Home || Colaboradores || Madhouse

Madhouse


viernes 8 de julio de 2016

“Nel mezzo del cammin di nostra vita

Mi ritrovai per una selva oscura,

Ché la diritta via era smarrita.”

Dante, El infierno (tomado de “Darkness Visible”, de William Styron)

“Yo prefiero la cárcel al manicomio.  De la cárcel se sale, del manicomio no se sale en la vida“
Leopoldo María Panero

 

Por unas ventanillas sórdidas que dejan entrar unas sombras lúgubres es que se asoman cuatro personajes de rostros espantados.  Se asoman hacia una celda de dimensiones indescifrables.  Adentro, un hombre ajeno al mundo – aislado de él por voluntad del otro – puede estar pintando, puede estar durmiendo, o puede estarse preparando para meterse a una bañera que no tiene agua pero que él llenará de eso, o de orines, dependiendo de lo que su mente (esa espantosa y abismal máquina de horrores) le dicte cuando sea tiempo.

 

Ignacio Iturria. Manicomio

Ignacio Iturria. Manicomio

 

Las figuras que ha pintado Iturria no son ellos.  Somos nosotros.  ¿Quiénes están encerrados?  ¿Quiénes están libres?  En algún lugar de Andalucía se hizo un experimento en los años tempranos de la década de los dosmiles (o pudo haber sido en los más tardíos de los de los noventas) para dejarlos a ellos sueltos.  De vuelta a ingeniárselas entre los engranes de esa maquinaria cruel e implacable llamada sociedad.

 

A Panero lo guardaron por primera vez en un manicomio en el setenta y tantos.  A finales de los ochentas entró al Hospital Psiquiátrico de Mondragón, de donde ya no pensaba salir.  Fue en el Manicomio del doctor Rafael Inglott, en la Gran Canaria, donde se internó voluntariamente para pasar los últimos años de su vida entre tormentos psicológicos, odios acumulados de años de incomprensión, autodestrucción y rabia, cocacolas y cigarrillos.

 

Los personajes de Iturria son minúsculos (¿quién de entre nosotros no lo es?) y viven en espacios gigantescos, amenazadores (¿qué cosa, en el mundo, no es capaz de amenazar a un ser tan endeble, provisto de un infierno personal interno?).  Los de la composición viven el tormento del espíritu.  Ese lugar al que se refería Panero y del que no se sale en la puta vida.

 

Panero era el odio por la vida y por el establishment.  Era el adolescente eterno, en perenne oposición a un mundo enrevesado.  Panero estuvo en la cárcel.  Hubiera preferido quedarse ahí, a sabiendas de que un día saldría (hay rebeldes a los que algún día perdonan).  Pero terminó atado al manicomio.  Murió en ese lugar en el que se eternizaría según había profetizado.  Pero, ¿se refería a una isla controlada por un hombre llamado Inglott?

 

En el verdadero manicomio, en el más escalofriante de todos, se vive independientemente de donde se esté físicamente.  El infierno existe aquí.  La locura no es graciosa y no es extraña.

 

Al manicomio, al psiquiátrico, a la casa de locos, al hotel de la risa, a la eterna Castañeda, se entra sin franquear ninguna puerta.  El manicomio más sórdido de todos ha recibido otro nombre en la consciencia colectiva.  Ellos le han llamado mente.

 

Ignacio Iturria. Manicomio (detalle)

Ignacio Iturria. Manicomio (detalle)

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

Tu opinión es importante

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*

Sobre Diego de Ybarra

Diego de Ybarra
En su perene afán de comunicar hasta la más ilustre de las barrabasadas, Diego de Ybarra escribe desde que puede, y como puede. Ha vivido en México, en Francia y en Italia, y actualmente debe estar por algún lugar inconveniente de la Colonia Roma. Entusiasta del arte y lector más que escritor, busca sin cesar la forma de encontrarse con lo artístico y con quien escriba de ello. Ha organizado y curado exposiciones de obra pictórica en la itinerancia, discutibles happenings dedicados a promover la obra de aquellos pintores jóvenes que le llaman la atención. Confiesa que su nociva curiosidad lo orillará una tarde de lluvia a querer averiguar qué se siente aventarse de espaldas por una ventana abierta.