Mi alma pesa 172 gramos

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Me encontraba un miércoles entrando en el Viaducto Miguel Alemán camino al Aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México a las 5 de la tarde, en ese tráfico insufrible; a decir verdad, esta vía de comunicación, “neta”, sólo NO tiene tráfico por las madrugadas si es que tienes la suerte de que no te la cierren para pegar posters publicitarios de mayonesas y felices atunes enlatados en los bajo puentes que ahora hasta efectos de sonidos terribles les ponen. Pero como era costumbre, ya se me había hecho tarde y traía vuelto loco al pobre e indefenso taxista por mis embates de histeria, ya que mi vuelo a Guadalajara estaba a poco menos de una hora y media de salir y debía llegar porque tenía una cena importante con un grupo de empresarios locales.

En la ansiedad del momento se me ocurrió utilizar la aplicación de Waze  para tratar de buscar la mejor ruta infalible con tal de llegar lo más rápido y de paso revisar los muchos WhatsApp pendientes; me prestaba a iniciar el tan común ritual automático de tomar el celular, ese fiel compañero que siempre está conmigo y obedece sin cuestionar, la inteligencia de mi “Smart phone” me pertenece… comencé a buscar en mis bolsas del saco mi iPhone 6 plus y no se encontraba, instintivamente llevé a mis manos a tocar las cavidades del pantalón con una destreza entrenada y mi estómago empezó a revolverse ante el vacío de no sentir este familiar rectángulo metálico en mis bolsos; acto seguido me empezaron dolores abdominales de los nervios y busqué con una verdadera histeria frenética en mi portafolio el dichoso aparato y simplemente no lo encontraba.

Literal perdí la respiración y empecé a sudar, de pronto no pude pensar, me sentía en una vil tragedia, inclusive le pedí al taxista que buscara debajo de su asiento y revisé todos los rincones del Tsuru (al cual, por cierto, le urgía una limpieza mayor), y no estaba el inmaculado aparato en ninguna parte. Entré en verdadero pánico y me imaginé todo tipo de escenarios; por mi cabeza pasaron muchos pensamientos macabros ya que sin el celular todos mis planes estaban destinados a “valer madre”… ¿qué pasa si lo tiré en la calle al subirme al taxi o si me fue robado sin darme cuenta? ¡Ohh! ¡Maldita sea!…

Tampoco traía mi ordenador portátil, en un momento en que respiré un poco, caí en cuenta que mi iPhone lo había dejado en el escritorio de mi oficina por distracción y las prisas al empacar lo necesario. Al menos respiré que estaba en un lugar relativamente seguro, pero ¿qué haría sin mi celular en este momento? ¿Debería regresarme por él con la seguridad de perder el vuelo y la cena? ¿Debería seguir mi camino sin él? ¿Cómo iba a llegar a Guadalajara sin recibir ninguna instrucción?, ya que las personas que visitaba me pidieron que les avisara cuando llegase para saber quién me recogería y a qué restaurante dirigirme.

Por supuesto que de memoria no me sabía, ni cerca, el teléfono de alguien, tampoco el de mi secretaria, quien ya se había retirado a su casa; es más, ni siquiera pensé que encontraría un teléfono público.  Me hallaba en un gran dilema y, literal, en mi parálisis no sabía qué hacer, sentí el aislamiento más profundo de mi vida, “desconectado” del mundo porque literalmente mi conciencia es dependiente de ese aparato, más la incómoda sensación de “incomunicación” me llenaba de una ansiedad que en el pasado jamás había sentido por alguna situación similar.

Pensaba en todas las personas que necesitaban estar en contacto conmigo de manera estratégica en las próximas horas; que mis hijas no podrían comunicarse conmigo y llamarían seguramente a “Locatel” o al 911;  que mis padres no me localizarían y pensarían que se había estrellado el avión (y eso que mi madre no es dramática); que al no marcarle llegando a mi novia, creyera que fui a un lugar sospechoso, corriendo el riesgo de que me mande a volar “porque no supo nada de ti en 5 horas”; y  que literalmente si no contestas un WhatsApp o Messenger, piensen que te secuestraron o que algo serio pasó; también, de aquellos correos no contestados de inmediato te cataloguen de informal y poco eficiente en el mundo moderno veloz e insensible de los negocios donde la “velocidad es oportunidad”.

