Sombras engañosas

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Huentitán descansa en un valle desde el que se alcanza a ver muy lejos. Hay quienes aseguran vislumbrarlo detrás de los arcoíris. Porque, en Huentitán, el infinito tiene fronteras de mar, estrellas y ríos.

Los pocos forasteros que llegan a la cañada se sientan a descansar en la piedra de la Sierpe. El sudor les empapa la cara. Cuando por fin miran con ojos limpios, descubren la inmensa cañada bajo el acantilado. Voltean despacio, temerosos de que el valle sea un espejismo, y las montañas arrugadas, cobijo de la planicie, les dan ganas de llorar.

Las ánimas de los muertos de otros tiempos se han ido, pero en las noches de lluvia, seguros de que la gente está guardada en sus casas, los difuntos nuevos recorren las calles. Necesitan cobrar valor antes de cruzar el río que separa los mundos, sabiendo que regresarán a Huentitán sólo en sueños.

Barranca de Huentitán.
“Barranca de Huentitán”, Armando Anguiano (s/f).

I

Mateo se acurruca en su manta. ¡Qué frío sabe hacer en el valle! Los huesos gastados por los años no le permiten olvidar la temperatura, pero cuida que no se noten sus achaques. Únicamente de noche, con Isabel dormida, se permite un leve quejido. Casi de su misma edad, ella no sufre de nada. Sus ojos grises brillan en una cara sin un espacio libre de arrugas. A Mateo le gusta verla dormir, silenciosa como sus visiones. Además, en el cuarto apenas iluminado por una veladora, es sólo suya. Depende tanto de su presencia que le asusta entrar a la casa y no encontrarla. Arruga la frente en un gesto de frustración y sale a acechar sus pasos en la puerta. Ella da poca importancia a sus reproches.

̶ Ni que fuera a dejarte por otro más nuevo. Y de morirme, no tengas pendiente, antes, voy a verte bien sepultado.

Isabel no le temía a la muerte. Sus sentimientos cambiaron el día en que se encontró en el cerro con el loco del pueblo. Había ido a cortar nopales y lo vio acercarse por la vereda. Pensó en esconderse, siempre le había dado miedo la gente conectada con otra realidad, pero el hombre se acercó a ella y susurró en su oído:

 ̶ Si Dios fuera bueno, sería un inútil y el Diablo le hubiera ganado. Pero no hay nada, nada. Dios y los ángeles son inventos del cura. Alimento para gusano, eso somos, para eso nos crearon.

Pareja de ancianos.
Imagen: Pinterest.

Las palabras que el loco repetía sin dejar huella en el oído de quien se cruzara en su camino cimbraron a Isabel. Se despierta en las madrugadas, incapaz de imaginar la llegada al cielo, rodeada de los ángeles que la acompañarían a cruzar el río entre este mundo y el otro. Cuando el sol baja, se esconde para no verlo morir. Se le han nublado los ojos y nuevas líneas surcan las comisuras de su boca.

II

Las plantas de Isabel se marchitan. Desde que Mateo está enfermo, sólo le interesa su respiración.

̶ Coma -le ruegan sus vecinos-, va a enfermarse usted también.

Ella mira los alimentos, después a quien los llevó y hace un esfuerzo, pero la comida se le atora en la garganta.

Mateo está tendido en un petate sobre una manta que lo protege de la humedad del piso. Isabel lo cambia de postura y sale un momento al patio. Necesita aire, necesita sol, ya no sabe qué… Se asoma al agujero negro del pozo y su profundidad la estremece. Sus dedos se aferran al bordo de piedra.

La anciana se empeña en retener el alma de Mateo. Se ha olvidado de Dios, sólo recuerda lo oscuro que es el cementerio en la noche. Lo vela sentada en el piso, los ojos abiertos detrás del rebozo. No lo toca, sus dedos le dirían cosas que prefiere ignorar.

̶ Te dije que no me iba a ir antes que tú -le dice-, pero ya me arrepentí. Espérate y nos vamos juntos.

Pareja de ancianos.
“Old couple”, Hilda Goldwag (s/f).

El humo de la veladora la marea. Se levanta y vuelve al patio. Tiembla de náuseas, quisiera acostarse sobre la yerba. El perro de Mateo se acerca con la cola entre las patas y ella lo acaricia.

