Cien años de la Sociedad de las Naciones, lecciones para la Cooperación internacional

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“Ginebra casi no sabe que es Ginebra”. Escribió alguna vez Jorge Luis Borges, para referirse a la que fue la ciudad que eligió como morada después de la muerte.

Ahí, en esa Ginebra tan propicia a la memoria del gran escritor, a mediados de noviembre de hace exactamente un siglo, tuvo lugar la primera Asamblea de la Sociedad de las Naciones.

También conocida como Liga de las Naciones, su formación es resultado directo de los Acuerdos de Versalles, con los que se da fin a la Primera Guerra Mundial.

En esa medida tiene, decirlo borgeamente, tiene dos fundaciones. Una, ligada al Tratado, el 28 de junio de 1919, y otra, que es propiamente la que se reconoce, el 15 de noviembre de 1920.

Dos fueron los objetivos que se trazó la Liga de las Naciones en los 26 años que duró su vida institucional.

sociedad de naciones
Imagen: UN.org.

Si bien, logró resolver algunos conflictos durante los primeros años de su existencia, la disrupción trágica que significó el advenimiento del nazismo, primero, y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, después, echó por la borda cualquier buen propósito.

Resulta significativo que, en la redacción de la Exposición de motivos, el texto final haya colocado a la cooperación internacional aun antes de la preservación de la paz.

La cooperación en aquella visión era pues, al menos en cuanto a intención, un asunto sustantivo y no un mero adorno retórico.

La urgencia de resolver tensiones bélicas orilló a la Liga de las Naciones a prácticamente dejar de lado aquella primera intención.

Así se le achaque ineficacia para prever que la Segunda Guerra Mundial se avecinaba, es insoslayable que la Sociedad de las Naciones figura como antecedente de lo que después sería la Organización de las Naciones Unidas.

Bajo ese prisma, resulta de vital importancia acercarse al segundo pilar que la propia Sociedad de las Naciones se impuso desde su fundación: la cooperación internacional.

naciones unidas
Imagen: UN.org.

La capacidad, y oportunidad, que la ONU ha tenido de contribuir a través de la cooperación a la construcción de un orden internacional menos inequitativo e inestable, es de grandes proporciones.

La primera semilla de ese espíritu se halla en la Centenaria Sociedad de las Naciones. Justo es reconocerlo a un siglo de su formación.

Pero más importante aún, adquiere un realce mayúsculo en la hora actual del mundo azotado por la pandemia.

Si ya antes la cooperación internacional era un motor esencial en el reconocimiento de la responsabilidad colectiva que los Estados guardan en relación con las naciones más rezagadas, la coyuntura sanitaria actual no deja lugar a dudas sobre este precepto.

La búsqueda de una vacuna ha abierto una primera vertiente, sobre la cual durante los últimos meses las naciones han buscado participar colectivamente de las investigaciones y pruebas.

Sobre esta misma primera vertiente, Estados de todo el orbe se han dado a la tarea a través de organismos multilaterales, como la propia ONU, desde luego, de ser parte de la construcción de instrumentos que garanticen que una vez hallada la vacuna, todos los países tendrán acceso a ella.

vacuna cooperacion internacional
Imagen: Purdue.

En ese contexto, honrando su histórica contribución en el orden multilateral, México presentó una iniciativa en la ONU que llama a corresponder a la necesidad global de la eventual vacuna, asegurando su justa distribución y acceso.

La segunda vertiente en la que la crisis sanitaria ha colocado a la cooperación en el centro es el avistamiento de ese nuevo estado de cosas, incluido un nuevo orden mundial, que sin duda alguna habrá de devenir del azote del coronavirus.

La Era Post-COVID 19, sea cuando sea que ella comience, está siendo trazada desde ya, y en ella más vale entender que ese futuro que se avista no puede emerger sino bajo la conciencia de la cooperación como responsabilidad global.

Existe, en ese sentido, una amplia aceptación planetaria que reconoce que la urgente situación de salud que se extiende por todo el planeta ha venido a evidenciar, aún más, el saldo de, al menos, dos crisis que le acompañan.

Tres crisis planetarias, decía hace poco la brillante economista Mariana Mazzucato, debe reconocerse en la hora actual: la crisis de salud, por supuesto, pero al lado de ella, la crisis económica y, de hondas consecuencias futuras (y presentes), la crisis medioambiental.

crisis de la salud
Imagen: M Soria.

En medio de esas tres crisis, Mazzucato llama a repensar la función del Estado no como esa maquinaria que debe hacerse a un lado para que las fuerzas “libres” del mercado todo lo ordenen.

El Estado debe participar activamente de las responsabilidades sociales que le corresponden, dice Mazzucato. Y lo debe hacer, debe agregarse, también, y muy señaladamente, como parte de una realidad radical e irreversiblemente global.

Justo ahí es donde la cooperación multilateral se torna, hoy más que nunca, en un elemento central en la construcción del nuevo horizonte de las colectividades humanas.

Ginebra, gustaba decir Borges, se ha renovado sin perder sus ayeres. La renovada concepción e ímpetu de la cooperación internacional en el presente habrá de hacer lo propio. Perdurar en el nuevo brío.

Más intensa, más amplia.


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