De repente, todos estamos enloquecidos en este modus operandi de las conductas sociales que estos aparatos ya nos han heredado y sin duda la comunicación “cambio para siempre”, ya nadie entiende y no tolera de plano que estés “fuera de línea”.

A pesar del escenario tan negro, decidí seguir adelante con mi camino y arriesgarme de poder encontrar otros métodos de comunicación. Me sentía como “súper héroe” por decidir semejante tontería y, “neta”, ahora que escribo estas palabras me pregunto qué pensaría mi bisabuelo que estuvo incomunicado con su esposa por 4 meses cuando huía de las persecuciones y las masacres en Polonia en su camino a México en 1928, y aquellas filas en el año de 1992 en el teléfono público de 50 centavos que me aventaba en los “los gallineros” de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Anáhuac cuando hablaba a casa para avisar que me iría con mis amigos y, por cierto, recuerdo que era el pretexto perfecto para conocer chavas porque sabíamos que ahí se juntaban todas… y con todo esto, en mi delirio fue que le pedí al taxista que me vendiera unos minutos de “tiempo aire” de su amigo kit y  así pude avisar a casa de mis padres (el único teléfono que me sabía de memoria y que por “mero churro” todavía estaba en mi disco duro mental), quienes pudieron avisar a mis seres queridos de la “espantosa” noticia de que había olvidado mi celular.

Ya en el pasillo del flamante avión Boeing 737-800 de Aeroméxico y como yo era el último pasajero en subir, pude ver que todos, y digo literalmente “todos los pasajeros”, en fila por fila tenían el celular en la mano escribiendo mensajes de último minuto. Me senté en mi asiento 24 A casi al final del avión y, por primera vez en mucho tiempo, estaba viendo a la sobrecargo explicar cómo usar la mascarilla de oxígeno en caso de despresurización, porque he de confesar que últimamente ya no las pelaba ni en broma, ya que siempre que viajo ando en el WhatsApp mandando mensajes como loco como si no hubiera mañana y como si nada existiera más que la pequeña pantalla, porque ya volando no hay señal y quedaría atrapado en la tragedia y el drama de estar en “modo vuelo” por unas horas. Me senté como todos y me sentí triste al darme cuenta que ya estaba perdiendo la cabeza como si mi realidad no existiera; sentí con ganas de llorar.

Ya en el Aeropuerto Internacional de Guadalajara no tenía la más remota idea de qué hacer. Por suerte había en la puerta un tipo sonriente con mi nombre impreso en una hoja de papel esperando y me llevó al flamante y chic restaurante con una decoración terrible de huesos y osamentas animales pintadas de blanco en las paredes, en donde ya me esperaban los directivos con quienes me reuniría. A pesar de que todo resultó ser una exitosa reunión, en momentos me sentí avergonzado de pensar que pude haberme perdido de esto; sentí un ridículo extremo que mi capacidad intelectual ya me hubiera hecho un zombi como todos.

Llegando por fin a mi habitación pude hacer algunas llamadas de teléfonos dictados por mi madre por el extraño aparato telefónico de “botoncitos” del lugar. Por cierto,  no me acordaba que hablar de larga distancia de un cuarto de hotel salía más caro que la renta de la habitación misma y de las llamadas “por cobrar” que hacíamos en nuestras desesperadas llamadas del pasado… Ya por fin mi cabeza en la almohada, con mi cuerpo inerte sobre el colchón, con pleno ataque del SAC, Síndrome de Abstinencia Celular, miraba al techo y por la ventana al infinito me di cuenta que de verdad ya era totalmente co-dependiente mal plan de “estar en línea”,  mi máquina fiel compañera me faltaba y sentía un vacío importante, me sentía desnudo, literalmente descobijado, las lecciones y las ironías fueron crudas y al darme cuenta que, según yo, un hombre letrado, profesionista, evolucionado, con posgrados en varias disciplinas, practicante del cinismo filosófico, seguidor de la ética de Spinoza y liberal de ideas y espíritu, le aventaba discursos-sermones a mis hijas sobre el excesivo uso del celular en cada sentada de restaurante, dándome cuenta que ya estaba más “enfermito” yo mismo que ellas o cualquier adolescente o millenial.

