar de entender el funcionamiento de este órgano. Siglos después, ya bien entrado el XX, el microbiólogo Barry Marshall se inoculó a sí mismo un cultivo de Helicobacter pylori para demostrar la relación entre la bacteria, la gastritis y las úlceras estomacales. Los intereses de Newton iban desde las ciencias exactas hasta la filosofía y la religión, pasando por la alquimia. Su capacidad de asombro lo llevó a preguntarse si existía una ley de gravitación universal, o qué sucede cuando la luz pasa a través de un prisma. Aunque con intereses menos variados, Barry Marshall comparte con estudiosos como Newton la curiosidad que antecede a los grandes descubrimientos.

En su afán por entender la naturaleza de nuestro planeta y la adaptación de las especies, Humboldt por poco se congela los pies durante su ascenso al volcán Chimborazo, y el mareo de Darwin, que lo llevó a odiar el mar, no lo hicieron desistir de sus investigaciones a bordo del Beagle. En cuanto a mujeres, me pregunto si, de haber conocido los efectos devastadores de la radiactividad, Marie Curie hubiera detenido sus experimentos. Es difícil imaginar a cualquiera de estos personajes pasando por un momento de tedio. Por eso me sorprendió la frase de Víctor Hugo, ése otro gran apasionado que nos dio el siglo XIX: “Hay algo más terrible que un infierno de sufrimiento, un infierno de ocio.”

científica
Marie Curie (Ilustración: JM Beltrán, para el libro “Bajo los adoquines, la ciencia”, ed. Sirius).

La idea que tengo del autor de Los miserables difícilmente coincide con la de un hombre que experimentaba el horror del tedio. Sin embargo, sus palabras no dejan lugar a dudas. Se aburría Víctor Hugo. Y entonces me vinieron a la mente imágenes de científicos, artistas, incluso de héroes que han cambiado la historia, con la cabeza entre las manos, víctimas del mismo padecimiento. ¿Se aburrió Darwin durante sus viajes, cuando el mareo le daba un respiro y no había nada qué ver salvo la inmensidad del mar? ¿Se cansó alguna vez Newton de observarlo todo con atención, se acostó boca arriba, mirando al cielo en espera de que sucediera un evento que le devolviera el gusto por la vida? ¿Pasó una mañana Marie Curie dando vueltas por su casa en busca de cualquier cosa con que entretenerse? Seguramente. Porque aburrirse no es una tragedia, es una necesidad de la mente, al grado de que no es raro que de esos periodos surjan ideas geniales. Si Víctor Hugo no hubiera conocido el tedio, es probable que Los miserables no existieran. Incluso el cerebro del hiperactivo Humboldt necesitaba respiros para ordenarse. Desde que leí la frase del escritor francés, ver a un niño aburrido ha dejado de causarme conflictos. Como tantos otros detrás de él, ya encontrará él mismo la manera de lidiar con el ocio y, quién sabe, quizás de convertirlo en su mejor aliado.

El mundo sin intermediarios

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“Dime cuál aparato usas y te diré quién te controla”, leí en alguna parte. Ninguna revolución tecnológica ha sido tan veloz como la digital. Estar fuera de los avances es comparable al analfabetismo y cada vez será más difícil vivir sin teléfonos móviles o internet. Las redes sociales que dependen de este último han llegado a comunidades remotas y viajar ha perdido una buena parte del encanto de la aventura. La literatura, el cine y el teatro han tenido que adaptarse. Autores modernos de Romeo y Julieta enfrentan el reto de armar una historia en donde los protagonistas estén incomunicados, al grado de morir por una situación que se puede resolver con una llamada o un correo electrónico. En cuanto a Los supervivientes de los Andes, lo más probable es que los personajes en los que se basó la película no hubieran llegado al extremo de comer carne humana para sobrevivir: los habrían encontrado antes. En las series de televisión, las policiacas son las que más rápidamente han tenido que transformarse para mantener el suspenso. Jack Bauer y su inseparable teléfono móvil (que nunca se descargaba, por cierto) es un ejemplo de ello.

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Kiefer Sutherland (Jack Bauer en “24”) (Foto: www.gamespot.com).

