Arte y Dinero

Amar es traicionar

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La pasión nos hace débiles, la entrega nos somete, esclavizados pertenecemos a lo que deseamos. La luz de un ángel reveló el destino del no nacido, le dijo a su madre “tu hijo será un nazareno, dedicará su fuerza a Dios, nunca deberá embriagarse ni acercar la navaja a su cabello, en el que guardará su poder”. Deuda eterna, el cabello crece aun después de la muerte, Sansón virgen y tenaz, persiguió a su destino, y de la advertencia hizo un castigo, cedió a probar lo que no debía: la embriaguez del amor. Dalila hermosa, sabía libertina, recibe al fugitivo, en su casa y en su lecho ella decide el precio, usa su cuerpo contra el cuerpo de Sansón, la seducción inicia como la seducción es: con mentiras. Él, que podía vencer treinta hombres al mismo tiempo, no puede con la piel blanca, los muslos húmedos, el perfume y los senos tibios de Dalila. Ella pregunta, él miente, ella insiste, él vuelve a mentir, hasta que ella le entrega, eso que el cielo no posee, eso que aniquilaría la virginidad de un héroe, entonces la sangre de sus sienes revienta, la palabra prometida enmudece, la anunciación se oscurece y Sansón enajenado de gozo, habla: “es mi cabello, esta larga cauda que me pesa, esta capa que me envuelve, esta masa enredada que me obliga a matar, masa iracunda, insoportable”.

Sansón y Dalila.
‘Sansón y Dalila’ Pascal Blanchard, (1886).

En la pintura de Rubens, en la National Gallery de Londres, presenciamos la consumación de la seducción, el cuerpo de Sansón desvanecido de placer yace dormido sobre Dalila. La luz de la Luna ilumina la escena, el seno excitado de Dalila está cerca de los labios de Sansón que tiene la frente mojada de sudor, él, invencible, perdió la única batalla que nadie gana. Rubens hace de la tragedia una violación, los verdugos cortan el pelo de Sansón inconsciente de su propio sacrificio, unos soldados espían por una puerta entreabierta, y Dalila, agotada, pone su mano en la espalda del héroe y lo mira, con la piedad del que ha sobrevivido a otras traiciones, casi puede decirle “sanarás como yo he sanado”.

Samson and Delilah.
‘Samson and Delilah’, Pedro Pablo Rubens (1609 -1610).

Podemos ver el instante previo, el voyerismo de los verdugos, que tras la puerta escucharon la unión de esos cuerpos, sintieron con ellos cómo la musculatura de Sansón se hundía en la carne dulce de Dalila, esperaron a que él gimiera y gritara, a que ella jugara, y cuando llegó el silencio entraron armados con unas tijeras, la navaja que un ángel advirtió que nunca, nunca debería tocarlo. Rubens se compadece de los amantes, en un nicho hay una escultura de Cupido abrazando a Venus, pidiendo su protección. Dalila y Sansón han sido ultrajados, señalados, él por Dios y ella por los hombres, obligados a cumplir un destino tuvieron que amarse para enseñarnos, que el amor lleva consigo su propia traición.

Vencer a Dios

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Suficientes y absolutos, increados, sin razones científicas ni teológicas, sin certidumbres y en el desamparo de una eternidad de la que no tenemos control alguno, padecemos en la demencia de un poder frágil y voluble. Hemos matado a Dios en cada revolución, en cada adelanto científico, lo matamos con El Capital de Marx, la El origen de las especies de Darwin, la filosofía de Nietzsche, separamos al conocimiento para que, desde su columna, la filosofía, la ciencia, la biología, asesinaran a Dios en cada paso. Levantamos monumentos, implantamos ideologías, hacemos a los líderes inmortales, buscando dioses de piedra que aplasten a los dioses de los altares. Rivalizamos al Big Bang con la Creación, tan arbitrarios resultan los dos que podrían estar inventados por la misma palabra.

Matar a Dios.
Imagen: Deskgram.