Mi iPhone 6 plus quiere mi atención todo el tiempo, lo reviso cientos de veces diarias por impulso en cada segundo que tengo libre, en el auto, en el baño, en las salas de espera, caminando, caray, ¡¡en todos lados!! Literalmente ya soy un esclavo absoluto de algo que supuestamente te ayudaría a ser más “libre” en teoría, y la necesidad tan tremenda de estar recibiendo y mandando mensajes compulsivamente, de ver el Facebook y glorificando mi ego con los likes, que son “la nueva nicotina cerebral”, una adicción de dopamina emotiva. Cada vez que abres tu teléfono obtienes un premio-reward que dice que realmente importas; los urgentes mails y las tonterías que todos mis “amigos” suben, los memes y los videos porno que todos los grupos de cuates exponen,  ya son una privacidad inexistente, los tweets de Trump y su amor por el presidente Ruso Vladimir Putin y su nuevo cuate Comey, ex director del FBI,  así como el pastel de chocolate que se está comiendo un amigo en un restaurante en Malasia que, en realidad, ¡me importa un carajo! También mi supuesta forma de expresión de ideas que honestamente a nadie le importa con tantas y tantas cosas que 3,500 millones de personas de casi 7,000 millones de habitantes en el planeta que tienen acceso a las redes sociales “suben” diariamente cualquier cantidad de cosas sin identidad ni rostro.

Ahora entiendo por qué la OMS (Organización Mundial de la Salud) en sus intentos por medir la felicidad en los jóvenes, actualmente sostiene que la “conectividad y la pertenencia al círculo social cibernético” es vital para la satisfacción y calidad de vida en un adolescente por arriba de tener ¡¡trabajo, dinero y familia!! Instagram y Snapchat estuvieron hasta arriba del estudio como las redes sociales más “emocionalmente dañinas en los jóvenes” en su integración y desarrollo social; y obvio también, ya la misma institución está empezando a emitir alertas serias sobre los efectos en la salud mental y las transformaciones sociales que estos aparatos han creado en tan corto tiempo. Pero ¿qué vamos a hacer cuando ya todo el sistema funciona así?

En un principio, hace unos años reconocí estos aparatos como un gran tema que tiene muchas virtudes y una gran herramienta sin duda. Lo aceptaba como algo normal en los tiempos modernos que me ha brindado un apoyo absoluto en la comunicación en todos los aspectos de mi vida, sobre todo en lo laboral y familiar,  pero hoy sinceramente pasé todas las “trancas” y todas las delgadas líneas de la moderación,  a tal grado que fui capaz de considerar regresarme por él y perder mi vuelo y mi cena tan importante, y de otras muchas actitudes “lunáticas” que he hecho por olvidar el celular.

A través del tiempo y sin darme cuenta, poco a poco se apoderaba de mi realidad y se trasladaría en mi nuevo espacio físico de mi espacio emocional y mi nuevo “hogar virtual”, donde reside mi estado psicológico emocional y cognitivo, y cada día varios aspectos de mi vida estaban más adentro de esta morada mía: pensamientos, ideas, vida social, vida familiar, negocios, vida financiera, mis secretos, confesiones, mis códigos y claves, mi vida sentimental, contactos, mi pertenencia, mi conectividad, mi entretenimiento, mi música, mi cine y mi literatura, mi fuente e investigación de información literal, ¡ufff!, vaya, se convirtió en mi alma sometida a una religión de nuevos dioses modernos que me hacen recordar de pronto mitos del psique social de programas de televisión pseudocientíficos y metafísicos de History Channel, de algunas películas y discursos tragicómicos de sacerdotes religiosos que afirman que el alma tenía peso físico y que era aproximadamente de 21 gramos.