En áreas como la del mercado laboral, la inteligencia artificial preocupa, pero no será la primera vez que encontremos la manera de salir de una crisis. Cuentan que justo antes de la Revolución Industrial, la cantidad de estiércol en Londres era un problema grave y que, de no ser por el surgimiento del automóvil, la situación hubiera sido intolerable. Pasó mucho tiempo antes de que los gases y el humo derivados de la combustión se convirtieran en el nuevo problema y que fuera necesario buscar estrategias para solucionar lo que había solucionado otro problema…

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Tráfico en Euston Road, centro de Londres, Inglaterra (Foto: es.123rf.com).

Cada época tiene aciertos, errores, crisis y resoluciones. Uno de los elementos positivos de la actual es estar comunicados con gente de todas partes del mundo. Aunque siempre existirán personas que le cedan su libertad a alguien más, como lo explica La Boétie en Servidumbre voluntaria, en general el acceso a culturas distintas de las nuestras y el fácil intercambio de puntos de vista nos hace menos vulnerables a la manipulación por medio del adoctrinamiento. La comunicación nos enriquece como especie.

teléfonos móviles
Foto: Lluis Gene/AFP.

Sin embargo, el desarrollo de nuestra época causa sentimientos distintos y se presta a discusiones. Para unos, es emocionante; otros comparan el nuevo mundo con el de Aldous Huxley, con todo lo que implica; hay quienes quisieran regresar al siglo XIX y quienes ya se imaginan a la conquista del espacio. A mí lo que me agobia es que perdamos la capacidad de asombro y que, en lugar de liberarnos, olvidemos lo maravilloso de observar el mundo con nuestros ojos como única herramienta. Cuando veo hordas de turistas tomándose fotos sin el menor interés por los lugares a los que se esforzaron por llegar, me pregunto qué sentido tiene recorrer al mundo para verlo detrás de una pantalla. Quizás el mayor reto de este siglo sea no olvidarnos de levantar la cabeza, mirar a nuestro alrededor y escuchar los sonidos reales del mundo sin intermediarios. Es demasiado tarde para que una respuesta a la pregunta de cuál aparato usamos sea “ninguno”, pero ¿es posible utilizar a la tecnología como una herramienta y no sucumbir a su dominio?

La tierra de los kikuyus

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Memorias de África merece ser leído sin prisa, deteniéndose en los paisajes, en los comentarios acerca de cómo conciben el mundo las distintas tribus y en las reflexiones sobre los sueños. Karen Blixen era una mujer de su época, y así como no cuestionaba temas ahora polémicos como la caza deportiva, al principio del libro tampoco tenía dudas en cuanto al colonialismo. Podríamos decir que ella formaba parte de los colonizadores de buena voluntad, los que construían escuelas y clínicas y trataban con respeto a sus trabajadores. ¿Se sentía superior a ellos? Es probable, por lo menos en el inicio de su paso por África; seguramente llegó acompañada de los prejuicios de su vida en Dinamarca y de las creencias de la Europa inmersa en la Primera Guerra Mundial. Pero, en su caso, la curiosidad y el poder de observación fueron más fuertes que su pasado, de ahí el enamoramiento por Kenia y su dolor el día en que debió regresar a su país.

Isak Dinesen
Foto: Mercado Libre.

La baronesa Blixen, cuyo pseudónimo para publicar era Isak Dinesen, fue especial en muchos sentidos. Cuando se enteró de que su marido la había contagiado de sífilis, decidió que tenía dos opciones: meterle un tiro en la cabeza o darle la vuelta al asunto y seguir con su vida. Su acercamiento a la religión también habla de su carácter. África la hizo cuestionarse si Dios y Satanás son uno mismo y la magia dejó de parecerle mera superstición. Su apertura de mente, su enorme curiosidad y una sensibilidad práctica, exenta de sentimentalismo, están plasmadas en toda su obra.

escritora danesa
Karen Blixen (Foto: EFE).

Fue querida por los africanos y respetada por los europeos. Entre otras cosas, gracias a esto, antes de regresar a Dinamarca logró que el gobierno establecido en Kenia les diera suficiente tierra a los kikuyus que habían trabajado en su granja para que se mantuvieran juntos. En Memorias de África, la autora nos muestra el desarrollo de un personaje, ella misma, que en una de las últimas páginas del libro hace la siguiente reflexión: “Es más que tierra lo que le quitas a las personas a quienes se la arrebatas: es la tierra de sus ancestros. Es también su pasado, sus raíces y su identidad. Quitarles las cosas que están acostumbradas a ver y esperan seguir viendo es como quitarles los ojos.”

África
Poblado kikuyu en Nairobi, Kenia (Foto: www.minube.com).