Erguidos sobre las cenizas de nuestro espejismo, la Resurrección nos persigue, un Dios que se niega a morir, se hace presente en la más absoluta miseria humana. El Fuego de San Antonio castigaba y evangelizaba con parálisis, espasmos, demencia y gangrenas, desde la Edad Media no tuvo piedad con los pobres. En el Monasterio Hospital de San Antonio en Alsacia, Francia, sin ciencia y sin esperanza, sólo curaba la fe, llegaban los enfermos, impotentes y mutilados, a rogar lo que nunca tendrían. Matthias Grünewald, comisionado por los monjes, pintó el políptico del altar dedicado a San Antonio. En la parte inferior yace un Cristo muerto, llagado por el ergotismo, el mal que condenaba a los hambrientos, infectando el grano del centeno. El Cristo que ha muerto miles de veces recibe las oraciones de los deformes que duermen afuera del templo, saturando las salas pestilentes del monasterio, sin lugar para la especulación, sin tiempo para la duda, queda el refugio incierto de la oración. Los enfermos se arrastraban hasta el altar dejando jirones de piel en el piso, embadurnando con sangre y cantos las cúpulas de la iglesia, hasta que la muerte les daba la paz que sus oraciones no alcanzaban.

'Los cuatro jinetes del Apocalipsis'.
‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’, Durero (s/f).

La sinceridad de la fe es una espada sin filo que agitamos en el aire, y la desgracia es la más violenta evangelización que podrá enviar el credo. Los grabados de Durero del Libro del Apocalipsis, el dibujo llevado a la precisión que le está negada a la ciencia, alarde de virtuosismo que rivaliza con esa crónica desproporcionada, galopan furiosos los Cuatro Jinetes, esos irrefutables emisarios de la fe, la guerra, el hambre, la muerte y tal vez, la duda. El dibujo se convierte en la palabra y nos describe los estados humanos en los que las oraciones regresan, podrían gritar “rezarás en la desgracia, regresarás a nosotros en la más terrible noche y aquí estaremos para no dejarte ir”. Es la tragedia de esta presencia inexplicable, del trayecto de una realidad no pedida, carecer de paz, no encontrar refugio ni en lo que imaginamos superior a nosotros, todo, todo, tiene nuestra insignificante estatura. El arte es ese espacio que nos dice que somos humanos.

La utopía, esa pesadilla

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El conocimiento en gran parte se construye con hábitos, con repeticiones que adocenan el pensamiento en una comodidad que no cuestiona, “demuestran su sabiduría memorizando” dice Rafael el marinero narrador de la Utopía de Tomás Moro. El ideal de una realidad inexistente es una obsesión científica, detonador del progreso, es el destino de su trayecto. El ideal utópico es la proyección de una ideología, desde las primeras utopías, como la Biblia y el Paraíso o la República de Platón, llevan hasta el límite los preceptos de un sistema. La adaptación del conocimiento deformó el concepto “utópico” para hacerlo un adjetivo y un axioma, lo utópico es perfecto y, por lo tanto, inalcanzable, y no es así, perseguir una utopía provoca la deshumanización, es una aberración de la justicia.

Utopía.
Imagen: Pinterest.

En la Utopía de Moro, las ilustraciones son grabados de Ambrosius Hans Holbein, el mapa de esta isla ficticia es una copia de Inglaterra, con las anotaciones irreales de Moro. Los habitantes visten de la misma forma que los ingleses del Renacimiento, para darle más veracidad, es un libro de viajes en el auge de los libros de descubrimientos geográficos. Moro toma un recurso formidable, los narradores de viajes eran grandes mentirosos, lo podemos ver con los libros sobre la Nueva España, que ahora el patriotismo acusa de denigrantes; era parte de la tradición, mentir para vender, como sigue sucediendo en la literatura, para eso es el arte, para eso son los libros, para inventar una realidad. La Utopía es un compendio de crueldades, de abusos y violaciones de los derechos humanos, un libro catalogado como ejemplo de lo que el “humanismo” propone, justamente la deshumanización del ser humano para alcanzar la felicidad. No es una ironía, como se acostumbra a leer, es una advertencia, que además se ha cumplido, todas las dictaduras han tenido pretensiones utópicas, el racismo eugenésico nazi, el comunismo, las aspiraciones maoístas, la igualdad individual y social impuesta que, sin embargo, mantiene la esclavitud, están prefiguradas en la novela. En el primer libro, la discusión sobre el mejor castigo para combatir el robo, las propuestas violentas y las “benévolas” son igual de brutales, no hay salida, los seres humanos carecemos de vocación para la justicia, y la confundimos con venganza.

