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Política para la gente común

Banquetas de vergüenza

jueves 5 de abril de 2018

Hay muchas formas de sopesar el nivel de funcionalidad de un gobierno: desde las clásicas encuestas que arrojan datos que sirven como indicadores de desempeño, hasta estudios de mayor calado y de altos costos en los que puede reflejarse de manera más clara y precisa los rangos de efectividad en los que se mueven los sectores públicos, los departamentos burocráticos y las secretarías de cualquier instancia gubernamental. Pero también hay una forma más elemental de medir la funcionalidad o disfuncionalidad política al alcance de cualquier persona: el estado de las vialidades, tanto para automóviles y trasporte público, como las banquetas, para los millones de peatones que diariamente transitan en nuestras ciudades.

Gobernar es un arte que consiste en hacer que las cosas pasen, que lo probable sea real y lo potencial se actualice transformándose en hechos. Gobernar es administrar recursos para llevar a cabo obras materiales o propiciar que éstas se realicen, siempre en atención a las necesidades reales y concretas de las personas, idealmente en favor del bien común. Es, en suma, tomar aquellas decisiones que repercutan de manera directa en una clara mejora en la calidad de vida.

Baches en calles México

Radiografía de gobiernos y gobernantes

Pero como dice el antiguo refrán castellano, obras son amores y no buenas razones. La calidad de vida se mide en realidades materiales básicas. Menciono el caso de las vialidades, calles y carreteras, y de las banquetas, como podría referirme a muchos otros que afectan cotidianamente la vida de las personas de carne y hueso. Si caminamos por las calles de una ciudad (de cualquier país del mundo), es posible observar en ellas el reflejo de un gobierno que trabaja con o sin profesionalismo, con o sin honestidad. El mantenimiento y calidad del asfalto, la disposición de las banquetas y los medios que se proveen para mantenerlas aptas para el peatón, la inclusión de rampas para personas con alguna discapacidad, el cuidado de abrir pasos alternos cuando la banqueta ha sido invadida por una obra pública, etc. Por ello, las banquetas y las calles se vuelven una objetiva radiografía del estado en que se encuentran los gobiernos y los gobernantes de las ciudades en cualquier país.

Improductividad y disfuncionalidad gubernamental

Si se observa este aspecto de la supuesta productividad gubernamental en México, los resultados no son nada halagüeños, son terribles. Carreteras y caminos en pésimo estado, calles con baches y zanjas que pueden durar años e incluso toda la vida, banquetas destrozadas por la erosión natural o humana, o por obras públicas mal coordinadas o simplemente inconclusas, todo ello a escala nacional. ¿Quién no ha visto en nuestras ciudades alcantarillas abiertas o rotas, calles destrozadas y llenas de baches o banquetas con grandes boquetes sin señalizaciones de peligro o varillas salientes que provocan tropezones y accidentes en ocasiones graves para los peatones? Nadie se preocupa por las personas de la tercera edad, ni por las que caminan con alguna dificultad o necesitan muletas o sillas de ruedas para trasladarse, pues resulta poco menos que imposible el ejercicio de su derecho al libre tránsito. En este país las políticas públicas en favor de los peatones suelen ser una burla, y los programas oficiales de bacheo y pavimentación medios propicios para la corrupción.

Mientras tanto, se gastan enormes sumas de dinero en montajes cosméticos para eventos públicos que no se sabe a ciencia cierta a quién benefician, pues sólo se gasta dinero en campañas políticas, inauguraciones, festejos, representaciones, ferias y mil eventos de mero relumbrón en detrimento de la atención que requieren las calles, carreteras y banquetas por las que millones de personas intentan transitar en su vida diaria.

Espacios urbanos multifuncionales

Tener banquetas funcionales y en buen estado no es cuestión de tener más o menos presupuesto asignado, sino de emplearlo correctamente, sin distraerlo en actividades que no se dirijan al bienestar directo de las personas, pues una acera es un espacio urbano multifuncional, que sirve tanto para el traslado de las personas como para su salud y recreación, e incluso repercute en el desarrollo económico de una ciudad.

Nada más contrario a una cultura de transparencia y efectividad gubernamental que el ocultamiento que se hace de baches y banquetas rotas cuando pasa por ahí un presidente, un invitado especial extranjero o un gobernador. Se pintan apresuradamente las líneas divisorias de carriles, los guardapolvos de las calles o se reparan superficialmente tramos de banqueta.  Es decir, se maquilla la realidad para que nadie vea el pésimo estado en que habitualmente se encuentran.

Y si de candidatos de elección popular hablamos, suele suceder que éstos no pasan por esas banquetas o, si transitan, están tan distraídos por las cámaras y los reflectores que siempre pasan por alto algo tan grave como las banquetas destrozadas, rotas o las calles agujeradas. No reparan en ello, porque están permanentemente distraídos en “sus cosas”: su campaña, su imagen, la percepción y la opinión que se tenga de ellos, los ángulos visuales que mejor les acomoden a sus asesores de campaña, en todo menos en lo que realmente afecta a las personas o ciudadanos comunes.

Ello se debe en gran medida a la transformación de la política en actividad comercial superficial basada, no en el servicio a la comunidad sino en el rating de popularidad en medios, redes sociales y del lugar que ocupan en la intención de voto.

Hablamos de banquetas, carreteras y calles, como podríamos hablar de otros miles de elementos del espacio urbano que transitamos las personas de a pie (la gente, como se suele decir en el lenguaje político); esas de las que ningún candidato habla en forma sincera en las campañas. Todo lo que acontece en sus discursos es macro: decisiones políticas de gran alcance, modificaciones constitucionales, reformas grandilocuentes e incluso convocatorias a plebiscitos y constituyentes para modificar la Constitución. Pero de las pequeñas cosas, lo de cada día, lo que realmente nos afecta a los habitantes, nada; sólo silencio y omisiones en los discursos.

Carretera México

Adictos al egoísmo

Sirva el caso de las banquetas y calles para reflexionar sobre la política a pequeña escala, esa política humana, cotidiana, concreta, material y urgente para muchos ciudadanos honestos que no pueden transitar por las calles ni por las banquetas porque sus gobiernos y gobernantes, adictos al egoísmo, prefieren estar en los actos de deslumbrón antes que en la sombra de la vida cotidiana en favor del bien común.

Acción social, Carlos Requena

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

Un comentario

  1. Lorena Becerra Becerril

    Excelente artículo! es lamentable que efectivamente el bien común esté supeditado a los intereses personales o de grupo, lo cual en el proceso electoral que estamos viviendo es más evidente que nunca, ojala que no nos equivoquemos que razonemos nuestro voto previo a analizar las propuestas de cada partido o candidato independiente, porque la política depende de la intervención de todos no solo de unos cuantos, y ante el desencanto con nuestra clase política, se corre el riesgo de un alto abstencionismo, lo que evidentemente incide en el comportamiento posterior en todos los actos de gobierno que se lleven a cabo, en lo que si no participaste en su momento, después no te quejes. Saludos y fuerte abrazo.

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Sobre Carlos Requena

Carlos Requena
Abogado Penalista, experto en Responsabilidad Penal de Empresa y Compliance Penal. Promotor de #LeyesParaTuBien y #PorLaLibertadMx. Articulista de la columna #DerechoReservado. Miembro de la International Bar Association. Profesor de Derecho Penal en la Universidad Panamericana. Cuenta con estudios en Criminología; Human and Civil Rights; y Crisis Managment & Bussines Continuity en MIT.