La autora de Memorias de África y de Cuentos góticos creció bajo el sol de Dinamarca que ilumina el entorno de manera particular incluso en pleno verano. La luz y los cielos repletos de estrellas de Kenia le abrieron los ojos a una atmósfera nueva y cuando dejó de percibir en la lejanía ese mundo recién descubierto, una parte de su alma debe haber muerto con él.

Las maravillosas migrañas de Alicia

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Para Guada e Inés, por sus ataques de risa

cuando leían los curiosos poemas de Lewis Carroll.

El síndrome de Alicia en el país de las maravillas puede hacer creer a una persona que ha enloquecido. Uno de los síntomas es la impresión de cambiar de tamaño: de un momento a otro, la cabeza se vuelve enorme o el pobre individuo se siente un gusano en la inmensidad de la cama. Esto suele ir acompañado por alucinaciones y por una pérdida parcial de la visión; como le sucedía a Alicia con el gato de Cheshire, las personas y los objetos se llenan entonces de manchas de colores o de huecos. Por si fuera poco, en ocasiones el tiempo transcurre de manera anormal y se confunden las palabras. El dolor de cabeza ataca después aunque, por fortuna, no siempre se instala.

Menos el dolor, en Alicia en el país de las maravillas, la protagonista experimenta cada uno de los eventos antes mencionados. Como son similares a los que ocasionan cierto tipo de drogas, hay quienes se imaginan a Lewis Carroll consumiendo alucinógenos. Sin embargo, para decepción de quienes se divierten inventando mitos acerca de su vida, las descripciones de lo que le sucede a Alicia en el cuento son un verdadero manual del padecimiento que lleva el nombre del libro: tenemos al conejo y al relojero obsesionados por el tiempo; la paulatina desaparición del gato; los cambios de tamaño de Alicia y sus confusiones al hablar… y la caída al pozo, claro.

Los dolores de cabeza son diabólicos. Si, además, van acompañados por auras, que una reina enfurecida decida cortar esa parte del cuerpo no resulta en ese momento tan mala opción. Lewis Carroll se quejaba de jaquecas. Gracias a Alicia en el país de las maravillas, los neurólogos han deducido que padecía del síndrome que llega a ser incapacitante. Para suerte de sus lectores, él tuvo la capacidad de usar los efectos que lo envolvían para crearle un mundo a una niña con quien se encariñó. Sin las migrañas de Carroll, no existiría el sombrero loco, ni el gato, ni la reina adicta a descabezar gente, ni las ocurrencias de Alicia cuando confundía las palabras.

Venganzas literarias

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En los mundos alternos que inventa, el escritor tiene la libertad de hacer sufrir sin remordimientos o de redimir al peor de los asesinos. Mientras está inmerso en un universo imaginario, es todopoderoso. Qué importa si, como El albatros de Baudelaire, en la realidad sea el más torpe de los mortales. Sumergirse en un buen libro equivale a vivir otras vidas, y tiene algo de magia leer a un autor que ha predicho su propia muerte o un futuro lejano. También es interesante conocer el pasado de escritores que saldan cuentas con el pasado por medio de la literatura. Algunos conscientemente, otros sin proponérselo.

El albatros
Charles Baudelaire (1821 – 1867).

La historia de Irène Némirovsky y su familia podría ser en sí misma una novela. A pesar de haberse convertido al catolicismo, ella murió de tifus en Auschwitz. Su marido hizo lo posible por liberarla, pero finalmente él también fue apresado y las hijas sobrevivieron gracias a la nana que las protegió. A lo largo del peregrinaje escapando de los nazis, llevaban en una maleta los cuadernos de su madre. No sabían que en las palabras amontonadas en letras pequeñas estaba la obra más importante de la escritora ucraniana.

escritora judía
Irène Némirovsky (1903 – 1942).

Suite francesa habla de la cotidianeidad de un pueblo francés durante la ocupación alemana. Aunque la novela fue bien recibida desde el día en que se publicó, no han faltado críticos a quienes el punto de vista de Némirovsky molesta. A mí es justamente su percepción de los hechos lo que me atrae, la mirada que juzga a los soldados de una manera distinta a lo que estamos acostumbrados; la forma en que los describe, con sus botas relucientes, los uniformes impecables, los caballos perfectamente arrendados y, sí, su atractivo físico. Me hizo recordar que es válido para una joven enamorarse del adversario y que el enemigo en una guerra no es necesariamente un monstruo. En una entrevista, una de sus hijas le reprochaba la ceguera ante el inminente peligro que corrían durante la persecución a los judíos, pero quizás Némirovsky era incapaz de concebir una situación en donde las personas perdían parte de su humanidad para convertirse en máquinas de destrucción. Ante lo que parece un acto de buena voluntad ‒o de inocencia‒ el hecho de que haya muerto en un campo de concentración me parece doblemente trágico.