Los grabados de Holbein de precioso dibujo, le dan credibilidad a la narración, si está dibujado el mapa, entonces existe. Los mapas de Américo Vespucio, el marino Rafael dice haber estado en tres de sus expediciones, están realizados con el mismo estilo, la complicidad del artista aportó ciencia a la mentira, le dio ubicación, el mapa hace tangible la propuesta de Moro. Los habitantes de la isla son felices y no hay problemas porque no existe la propiedad privada, todo, incluso las mujeres son de “uso” colectivo, las emociones no son un objetivo ni un obstáculo, simplemente no se plantean como parte de la existencia. El siglo XX puso en práctica muchas de esas ideas y de otras utopías, y en todas el ideal destruyó a los individuos.

Diosa Luna

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La Luna tiene luz propia, emana de su centro alimentado por las fiebres nocturnas de los embrujados,  por las  preguntas sin responder de los insomnes. La Luna ilumina escaleras torcidas, provoca sombras púrpura que me guían al huir de puertas y premoniciones, que en las noches deliran en los secretos que no revelo. La ciencia sabe muy poco de ella, cree que si envía naves con científicos que hurtan sus piedras y ensucian su silencio, conquistan y triunfan, dan certezas descalificando el misterio, demostrando que el poder oculta su impotencia destruyendo. Celebran el aniversario de su ignorancia, y desde su eterna vigilia, la Luna se burla de que pretendan saber en dónde está y que además, les pertenece.

Luna nueva.
“Luna Nueva” Collage de Deborah Stevenson.

En la lejanía que nos trastorna, que nos pierde en las pesadillas, la Luna está en la densidad de los Conciertos para Dos Violas da Gamba de Monsieur de SainteColombe, que en la austeridad su pequeño estudio interpretaba para la soledad de su alma, piezas que creó con virtuosismo egoísta, dedicadas al espacio de su vacío. Marin Marais fue su alumno por unos meses, rompiendo ese rito del espíritu que se confiesa en la creación, el maestro apenas lo guiaba y lo expulsaba, regresando a su silencio. En las noches Sainte-Colombe y la Luna mantenían un diálogo largo, sabio, amoroso, mientras eran espiados por Marin Marais, oculto bajo una ventana atendía cuidadosamente, memorizando cada nota, cada espacio, entregado al  concierto más pleno que puede dar un artista, el concierto de su alma. Marais así aprendió los secretos de la creación, y años más tarde, así se apartó del mundo, habitando en la realidad  de su música. La luz transparente, líquida, lejana de la Luna lleva esas partituras en sus largos túneles, las violas da gamba producen silencio, el paso de una nota a otra, deja una pausa, un espacio, la continuidad lleva dentro respiración, la música fluye inhalando, exhalando. La ciencia no sabe de eso, el progreso no tiene tiempo, invaden lo sagrado y claman grandes avances para sus minúsculos fines, se embriagan con la estridencia del poder, y no saben eso, no lo saben.

Cara en la Luna.
Imagen: Ameyalli Ocelotl.

En el centro de esa diosa, de esa Luna, los conciertos suenan, los cantos se enredan, el agua de la Luna son lágrimas, los cráteres son súplicas, y esa oscuridad en la que flota, ingrávida y magnífica, es mi alma. No han llegado a la Luna, han entrado en otro grado de codicia, y entre más la ambicionan más la pierden. La poesía no es para los que alcanzaron la gloria, no, la poesía es para Sainte-Colombe, para Marais, para los que estamos solos. La Luna no necesita al Sol, y es falso que brilla con su luz, el Sol es fuego, la Luna es música, el Sol finge abrazarte mientras te calcina, la Luna es la perdición de las tormentas. Nació antes que la Tierra y antes que el Sol, los vio llegar mientras esperaba a que Sainte-Colombe naciera, en su centro laberíntico, vientre y cráneo, vibraban sus partituras que escapaban por los cráteres, se las entregó bañándolo con luz, entonces la música fue para la soledad del alma.

