Analicemos la convergencia y la correspondencia de lo mental y lo físico en un caso concreto y cotidiano de la experiencia sensorial: el color verde. Un color verde definido tiene un aspecto físico cuando la frecuencia de una onda luminosa se establece en las cercanías de los 530 nm, o se describe por qué la clorofila de las plantas rebota esta onda hacia posibles videntes. Ese verde es también un hecho neurológico de orden sensorial cuando se establecen los efectos de una onda de esa frecuencia sobre los conos M de la retina, que son óptimamente sensibles a esta luz, y sobre su pigmento específico, la cloropsina, que absorbe sus fotones. Sin saber lo que se pierden, son desafortunados quienes por una falla genética carecen de estos conos, una forma de daltonismo llamada deuteronopsia, la imposibilidad de discernir el verde. El verde es un hecho neurológico de orden cerebral cuando se describe el efecto de las señales provenientes de los conos M sobre la corteza visual situada en el extremo occipital del cerebro y, un poco más adelante, sobre el módulo V4 involucrado en el reconocimiento de los objetos del campo visual y la discriminación cromática, aunque se sabe que las áreas visuales procesan al mismo tiempo la forma y el color de los objetos. El verde es un hecho psicofisiológico cuando la luz proveniente de dos objetos diferentes produce la misma respuesta en los tres tipos de conos de la retina, en cuyo caso el sujeto los verá exactamente del mismo color, aunque difieran sus espectros o su reflectancia.


Llegamos así a estipular que el color en general, y nuestro verde en particular, es la sensación subjetiva de un individuo cuando ve, imagina o sueña algo con este tinte. El verde es otro evento mental, distinto al sensorial pero ligado a él por la memoria, cuando se comprende el significado de la palabra “verde.” Para especificar el matiz, se suelen agregar a esta palabra otras que evocan objetos con un tono particular, como verde bandera, esmeralda, turquesa, lima o primavera, entre otros. Éste es el terreno de las cualidades sensoriales, la experiencia subjetiva de ver o rememorar un determinado color, escuchar un timbre particular o sentir una emoción específica. Se las consideran inefables, pues no se puede explicar un color a un ciego de nacimiento, ni podemos saber con certeza si el matiz de verde percibido por varias personas ante el mismo objeto es el mismo. En los linderos semánticos del término “verde”, también puede ocurrir otro tipo de evento mental, metafórico y afectivo, si se insinúa o se evoca en la conciencia su efecto equilibrado, refrescante o tranquilizante.
Pero falta un elemento central en la ecuación: además de sus aspectos lumínicos, cromáticos, neurológicos, psicofisiológicos, sensoriales, lingüísticos o metafóricos, el verde necesita ser comprendido como el tinte de una percepción ligada al mundo y que sirve a los sujetos para muchos propósitos: contemplar un follaje, catalogar una hierba, abrirse paso en la espesura, apreciar la máscara del rey Pakal, disfrutar La ola verde de Monet, llamar a Irlanda “la isla esmeralda,” pintar a la esperanza y a la envidia o calificar a un chiste de indecente. Éstas y tantas otras operaciones del sujeto en su medio físico, ecológico y cultural demarcan los significados del concepto y con ello las tonalidades memorables del verde. Es muy posible que en los antepasados cazadores y recolectores los verdes hayan sido de importancia vital y de allí que se ubiquen en el centro mismo del espectro visible equidistantes del rojo por un lado y del violeta por otro.
La relación entre la sensación propia del color con las palabras para designarlo constituye un enredo fascinante. Para saborearlo, es ilustrativo voltear a la poesía, luminoso crisol de significados y afectos. Cuando el poeta portugués dice los campos son más verdes en el decirlos que en su verdor, aclara de inmediato que el verde descrito con palabras capaces de pintarlo en la imaginación es más duradero que el del prado. Es notable que ciertas palabras puedan evocar una sensación colorida, pues ver un determinado verde no sólo se produce al mirar un objeto que rebota esa frecuencia luminosa, sino que puede producirse a partir de cierta composición del lenguaje. Desde su estrato neurológico y cognitivo esta comprensión culmina también en la misma función cerebral de orden visual. La neurofisiología actual ha corroborado esta convergencia, pues resulta que las mismas zonas visuales del cerebro se activan al mirar una escena ante los ojos que al soñar o al visualizar algo en la imaginación con los ojos bien cerrados.
Una evocación poética parecida acontece cuando se mastica aquél imperecedero verde que te quiero verde del poeta granadino, pues no sólo absorbe y arroja la cualidad del verdor, sino su relación con la naturaleza, el follaje, la espesura, el frescor; con todo el ámbito que el verde significa y al que podemos bendecir y amar. En su evocación del verde hay en los dos poetas algo trascendental que contrasta con el fugitivo y engañoso verde embeleso del soneto de la monja novohispana, pues ella destaca lo efímero no sólo del placer sensorial, sino de la vida humana y sobre todo de quienes, haciéndose eco del conocido refrán, ven todo verde a través de anteojos con verdes vidrios. Es notable que la monja se mofe del deseo, decrépito verdor imaginado que todo lo trastorna, y se defina como alguien que sólo cree en lo que puede ver y tocar. El último terceto lo dice así:
que yo, más cuerda en la fortuna mía
tengo en entrambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.

La figura de los ojos entre las manos es tan inquietante y onírica como estupenda para reafirmar otro hecho estipulado por la neurociencia cognitiva, el que se refiere a la integración sensorial, los enlaces entre las zonas visuales, auditivas y táctiles del cerebro para generar una representación más acabada de los objetos del mundo. El verde se relaciona no sólo con los otros colores para poder ser establecido, sino con otras sensaciones, con sentimientos y creencias, con procesos y cosas del entorno. El follaje es verde, sin duda, pero también se palpa y se huele, es refrescante, gime con el viento; todo ello despierta alegorías y sentimientos.
La oda del poeta gallego, que llegó a ser himno de su tierra, pregunta de entrada sobre los pinos de la verdecente costa: ¿qué dicen las altas copas de oscuro follaje arpado? La metáfora congrega y desborda los sentidos: las agujas del pino son arpas tocadas por el viento y su música canta el espíritu de un pueblo. El verde, que en este verso no se nombra, está implícito en la poderosa imagen y reverbera en una conciencia sensorial integrada a un frondoso paisaje de sentimientos, creencias y voluntades.
El verde implica la relación de un sujeto provisto del equipo biológico necesario para captarlo con el entorno ecológico y cultural donde el color se percibe, se aplica, se significa. El verde es todo lo dicho: un dato para la física, la colorimetría, la neurociencia, la fenomenología, la gramática, la ecología, para la estética y la poética. Es un dato que exige ser explicado como la amalgama de estas variables. Pero antes de ser un dato para la ciencia, el verde está venturosamente dado a toda criatura provista de conos M con cloropsina en sus ojos y, tras ellos, de un cerebro capacitado por evolución, tradición y aprendizaje para sentir, representar y usar las señales electroquímicas que provienen de los conos M y galopan a unos 100 metros por segundo hacia su destino consciente.