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Manuscrito de “Suite francesa” (1942) (Archivo Irène Némirovsky-Imec).

Sin embargo, no todos los personajes de sus novelas tienen claroscuros. En El vino de la soledad, la madre es frívola, burda, y carece del mínimo amor a nadie que no sea ella misma. Némirovsky escribió la novela sin saber que cuando la nana de sus hijas finalmente logró llevarlas a casa de su abuela, ésta última las rechazó: “Las huérfanas pertenecen a los orfanatorios”, se cuenta que dijo antes de cerrarles la puerta para siempre. No sabemos qué novela hubiera surgido de esta anécdota, pero creo que la reacción no hubiera sorprendido a Irène Némirovsky. El vino de la soledad da testimonio del desamor real de su madre hacia ella desde que era niña y es, al mismo tiempo, una de las mejores venganzas literarias que he leído. Al igual que a Edmundo Dantés en El conde de Montecristo, a la protagonista le toma años cumplir su objetivo, pero vale la pena el esfuerzo. Sin embargo, mientras que la venganza de Dantés no está directamente vinculada con la vida de Dumas, la de la adolescente que espera pacientemente convertirse en una mujer atractiva para luego utilizar su juventud contra su madre, sí lo está. Y entonces la venganza, literalmente real, es contundente.

Némirovsky
Irène y su madre (Archivo Irène Némirovsky-Imec).

De abuelas y cosas peores

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Me pregunto qué pensarán las abuelas de algunos escritores cuando leen los libros de sus nietos. Todos los niños deberían tener una como la que describe Roald Dahl en Las brujas. No nada más sabe reconocer a estas últimas detrás de apariencias engañosas, lo que puede resultar muy útil, sino que, además, tiene la virtud de nunca dudar de la palabra de su nieto. De no ser por ella, Bruno hubiera vivido convertido en ratón. Pero no creamos que Dahl es un adorador de abuelas… nada más alejado de la realidad. La de Jorge, en La increíble medicina de Jorge, se dedica a criticarlo y a hablar de bichos desagradables que, por si fuera poco, quiere comerse. No es raro que cuando el pobre niño inventa una pócima para desaparecerla, su papá crea que podrían volverse millonarios vendiéndola.

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“Las Brujas” de Roald Dahl. Ilustración de Amelie Glienke.

El simbolismo de la abuela en Caperucita roja es interesante y las distintas versiones del cuento nos llevan a cuestionar las intenciones de cada autor. En la de los Hermanos Grimm, la anciana es buena y cariñosa, su nieta la adora. En esta interpretación, un leñador que pasaba por ahí saca vivas de la barriga del lobo a las dos víctimas y el punto de la historia se establece de manera bastante suave. Es un final feliz, donde la niña aprende la lección sin mayor sufrimiento. En consonancia con su época, Perrault también matiza el relato original, dejando claro que los bosques son peligrosos y que no se debe confiar en desconocidos. Pero, a diferencia de los Hermanos Grimm, él decide que ningún heroico leñador corra al rescate y el único satisfecho al final del cuento es el lobo. Suena terrible, pero versiones más antiguas son mucho peores. En una de ellas, la niña ‒adolescente‒ cae en la trampa del lobo y se comen juntos a la abuela. Si tomamos en cuenta, por un lado, que la función de los cuentos era alertar a los inocentes de los peligros del mundo y, por otro, que la noción de infancia era distinta de la nuestra, un final trágico tiene sentido. Lo que me pregunto es si era realmente necesario que la nieta participara en el banquete.

cuentos de hadas
La abuela de Perrault.

Los casos de cuentos como Blancanieves o Cenicienta son distintos. En ellos, las abuelas ‒que bien hubieran podido interceder por sus nietas‒ brillan por su ausencia y las tiranas son las madrastras. La finalidad de estos textos probablemente haya sido alertar a los padres acerca de volverse a casar sin tomar en cuenta a los hijos. De ahí el lujo de detalles al describir la maldad de las nuevas esposas; explayarse acerca de segundas nupcias en donde los niños sí fueran felices hubiera sido contraproducente para el objetivo que perseguían.