Aprendan

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El paternalismo y la demagogia utilizan a la artesanía y las culturas populares como disfraz ideológico, estar con el pueblo es vestirse de huipil y sombrero. La firma Carolina Herrera, en la Colección Resort 2020, dirigida por Wass Gordon,  se inspiró en textiles mexicanos para realizar sus modelos. La Secretaría de Cultura lanzó una acusación de plagio y pidió “una explicación por el uso de los diseños y bordados de los pueblos originarios”. La explicación es muy sencilla: las grandes firmas de moda extranjeras sí aprecian la belleza de nuestros textiles y por eso los innovan, los interpretan y los llevan a las pasarelas de alta costura. La queja de la Secretaría de Cultura es proteccionista y chovinista. La defensa de nuestros artesanos, y del valioso acervo cultural que producen desde hace siglos, se demuestra con acciones reales de planes de apoyo, comenzando por la educación, ninguna escuela de artesanías es a nivel universitario.

Colección Carolina Herrera.
Fotografía: Colección Carolina Herrera Resort 2020. Tomada de la web de la marca..

En países que valoran esta sabiduría, como China y Japón, existen universidades dedicadas a preservar las técnicas y formar artesanos con grados académicos, que pueden aspirar a becas internacionales y ser doctorados. En Japón no existe la diferencia entre artista y artesano, aquí es artista el que firma cajas de zapatos y no el que hace un bordado exquisito que exige tres años de trabajo, otorgan  doctorados en performance y no en maque de Olinalá. Los artesanos en México son folclor decorativo, sin estatus de artistas, por eso las universidades donde imparten arte no imparten artesanía. La falta de universidades de artesanías mantiene a los artesanos en la marginalidad, con el estatus de “oficios menores” que no pueden cotizarse ni valorarse artísticamente.

Enredarse con la discusión de los derechos de autor es para entretenerse en alardes y trámites sin realizar acciones concretas. Carolina Herrera, Isabel Marant y Zara entienden el potencial estético y comercial de esta belleza artesanal, algo urgente para que nuestra artesanía sea una forma digna de vida. La demagogia quiere a nuestros artesanos vendiendo en tianguis deprimentes, calles y en puestos ambulantes, con los déspotas clientes regateando. Lo justo es que esos textiles desfilen en pasarelas de alta costura, y con los clientes pagando lo que valen. Las técnicas se están perdiendo, los hijos de artesanos prefieren emigrar a Estados Unidos que continuar en la pobreza de un oficio infravalorado.

Pineda Covalin
Imagen: Pinterest.

Aprendan que no sólo existen los horrendos diseños de Pineda Covalin, que denigran la artesanía en materiales baratos y ropa mal cortada, o las obras de arte VIP de Betsabeé Romero, que se burlan de una tradición y la exhiben en los museos. Aprendan en lugar de quejarse y hacerse los ofendidos, vean cómo estas firmas pueden hacer lo que aquí no hacen, no es un asunto de derechos de autor, es un asunto de derecho a crear y vivir dignamente de la artesanía. Los que merecen explicaciones son los artesanos, y no de parte de las firmas de moda, sino de parte de las autoridades de Cultura.

Quietismo

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El dogma del progreso es adicto al cambio, a una trasformación vacía, es la reacción ambiciosa que busca dominar un futuro del que nada sabemos. Los “triunfadores”, “exitosos”, “la gente con ideas”, convocan a los aspirantes a tener más, ser más, conseguir la posición económica que la sociedad impone para no ser perdedor. Credos que no alcanzan a ser religiones ni filosofía, son intereses que guían y definen a la realidad contemporánea. Frenéticos, serán desechados por la misma ambición que los ha convocado.