̶ Se nos muere, Capitán.

Isabel se acomoda el rebozo y sale a la calle. Se encamina hacia la parte más sola del pueblo, en las faldas de los cerros. Pasa entre la vegetación apenas herida por una brecha y llega a una casa apartada de las demás. El interior es oscuro, huele a pirul, a humo, a sangre seca. Una mujer muy vieja se recorta en la penumbra, se acerca y le toma la mano. Isabel se suelta:

 ̶ Vengo a que me ayudes.
̶ ¿Tú?
̶ Te puedo pagar.
̶ No lo que te pediría.
̶ Mateo se está muriendo.
̶ ¿Y tus remedios?
̶ No le sirven.
̶ ¿Y tus santos?
̶ Si me oyeran, no hubiera venido.
̶ Y ahora te tragas el orgullo. Hasta se te ha de haber olvidado que saco ventaja del dolor ajeno, que hago brujerías y según dicen, cosas del demonio.
̶ Ayúdame.
̶ Puedo hacerle la lucha.
̶ Tienes que hacer más que eso.

La otra mujer descuelga con un palo la canasta con yerbas que cuelga de una viga.

 ̶ ¿Camino a tu lado o te sigo para que no te avergüences?
̶ Sólo apúrate.

En la calle, la gente las mira. Qué bajo ha caído Isabel… Todos lo hemos hecho, cuando de veras se ofrece, no repara uno en nada… Pero no con ese descaro, mírala, camina junto a ella, después de lo que pasó… Pobre, no sabe lo que hace.

La Mére Pichaud.
“La Mére Pichaud”, Guy Rose (1890).

III

Isabel está concentrada en el movimiento del pecho que parece la única parte aún viva del cuerpo de su marido. Una lechuza canta y ella se encoge, esperando lo peor. Sin embargo, Mateo se despierta y la mira. Sirvieron las brujerías de Balbina, piensa Isabel. Se inclina hacia su marido, pero al acariciarle la frente, sabe que es el fin. Ve la resignación en sus ojos, siente cómo los músculos se relajan. El cuarto también ha cambiado; el resplandor de la luna, hasta hace unos momentos escondida detrás de las nubes, alumbra al Cristo en la pared. El viento se ha callado, igual que los grillos suspendidos en el tiempo inmóvil de Isabel.

 ̶ Déjame ir –murmura Mateo. Ella aprieta la mano de cicatrices tan conocidas, entrelaza sus dedos con los suyos y los suelta una a uno.
̶ ¿Ves cómo no es difícil? –alcanza a decir Mateo antes de expirar.

La luna se oculta de nuevo y un chiflón apaga la veladora. Isabel la enciende sin que le tiemblen las manos, después se acuesta junto a quien fue su compañero.

Sueña que está rodeado de criaturas deformes, de cempasúchil, de serpientes más feas que los tilcuates, de claridad, de tinieblas, de ángeles y de perros. Un hombre vestido de blanco la mira a los ojos. No es bueno ni malo, es Dios.

Isabel no volvió a tener miedo y comprobó que son perros, no ángeles, los que nos acompañarán a cruzar el río. La próxima vez que venga el señor cura, se lo dirá.

Old Man on his deathbed
“Old Man on his deathbed”, Gustav Klimt (s/f).

IV

Isabel recorre el camino a casa de Balbina sin esperar que baje la niebla para esconderse en ella. Ahora que Mateo ha muerto, atraviesa despacio el pueblo ondulante de sol. Para distraerse, cuenta las jacarandas, los huamúchiles, las guásimas y los mezquites. Cuenta los pájaros y las mariposas.

Se detiene en la brecha que casi desaparece. Intenta rezar, pero el ruido de las chicharras le empaña el entendimiento. Se acomoda el rebozo, exasperada con el temblor de sus manos, después aspira profundamente y deja salir el aire poco a poco, como les enseña a los enfermos que sufren un dolor intenso. Cuando las manos se aquietan, empuja la puerta. Adentro, es de noche. Las siluetas de las dos ancianas se reflejan a la luz de la vela, sus sombras tiemblan en los muros cubiertos de salitre. Isabel tiene la expresión de quien se juega el orgullo. La de Balbina es resignada, está acostumbrada a perder.