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“Blancanieves”, Jacob Grimm y Wilhelm Grimm.

Pero las madrastras como tema literario ameritan un espacio propio, así que terminaré con una abuela de hoy en día: la de Molotov. El incauto nieto llega de Nueva York y se encuentra con una mujer que le corta la melena cuando está dormido, lo pone a dieta de arroz con habichuelas, le da tecitos de limón cuando él quiere ron y lo pone a descansar en vez de dejarlo salir con los amigos. Buena persona, lo reconoce el nieto, pero una tirana que lo saca de quicio. Curiosamente, la última frase es “Cómo le podré pagar”. Me gusta esta abuela latinoamericana porque refleja en unas cuantas frases una forma de ser anticuada y al mismo tiempo vigente de nuestra época.

Éstas son las abuelas que se me han venido a la mente. Habrá que pensar cuál quisiéramos ser. Yo me quedo con la de Bruno, porque sabe de brujas y de ratones.

La Marsellesa y el futbol

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Cuando escuchaba el himno nacional de Francia, antes del partido contra Croacia, me llamaron la atención las expresiones de respeto y concentración de los jugadores. Ya desde ese momento estuvimos frente a un equipo compenetrado. Esto es lo que yo percibí, no como buena conocedora del deporte, sino como espectadora entusiasta. Después del partido, el himno se quedó dando vueltas en mi mente y, al cabo de unas cuantas repeticiones que empezaban a cansarme, me detuve en el estribillo: “¡A las armas, ciudadanos! / ¡Formen sus batallones! / ¡Marchemos, marchemos! / ¡Que una sangre impura riegue nuestros surcos!”.

Los himnos suelen ser nacionalistas y no pocos fueron escritos para alentar a la población a luchar contra el enemigo. Antes de ser bautizado con el nombre de La Marsellesa, el de Francia se conocía como Canto de guerra para los ejércitos de las fronteras. En un planeta adicto a los enfrentamientos, es natural que el himno de un país hable de armas, de sangre y batallones. Lo que me llevó a escribir este texto fue la “sangre impura”.

El término nos remite a cuando se utilizaba en España para discriminar de forma legal a judíos y musulmanes, pero aun ahora, en pleno siglo XXI, hay quienes defienden la supremacía racial y se rebelan contra los matrimonios entre personas que no sean de su religión o que no compartan el mismo color de piel, por ejemplo. Sorprendentemente, todavía hoy se expiden certificados de limpieza de sangre. Y, aunque hemos avanzado de manera importante en el tema, ciertos deslices psicológicos sorprenden. Uno de ellos es el siguiente encabezado de El País: “La Francia mestiza gana el Mundial.” Comportamientos o etiquetas que hace apenas unas décadas se consideraban normales, hoy son socialmente cuestionados, lo que nos lleva a ser más cuidadosos con las palabras y los términos que usamos.

selección francesa
Dembelé y Mbappé, Selección francesa (Foto: Getty Images).

La selección francesa que ganó el mundial de futbol este año está formada en su mayoría por hijos de inmigrantes de origen africano; no es descabellado suponer que entre sus antepasados hubo esclavos. Por eso llama especialmente la atención que el himno de un país cuyo lema es “Libertad, igualdad, fraternidad” y que impulsa el laicismo y cualquier otra forma de respeto, hable de pureza de sangre.

Por un lado, La Marsellesa exalta a la Revolución que derrocó a la monarquía y, por otro, alienta a levantarse en armas en caso de sufrir una invasión. Pero el canto es también un llamado a no actuar sin discernimiento. En el caso del trato a los enemigos, exime a quienes no pueden ejercer la libertad de no atacar: “¡Franceses, magnánimos guerreros / atesten golpes o reténgalos! / Perdonen a esas víctimas tristes / que a su pesar se arman contra nosotros.” Es un himno bien planteado, ético… pero, ¿a qué se refiere la sangre impura?

En esta época donde se cae fácilmente en lo políticamente incorrecto, el estribillo hace ruido. ¿Por qué no regar los surcos con la sangre de los traidores, o de los extranjeros que quieren esclavizar al pueblo? Seguramente hay una respuesta que desconozco. Quizás sea una metáfora que no tenga nada que ver con razas ni religiones. Si alguien la conoce, ojalá me la haga saber. Por lo pronto, me quedo con lo que dijo un francés cuando le comentaron que era curioso ver a tantos africanos en la selección de Francia. Yo sólo veo franceses, fue la respuesta.

