Los pequeños poderes

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Hace algún tiempo, no sólo leí, sino que disfruté el libro de Moisés Naim, “El fin del Poder”. Desde el título podemos ver dos tipos de interpretación en castellano. El fin como un objetivo preciso, o bien, como el final, “the end” del poder. Y de acuerdo a su tesis, los poderosos con cada vez menos poderosos, los gobiernos son más difíciles de tripular y ‒algo inédito– los micropoderes están siendo los nuevos protagonistas.

Todo quien haya tenido la oportunidad de participar en la conformación de un gobierno, estará relacionado de alguna forma con lo que expone Naim. En ocasiones, todo ese ímpetu y energía para trasformar las realidades o encarnarse como agente de cambio, de pronto se ve frenado por la realidad, por los diques legales, por los grupos de interés y por aquellas fuerzas pequeñas que amagan a los gobiernos.

Esas mismas fuerzas pueden obrar bien y ser aliados en la transformación de las circunstancias de la sociedad en su conjunto; sin embargo, también puede proceder con movimientos (sincronizados o no) desestabilizadores que trastocan los planes de cualquier gobierno o gobernante, por poderoso que se les pudiera percibir. Ese fenómeno es recurrente en muchas partes del mundo y largas son las listas de ejemplos que gritan que cualquier cosa puede ser posible para estos micropoderes.

Y es que el heno seco agarra lumbre a una velocidad impredecible. Sólo requiere una pequeña chispa para que una conflagración surja de la nada y borre, rápidamente, todo cuanto estuvo ahí y que parecía imperturbable, inamovible, intocable. Esos micropoderes están respaldados por el simple ejercicio de su libertad, por los medios masivos de comunicación y, sobre todo, las redes sociales; la gente que conforma estos movimientos se sustenta en su educación cada vez más cualificada, lo que lleva a incrementar su poder de análisis y compresión de los escenarios políticos. De sus posicionamientos puede surgir una ola pequeña que se hace enorme e imparable en cualquier momento.

Los micropoderes hoy influyen en forma decisoria en la vida de los partidos y llegan a influir en sus tendencias; pueden interferir en la vida de una región e incluso de un país; esos pequeños poderes no siempre se ostentan con siglas sino que actúan bajo una divisa ciudadana apolítica que se activa y se ralentiza cuando los poderes supremos o gubernamentales van más allá de determinadas líneas trazadas por el interés general, la ley o las nuevas banderas ideológicas generacionales.

Es curioso que aquella frase que reza: “El pez grande se come al chico”, ha comenzado a mutar. Podemos afirmar que en el campo de la política esa vieja máxima hoy es debatible.

Se acercan los tiempos en que esos micropoderes que campean en todos los estratos de la sociedad, decanten sus preferencias, le hinquen los dientes a las propuestas políticas de los partidos, induzcan al resto de la sociedad a la reflexión de los temas, y hagan que los que se ostentaban poderosos se amadamen.

Dada la clara tendencia antisistema mostrada por la sociedad mexicana en la última década, en la que la credibilidad en los partidos políticos va en franca decadencia, esos pequeños poderes están llamado a ser una de las fuerzas que mueva el fiel de la balanza. Es difícil encontrarlos, son pequeños en verdad, pero están ahí escuchando y opinando –principalmente en redes sociales‒,  manifestando sus preferencias ideológicas e incidiendo en el sentir general.

Ojo con ellos… Quien tenga esas fuerzas de su lado, puede hacer la diferencia y ser el vencedor de la contienda. Al tiempo…

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