 ̶ Vengo a perdonarte. Ya estoy vieja y no quiero morirme con tus pecados en la conciencia.
̶ Yo me ocupo de mis pecados.

La voz es cortante, pero Isabel percibe el desconsuelo. No quiere apiadarse. Aprieta los puños y retrocede en el tiempo.

Estaba recién casada. Ese día subió al cerro a buscar el mezcal que cura los golpes. Como crece lejos del pueblo, pensó regresar al atardecer, pero cuando el sol no había siquiera llegado al centro del cielo, encontró unas pencas. Mientras las cortaba, la asustaron los graznidos de una parvada de cuervos; volaron muy cerca, pudo notar la rugosidad de sus patas. Se persignó tres veces, una por cada uno de sus difuntos, y emprendió el camino de regreso, sabiendo que le esperaba una desgracia. Al abrir la puerta de su casa, le sorprendió que Mateo saliera del corral a esa hora. Gritó su nombre, pero él no la oyó.

Entonces vio el cuerpo desnudo de Balbina.

 ̶ Mírame bien –le dijo cuando pudo reaccionar– porque es la última vez. Desde ahorita, para mi estás muerta.

Ella le rogó que la escuchara, pero Isabel se desprendió de los brazos que estrujaban sus piernas, la tomó de los hombros y la sacó a la calle. Luego entró de nuevo en la casa y se sentó a esperar a Mateo. A partir de entonces, Balbina trabajó en los peores oficios, hasta que descubrió sus poderes. Descuidó su aspecto, se hizo fea a fuerza de voluntad. La gente empezó a temerle y los niños a aventarle piedras. Quienes le pedían una limpia o un trabajito, se iban deseosos de alejarse de la guarida llena de olores prohibidos. Balbina guardaba los odios y los secretos del pueblo con indiferencia. Con la cabeza en alto, despreciaba el silencio que se hacía a su paso. En algunas noches claras, la explosión ronca de su llanto asustaba a los animales.

Hermanas.
“Hermanas”, Vahe Yeremyan (s/f).

 ̶ ¿Y a Mateo? ¿Por qué a él si lo perdonaste?
̶ Porque no lo quería. Me casé con él por necesidad, para tener a un hombre que nos mantuviera.
̶ Y luego decidiste quererlo. A mí me echaste a la calle.
̶ Eras mi hermana.
̶ No toda la culpa fue mía.

Isabel la silencia con un gesto y sigue hablando:

 ̶ ¿Cómo habría podido un hombre, Mateo, o cualquier otro, aguantarse la tentación? A poco ya se te olvidó lo que fuiste, cómo te seguían las miradas.
̶ Eres más mala que yo.

El aire caliente del cuarto sofoca. Isabel mira a su alrededor. Del techo cuelga la canasta con pócimas y la mesa aún conserva rastros de sangre de gallina. Ahí está el cirio de sus padres y, en un clavo, el vestido que ella le hizo para sus quince años. Sintiendo suya la angustia de la soledad de su hermana, se dobla hacia adelante. Cuando se endereza, el rebozo de Balbina se ha deslizado y descubre el pelo ralo lleno de nudos. En la época en que vivían juntas, Isabel lo cepillaba cien veces en la mañana y cien en la noche, le untaba aceite, lo ataba con una cinta roja. Cómo envidiaba su brillo, el movimiento ondulante con que se desprendía del peine. Cincuenta años más tarde, se miran por última vez. Las sombras engañan a Balbina, la hacen creer que su hermana camina hacia ella, cuando en realidad se dirige a la puerta. Encandilada por la luz del día, Isabel se tarda en verla a su lado. El rebozo se ha deslizado de nuevo y la claridad de la calle deja al descubierto pequeñas calvicies. Cuánta voluntad habrá sido necesaria para transformarse de esta manera. Isabel alarga una mano y acomoda el rebozo.

 ̶ Si puedes, tú también perdóname –le pide y los ojos de Balbina le devuelven el reflejo de una anciana necia que no sabe cómo abrazar a su hermana.

La lluvia baja del cerro donde abundan los coyotes. En los patios se forman pequeños hilos de agua, después arroyos. En el camposanto, el agua empapa las tumbas llenas de huesos, vacías de espíritus. El ánima nueva de Mateo deambula por el pueblo, harta de acumular insomnios.

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