La apuesta de Emmanuel de Mérode

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Durante el día, las nubes de vapor de la carboeléctrica en Weisweiler, al oeste de Alemania, se ven a kilómetros de distancia; por las noches, la intensa luz que irradia impide olvidar su presencia. El monstruo exige enormes cantidades de carbón para generar electricidad. Con el fin de sustraerlo, se han talado hectáreas de bosque y el bombeo del agua del subsuelo ha hecho que más árboles en los alrededores empiecen a morir. Por la misma causa, decenas de casas ‒muchas de ellas con siglos de antigüedad‒ corren el riesgo de derrumbarse. Un pueblo entero debió ser trasladado a otro lugar.

La opinión de la gente está dividida: algunos agradecen el empleo que se ha generado en la zona; otros están satisfechos con la compensación que recibieron para mudarse; otros más opinan que lo sucedido en la región es un mal necesario para solventar la demanda de electricidad. Y están quienes argumentan que el costo al medio ambiente y a la calidad de vida es desproporcionadamente alto. Para estos últimos, el descubrimiento de una fuente de energía fue una tragedia.

En África, el príncipe Emmanuel de Mérode se enfrenta con un tema también relacionado con la riqueza del subsuelo. La República Democrática del Congo es uno de los países más ricos en cuanto a recursos naturales. Paradójicamente, la población sufre en su mayoría de pobreza extrema; no es el único lugar de África y del mundo en donde el territorio se ha explotado en detrimento del bienestar de sus habitantes.

Emmanuel de Mérode es director de un parque nacional en el Congo. Virunga es conocido principalmente por sus gorilas, pero ellos son sólo una de las especies que conforman la asombrosa biodiversidad del parque. Aunque tanto el príncipe como los demás trabajadores de la reserva tienen una relación cercana y afectiva con nuestros parientes primates, su labor no se limita a cuidarlos. Para ellos, Virunga es un foco de esperanza en un país devastado. Fundar sus acciones en las necesidades de quienes viven ahí les ha permitido unir incluso a tribus enemigas. La meta común es convertir el parque nacional en un sitio turístico, respetuoso del entorno, y detener a las transnacionales ávidas de extraer el petróleo que se encuentra en el parque. En este sentido, los gorilas son una pieza clave. El equipo de Emmanuel de Mérode está conformado por congoleses que conocen de primera mano el sufrimiento que implica la devastación de todo un país. Sin ellos, sin su experiencia de vida y su compromiso, Virunga carecería de sentido.

director de Virunga
Emmanuel de Mérode. (Foto: Brent Stirton/Getty Images).

Es verdad que las carboeléctricas generan empleos y que satisfacer las demandas de electricidad es un reto. Sin embargo, el documental “Virunga” nos hace, por lo menos, cuestionar los modelos económicos que dejan al medio ambiente un espacio mínimo. Quienes apuestan su vida por este parque nacional en el corazón de África, nos muestran que existen alternativas y que el éxito de un gran proyecto no tiene que estar ligado a grandes empresas. Sin embargo, Emmanuel de Mérode y sus colaboradores han tenido que defender Virunga a riesgo de su propia vida. ¿Qué los mantiene ahí?

La niebla se levanta despacio en el parque nacional. Unos pájaros rojos y amarillos observan las gotas de rocío antes de reventarlas con el pico. Sus cantos son ricos, con sonidos que se imitan unos a otros. Los insectos de los que se alimentan, algunos de ellos atrapados en las gotas de rocío, son un mundo aparte, un universo por descubrir. Detrás de unas plantas se asoman los ojos expresivos de un gorila. En las instalaciones de la reserva, los empleados se preparan para proteger el lugar.

Mientras las grandes ciudades exigen bienes de consumo a cualquier costo, pequeños poblados luchan por defender sus recursos naturales y recuperar la autonomía. El director de Virunga acompaña a sus habitantes en esta batalla. Es una pelea desigual, pero no está perdida. En otros lugares de nuestro planeta, el concepto de economías circulares empieza a tomar fuerza: el consumismo y la competencia por tener más dinero se cuestiona. Espero que poco a poco, como la niebla que se disipa en Virunga, surja un nuevo modelo económico que no dependa de la destrucción del medio ambiente.

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