En el Barroco surgió el concepto de individuo, los descubrimientos científicos y tecnológicos detonaron la carrera insaciable de la modernidad, la filosofía se separó de la teología, y entonces un grupo de rebeldes se negaron a entender el progreso como motivo de su existencia. Decidieron que el silencio y la inacción los acercaba al saber y en el rechazo al mundo estaba la salvación de su espíritu. Los quietistas, los silenciosos, los abandonados, los alejados, los que dijeron NO a ese ruido, los que se entregaron a una paz mítica que no pensaba en el destino.

San Juan de La Cruz inició con esta disciplina que llevaba su fe más lejos de la comprensión religiosa, alcanzando un misticismo verdadero, en la verdad de las palabras y las acciones, sin las dudas que trastocan el camino, que no existe más allá del presente. En el siglo XVII el movimiento fue ferozmente perseguido por la Santa Inquisición, Miguel de Molinos abjuró de su renuncia, en una pérdida dolorosa y cruel, la acusación era la influencia de los místicos orientales, los yogis sanyasis y los budistas, que observaban su propio devenir en la pasividad de la entrega, en la relación de su respiración con el palpitar del tiempo. Agnus Dei de Francisco de Zurbarán es la esencia del quietismo, el cordero, de una belleza inconmensurable, está atado de las patas, reposado sobre una mesa de madera, el fondo negro absoluto enmarca su pureza, su cabeza se ofrece, la mirada en la paz de la rendición. No hay resistencia, presintiendo la violencia de su muerte la acepta con docilidad, con una bondad incomprensible para los seres humanos que vivimos en la histeria del miedo. El realismo de la obra, la exactitud de la textura del pelo, el volumen del cuerpo, le da vida, es la verdad per se del silencio.

La contemplación por encima de los actos morales o religiosos, la impotencia del ser humano consagrada en renuncia, la escucha del diálogo divino ausente de palabras, y ese cordero, vulnerable, indefenso, atado, contempla, escucha, espera, y en su innata sabiduría acepta, ésa es la belleza de la pintura, y en esa quietud está la más valerosa rebeldía. Los triunfadores contemporáneos, los que ambicionan cambiar el mundo, que se despedacen con su ruido, en ese cordero está la sabiduría que la sociedad les tiene proscrita.

La Orestíada

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“Mientras una soberbia antigua suele engendrar una soberbia nueva” dice el coro en La Orestíada de Esquilo, advirtiendo la tragedia que inundará de sangre la casa de Agamenón. Pasó el tiempo de la tragedia, hoy son tiempos moralígenos, somos una civilización soberbia, despreciamos las pasiones, los maniqueos señalan lo bueno y lo malo. En el Teatro El Galeón presentaron La Orestíada en una versión del dramaturgo inglés Robert Icke, dirigida por Lorena Maza. Es teatro a la medida de la fácil psicología contemporánea, “cristianizado” con personajes “más humanos”, es decir, más mediocres, sin heroísmo. La anécdota no fue adaptada, fue simplificada, reducida a la estatura de un pensamiento incapaz de retar a los dioses al enfrentar a su destino.

En la versión de Esquilo, la acción se desata cuando Agamenón sacrifica a su hija Ifigenia para ganar la Guerra de Troya, que ya lleva diez años de infortunios, la ata como a una cabritilla y la degüella, los dioses y Zeus son testigos de la sangre negra en el altar. Es tal el horror que Agamenón pide que la amordacen para que no lo maldiga. En esta versión políticamente correcta, Agamenón, “va al trabajo”, platica con sus hijos, Electra, Orestes e Ifigenia, les pregunta “cómo estuvo su día” y cenan en familia, el sacrifico de Ifigenia no existe, en una dulcificación apta para una serie de televisión, le recetan unas pastillas y muere dormida. Patético. La grandeza del sacrificio, ritual y dramático, se sustituye con una descripción efectista de las sustancias y las reacciones corporales.

La Orestíada.
El sacrificio de Ifigenia de Felice Torelli (1667-1748).