Sin embargo, más bien concluí que mi alma ya había adquirido forma física real. Finalmente obtuve la luz y, pese a mi escepticismo metafísico, concluí que más bien eran 172 gramos, justo el peso que tiene mi iPhone 6 plus, una extensión neta y real de mí, un nuevo órgano evolucionado integrado en mi biología que Charles Darwin no imaginó como mi par de pulmones, mis dos riñones, mi próstata y corazón, y un supuesto cerebro ya maniatado. Siento que por fin encontré mi “Santo Grial” en mi nuevo sistema extendido y funcional que hasta cuido más que mi colesterol y mi presión cardiaca; me volví ya un ferviente creyente y ciego sirviente religioso de que el hombre si tiene alma física en estos nuestros tiempos, los nuevos dioses del “Olimpo Cibernético” nos juzgan condenados al infierno del “tiempo aire perdido”. Como bien decía el comediante estadounidense Bill Maher: “hoy todo el mundo siempre mira hacia abajo por estar viendo el celular… parece que Philip Morris (fabricante de cigarros) quiere tus pulmones, pero el App Store quiere tu alma.

No soy “moralino” ni nostálgico del pasado y mucho menos criticón, al contrario, esta nueva alma y religión es una realidad inexorable que todos tenemos y que no tiene remedio nos guste o no. Esto ya no depende de nosotros mismos, no está en nuestro control porque ya es un sistema cultural generalizado funcional, un status quo del que todos estamos bajo esta influencia ¡¡hasta el tuétano!! Quizás lo único que me queda es asistir a este curso que acabo de leer de cómo ser más eficiente en el uso de las redes sociales y chance así pueda volver a estar consciente de que mi bella realidad está en mi humanidad y de lo que debe ser la sabiduría de la vida misma.

Hoy empiezo mi rehabilitación de esta adicción con poco optimismo, pero total, hoy nada importa. Sin embargo, en lo “en lo que eso sucede” mis queridos lectores, me despido por ahora porque voy a dirigirme a la Mac Store por mi nuevo iPhone 7 de 128 GB rojo, pues sin duda ya necesito un alma más pesada y eficiente.

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MA cristina Gonzalez GomezTagle

Jose me encanto tu libro
Sigue escribiendo muy ameno simpatico crea conciencia fresco
O sea genial
Felicidades

Greta

Me reí….y eso vale oro. Me hace recordar una frase de Alicia en el país de las maravillas: a veces para siempre es solo un segundo.

Valoro los instantes como el estallido de una carcajada pero a la vez comparto esta adiccion a mi iPhone. Sin embargo seguiré apreciando los segundos y sabré q las hormigas suben por una hoja de hierba y enseguida bajan.

R.Guindi

Muy buena descripción de lo q estamos viviendo Pepe!
Saludos!

jose a Quevedo

Gran relato. Felicidades

Javier B

Un artículo lleno de verdad contado de forma divertida y con un ritmo encantador

Lau Rivas

Eres excepcional …lo asimilas y acepto que eres genial

MagentaCompany

Mh,,, yo ocupo el celular, pero no soy yo el que se pone loco cuando se le acaba la batería o no lo tengo conmigo. Hay algunas otras personas por ahí (que no son mis familiares) que se estresan si no pueden ubicarme o no les respondo inmediatamente, je je …

Jose Aguilar

Jejeje, a mí me pasa igual. Siempre he dicho que les hace falta más a los demás que yo tenga prendido el control remoto.

Jeannette Hamui

Extraordinario relato de lo que es la adicción al celular, y relatado con gran maestría y humor, mi querido Pepe

Mario Bonilla

Excelente analogía en ella reflejas a detalle la angustia de los que ya dependemos en gran medida de nuestro compañero y amigo, el inseparable smartphone, una mezcla de la necesdad y la codependencia que ya tenemos de ellos hoy día en nuestro desempeño laboral, asi nos toco vivir !!

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