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Mi, mío: la experiencia de posesión, control y propiedad

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El profesor de psicología de la Universidad Emory, Philippe Rochat, es un investigador de origen suizo entrenado por Jean Piaget, el legendario psicólogo del desarrollo. En su notable libro Orígenes de la posesión, afirma que, si bien existen múltiples estudios y teorías sobre el dinero, la propiedad, la territorialidad y los derechos sobre las cosas, escasea el análisis psicológico de la posesión, en especial sobre sus orígenes tanto filogénicos o evolutivos como ontogénicos o del desarrollo. Sostiene que, por ser autoconscientes, los seres humanos adquieren una intensa relación afectiva y cognitiva con los objetos del mundo, en especial con los que poseen y sobre los que tienen control y dominio. Son objetos a los que se apegan y que atesoran en diferentes grados, de tal forma que son capaces de pelear para conservarlos, de compartirlos o de regalarlos y también pueden ser desposeídos de ellos por la fuerza o el engaño.

mio y posesion
Portada del libro “Orígenes de la posesión” (2014) del psicólogo Philippe Rochat y a la derecha, el autor. Nótese la cerca en la portada, una referencia probable a Rousseau.

Para explicar los orígenes de la posesión recurre a dos argumentos. El primero se refiere a los condicionantes de este tipo de mentalidad y conducta en la evolución de los seres vivos, particularmente de los humanos, y el segundo a su desarrollo durante el crecimiento de los infantes. Para empezar, afirma que el restringido hábitat terrestre ha obligado a los individuos a competir o cooperar para controlar los recursos vitales. El sentimiento y el hecho de poder manejar elementos tan valiosos como el alimento, la familia, el territorio, las personas cercanas o la pareja sexual ha sido a lo largo de la historia un requisito para las criaturas humanas que viven en ambientes de recursos limitados y de cara a la muerte.

Eventualmente afloraron requerimientos morales para evitar conflictos, para mantener cierta armonía social y en último término para sobrevivir. Finalmente surgió la posibilidad de resolver conflictos de propiedad mediante acuerdos, normas o leyes, y no mediante la fuerza. Rochat propone entonces que el sentido moral del bien y del mal puede provenir de los conflictos sobre la posesión y que esta facultad se sitúa en los orígenes normativos de la convivencia humana. No le parece extraño que seis de los diez mandamientos judeocristianos se refieran a la posesión y al control de las cosas.

Seis de los diez mandamientos estipulados en las Tablas de la Ley se refieren a las posesiones y propiedades (Figura tomada de https://bit.ly/2RMkc9p).

La profunda raíz de la posesión también se puede observar en la territorialidad de la mayoría de los animales vertebrados. Muchos de ellos marcan el hábitat con olores de su orina, sus heces, o con vocalizaciones tan contundentes como el rugido de los felinos o tan elaboradas como el canto de múltiples pájaros. Además de estos y otros hechos de la historia natural, los estudios de Rochat, a lo largo de la infancia, han mostrado que las crías humanas aprenden rápidamente las ventajas que representa el control sobre las posesiones y el ponerlas en disposición de intercambio. Al canjear propiedades de acuerdo con ciertas reglas, los infantes pronto aprenden principios elementales de lo que es justo y lo que no. La sensación de lo propio y lo ajeno se afianza con la adquisición del lenguaje, en especial de los pronombres personales y se ha reportado que el auto-reconocimiento y el uso de los pronombres se inicia en los primeros dos años de vida en relación cercana con la maduración de la corteza temporal parietal y frontal medial.

Es patente que la tendencia e intensa motivación para poseer viene de lejos y, como consecuencia de esta comprensión, muchas propuestas para mitigar los males humanos derivados de la posesión se han dirigido a contrarrestarlas. Con frecuencia se ha afirmado que la invención de la propiedad podría ser el origen de los males para los seres humanos. En un conocido pasaje de su Discurso sobre la desigualdad de 1754, el ilustrado enciclopedista Jean Jaques Rousseau exclamó lo siguiente:

El primer hombre a quien, cercando un terreno, se le ocurrió decir “esto es mío” y halló gente bastante simple para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: «¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!»

Muchas de las teorías políticas desde la Revolución francesa lidiaron con la posesión, tanto en términos personales como sociales y por ello trataron puntualmente el tema de quién posee y controla los bienes, por qué y cómo. Quizás la manifestación más radical de esta tendencia de la teoría política está en el célebre aforismo “la propiedad es robo” del anarquista Pierre-Joseph Proudhon, propuesto hacia 1843. A los diagnósticos sobre la inequidad se agregaron como remedios necesarios diversas propuestas sobre quién o quiénes deberían poseer y controlar los bienes para lograr una mayor armonía y justicia social. Las teorías igualitarias en general se han opuesto a la noción de que la propiedad y la posesión tienen elementos evolutivos por considerar que sería difícil erradicar o paliar sus causas y sus efectos. Sin embargo, la investigación sobre la psicología de la posesión ofrece evidencias alternas y Rochat examina este tema con esmero.

Pierre-Joseph Proudhon
“Pierre-Joseph Proudhon y sus hijos” por Gustave Courbet (1865). Es interesante anotar los estudios recientes sobre el desarrollo del sentido de posesión en infantes, quienes en este cuadro se entretienen con libros o juguetes.

Además de los fundamentos y motivaciones ancestrales, la fuente consciente de la posesión está en que la persona siente su cuerpo y estados mentales, en especial las emociones, como algo propio. Aunado a esta sensación de propiedad inherente, la posesión de objetos materiales, funcionales o ideológicos entraña por extensión un fenómeno simbólico de incorporación de tal forma que las propiedades vienen a formar parte del ego y de la identidad del poseedor. El vocablo propiedad proviene del latín proprietas, que denota el dominio de alguien sobre algo. Muchos de los objetos más preciados por las personas, llamados significativamente bienes y valores, se toman y se tratan como si fueran parte de sí mismas: tierras, casas, vehículos, prendas, productos. De esta manera, la expansión del ego mediante la acumulación de propiedades de todo tipo ha sido tema central e ineludible en la historia humana. ¿Cómo se configura esta característica afectiva y cognoscitiva de la posesión?

posesion y obsesion del anillo
El sentimiento de propiedad llevado al extremo en el personaje de Gollum y el anillo como una caricatura de la identificación con un objeto y de la lucha por su propiedad (Figura inspirada en la película “El Señor de los anillos” de Peter Jackson).

William James propuso sagazmente que el sentido psicológico de la posesión consiste en una conflagración entre el pronombre mi y el posesivo mío y Rochat apuesta que este embrollo surge del poder que entraña la posesión, lo cual se expresa en los múltiples usos del pronombre mi para abarcar la propiedad en niveles de la realidad que van desde lo íntimo y microscópico (mis genes, mis células), pasan por los órganos y capacidades del cuerpo (mis manos, mi cerebro, mis pasos), por las posesiones (mi casa, mi vida), por las personas preciadas (mi madre, mi esposo, mis hijos), hasta lo supra-personal y colectivo (mi pueblo, mi patria). Es decir: en el núcleo de la psicología humana de la posesión está el poder y la pluralidad conceptual del poseer y del pertenecer. Ese mismo núcleo de propiedades y pertenencias conforma para las personas una parte central, aunque cambiante de su sentido de identidad.

La posesión y la pertenencia son tendencias humanas que tienen una larga raíz evolutiva y profundas motivaciones psicológicas, pero también son elementos maleables y modificables de la autoconciencia, lo cual constituye una posibilidad adaptativa para la especie y sus integrantes.


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