Clitemnestra y Agamenón son una pareja de telenovela, tienen una larga e inútil discusión sobre el asesinato de Ifigenia de “no la mates” y “si la mato”, que obviamente no llega a nada. El juicio de Orestes por matar a su madre parece terapia de las constelaciones familiares. Las actuaciones, algunas, son sobresalientes y compensan a los actores jóvenes esforzándose en parecer unos niñatos rebeldes; el asunto es que con un texto traicionado la tragedia se degrada en nota roja. La familia de Agamenón no es una familia de tantas, es mítica, y cada uno representa a un arquetipo intemporal, si lo “adaptan” lo caricaturizan, y la tragedia es desproporcionada para un personaje pedestre.

La escenografía sobre una larguísima mesa, recurso muy copiado del teatro polaco de hace años, y con elementos de arte VIP, imita los trapos manchados con “sangre de cadáver” que Margolles llevó a la Bienal de Venecia, y en el piso la grieta que se abre de Doris Salcedo de la Sala de Turbinas de la Tate en el colmo de la literalidad, como es una familia fracturada, pues la grieta, y como hay muchos muertos, pues los trapos, la metáfora aniquilada por la actualidad.

Los clásicos adaptados pueden ser muy certeros porque su poesía y filosofía son intemporales. Hamlet de Shakespeare es una versión excelente de Orestes, pero en esta versión de Ike el texto aniquila a la poesía. Es tiempo de ser correctos, resolver la vida con ansiolíticos y omeprazol.

Un día sin becas

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Las profecías de los dioses se acercan, Casandra, que castigada clamaba vaticinios ininteligibles y certeros, anuncia que los becarios conocerán la realidad de la clase trabajadora. Los becarios aterrados buscan refugio en Twitter, mientras la realidad se acerca demoliendo ilusiones. Los becarios han visto en el paisaje la larga fila de solicitud de empleo y las hordas peleando por un sitio. En sueños turbios han visto cómo sería un día sin becas: la Diosa Transparencia devela los nombres que devoran el banquete en la oscuridad, humillados por la luz de la verdad, aúllan, lloran, piden regresar a esa penumbra privilegiada y la opinión pública grita sus nombres. Ser “becario” se ha convertido en sinónimo de un privilegio injustificado que inventó el poder para comprar a lo que en ese momento creían la “clase intelectual”.

Transparentar los nombres, periodos y cantidades recibidas, le llaman persecución, a tal grado ha llegado la arrogancia de una nueva burguesía, que además declara públicamente que ese apoyo sirve “para no preocuparse por los gastos de fin de mes”, y que se justifica “con hambre es imposible crear o escribir” porque su vocación depende del financiamiento gubernamental. Repudian cualquier mención, la propuesta de renovar el FONCA es un “ataque a la cultura, el arte y la literatura”, ese grupo no representa a la cultura ni al arte, representa a los becarios, y la mayoría de ellos destacados y permeados mediocres que han recibido varias veces esos apoyos únicamente por estar relacionados con los jueces y las autoridades.

Revelar el funcionamiento del FONCA no es persecución, es transparencia, en su enorme y convenenciera incongruencia quieren un cambio en el poder pero no quieren que ese cambio les afecte en su anquilosado beneficio. Recibir esas becas seis veces, y después continuar el resto de su vida con un pago mensual no está plenamente justificado por el mérito. Es autoritarismo pedir que el 8 por ciento del presupuesto de la Secretaría de Cultura destinado para estas becas, sea manejado sin auditorías, transparencia y rotación, sin una procuración real de excelencia y justicia, que deje fuera a los enchufados para darle sitio a personas talentosas.

Ser “creador” no significa ser inmune, es una decisión profesional que debe llevarse con madurez social, y con los recursos legales que se aplican a cualquier funcionario público, porque si reciben un pago del Estado entonces deben ser tratados como asalariados estatales. Los becarios del FONCA piden ser tratados como “iluminados”, ajenos al sistema económico y social al que pertenecen y gracias al que están recibiendo una mensualidad. El FONCA es un sistema corrupto, si piden que no cambie y no se trasparente es porque son parte de la corrupción. Las becas las pagamos todos con nuestros impuestos, entonces es un derecho social elegir a quiénes debemos apoyar para crear “el arte, la literatura y la cultura” de este país, mientras no sea así ya es momento de que sepan lo que es vivir sin becas.